
Todas las mañanas lo mismo. Durante el verano amanece temprano y te gusta bajar al salón con las primeras luces para desayunar en la cafetería del pequeño hotel familiar donde estás alojado. Los dueños dejan los termos con café caliente, leche, mermeladas, galletas, magdalenas y cruasanes envueltos en papel celofán. También algún cartón con zumo de frutas, pero a ti no te gustan esos zumos prefabricados, aunque de niño rellenabas el vaso una y otra vez hasta que se acababan. Ahora prefieres no desayunar demasiado y hacerte un almuerzo a media mañana. Te sirve de descanso mientras miras las hordas de turistas pasar por el camino.
Al salir de la pensión, compartimos el camino hacia el pueblo con otros trabajadores contratados por el ayuntamiento para el mantenimiento de la ruta en los meses de verano. Los turistas vienen en multitudes a recorrer la famosa ruta del desfiladero. El ayuntamiento ha acordado con los dueños de la pensión reservar varias habitaciones para los trabajadores. Aunque te lo descuentan del sueldo, has sacado las cuentas y te compensa. Luego ya seguirás con la vendimia en Francia y con algún otro trabajo temporal.
Al pasar por el horno paramos a comprar un pan que te rellenan con queso y jamón. Lo guardas en la mochila donde llevas agua, alguna pieza de fruta, un lápiz y un impermeable porque el clima por estas tierras es traicionero.
Todas las mañanas hacemos lo mismo. Te obligan a comenzar temprano, pero no te importa porque no puedes dormir tranquilo. Te veo revolverte en la cama atrapado por los malos sueños que me gustaría arrancar de tú cabeza, pero eso es imposible. Pasamos por el almacén del ayuntamiento y cogemos el carro donde pones los productos de limpieza junto con un cubo enorme para recoger la suciedad. Te gusta tomar el camino medio desierto antes que se convierta en una romería de montañeros, pandillas de jóvenes, familias, grupos de niños de algún campamento, incluso ancianos venidos en excursión, ellos con bastón y ellas con las zapatillas blancas impolutas.
Es una ruta fácil de hacer. Según pone en las redes, es un camino llano que se excavó en la roca junto a un canal que permite llevar agua a algunas aldeas perdidas y aprovechar el salto al final para que tengan electricidad. Mientras, por el otro lado, el río ha ido excavando una garganta cada vez más profunda. Parece mentira que la gente no tenga cuidado del peligro que tiene. Los niños corriendo sin estar cogidos, los ancianos tropezando con las piedras, los mochileros dándose la vuelta y empujando al que viene del otro lado. Hay accidentes todos los años. A ti no te gusta llegar a la preciosa cascada final. Las alturas te dan miedo.
Empujas el carro por el camino. A veces intento ayudarte, aunque no te des cuenta. Me he acercado para andar a tu lado. Acabamos de pasar por el inicio, que está lleno de carteles para los montañeros de pacotilla. Explican la ruta, lo que está prohibido, y avisan de lo que hay que hacer en caso de accidentes. Sigues caminando sin verlos. No hay nadie. Los cantos de los pájaros nos acompañan. Debes limpiar los servicios públicos que el ayuntamiento ha puesto para evitar que el camino se llene de orines, mierdas y papeles por doquier. ¡Hay que ver los sitios tan inverosímiles donde la gente se pone a hacer sus necesidades!
Tras quince minutos hemos llegado a las primeras seis cabinas. Me siento en el muro del canal a ver pasar el agua mientras echas desinfectante y pasas la escobilla con agua a presión. Te han quedado relucientes. Tengo la tentación de estrenarlos, pero es que nunca tengo ganas. También limpias los dos espejos que, aunque rotos y viejos, todavía permiten verse. Te miras y te arreglas algunos pelos que se han salido de su sitio. Es lo que tiene llevar el pelo largo que te sienta tan bien. Los años te dan un aire más serio y responsable.
Seguimos la marcha hacia los siguientes servicios. Caminas pegado al lado del canal, pues si te acercas al margen del río, cada vez más profundo, te entran mareos y te da miedo desvanecerte como te pasa al asomarte a algún balcón de un piso alto. Evitas mirar hacia los cortados y mantienes la mirada al frente. Seguro que eso te quedó de cuando te tuviste que tirar por la ventana en el incendio. Esa sensación de caer al vacío se ha quedado pegada a tu piel. Muchas veces me lo has contado llorando. Aunque te abrazo para intentar quitarte ese dolor, sigue ahí, en tu garganta y en tu pecho y no consigues olvidarlo. La terapia con la psicóloga no te sirvió de nada, como no nos sirvió a ninguno de nosotros porque esa tía no tenía ni puta idea y estaba allí para cumplir la papeleta.
Al llegar a los servicios hay cuatro cabinas. Repites el ritual de limpieza. En una cabina hay un atasco de papeles y al fondo una compresa. Es que la gente no lee los carteles que son váteres químicos y que no hay que tirar nada porque se atascan. Sacas la mierda con las manos enguantadas y yo me muero de asco. Todo al cubo. Si no fuera porque seguir a tu lado es lo que más deseo me alejaría por el olor. Menos mal que el cubo cierra bien.
Sigues el camino hacia los terceros y últimos retretes. Andamos media hora más. Este tramo te cuesta porque el río está cada vez más profundo. Menos mal que alguien ha puesto vallas. Aunque me gustaría ir hablando contigo, a ti te gusta el silencio y yo lo respeto. ¡Mira que eres callado! Eso nunca me gustó de ti.
Los últimos servicios están mejor. No hay atasco y sólo hay que vaciarlos en el cubo y echar agua y desinfectante. Te llama la atención una bolsa de plástico bien cerrada que parece puesta allí adrede. Hay un papel dentro. La curiosidad no nos deja en paz y abres la bolsa. Es un trozo de foto del colegio, de esas que nos hacíamos con toda la clase. Estás tú, con la cara llena de granos, y tres más allá estoy yo con el pelo largo. A tu lado está Ahmed, tu amigo del alma ¿te acuerdas? Erais uña y mugre. Os gustaba mucho jugar a los dados, hacíais pequeñas apuestas. También os gustaba inventaros historias de misterio. ¿te acuerdas? Yo me las perdía muchas veces porque las contabais por la noche en el dormitorio de niños. A veces conseguía escaparme y me iba donde vosotros ¡qué buenos ratos pasamos! Yo sé que me echas en cara vuestra separación ¿sabes algo de él? Ya sé que de la institución no quieres saber nada, que la borras como si no hubiera existido, pero también tuvimos buenos ratos y no todo fue horrible. Miras la foto con sorpresa mientras te rascas la cabeza ¡Cómo me gusta verte rascarte así! Y al cabo de un rato una sonrisa aparece mientras guardas la foto en el bolsillo. Mi vida entera daría porque esa sonrisa se quedara a vivir en tu cara. Yo también sonrío porque me contagias. Y volvemos así, sin decir nada.
A la mañana siguiente hacemos la misma ruta. No he dormido nada y tengo sueño. Toda la noche mirándote la cara. Esta noche sólo has tenido una pesadilla. Te he abrazado haciendo la cucharita hasta que se te ha pasado. Tu madre te empujó por la ventana, quería que te salvaras del incendio. Ella no pudo. Después viniste a la institución a quedarte. No hablabas casi. Bueno ahora tampoco es que seas muy hablador.
Como todos los días, desayunas, te compras el bocadillo y recoges el carro. Tras los primeros servicios vienen los segundos y sin darnos cuenta llegamos a los terceros. Hoy hay otra bolsa bien cerrada en el depósito de agua. Pones cara de no creértelo mientras la sacas. La dejas encima de la tapa del cubo. Yo no podría esperar a abrirla, pero te tomas tu tiempo. ¡A ver si la abres ya de una vez, rediez! ¿no ves que no puedo esperar? ¡Por fin! Abres la bolsa que acabas rompiendo. Hay unos dados de madera. ¡Jo! Son igualitos a los que jugabas con Ahmed. Miras los dados y miras alrededor buscando a alguien. No hay nadie, no han llegado los mochileros todavía. Mueves los dados en la mano dándoles vueltas. Te gustaba hacer eso todo el día. Yo creo que en la institución te relajabas así. A lo mejor si duermes con ellos ya no tendrás pesadillas. Pruébalo. No pierdes nada. Metes mano en la mochila y sacas la servilleta del bocadillo. Escribes una sola palabra con mayúsculas: AHMED y le añades una interrogación. Doblas el papel. Buscas en la basura otra bolsa que esté entera. Metes el papel y la cierras lo mejor posible para que no entre el agua. La dejas donde estaban los dados. Yo no he visto a Ahmed desde que pasó lo que pasó. El apareció en la institución sólo, se había escapado de su casa donde le pegaban y había atravesado el estrecho en una patera. Nunca contó lo que tuvo que hacer para conseguir el dinero. Aunque vino mayor, se notaba de lejos que era más pequeño. A lo mejor está por aquí. No me contestas y sigues caminado volviendo al pueblo.
Mañana es domingo y descansas. Te cambias y te pones ropa limpia. Un vaquero, un polo y las playeras nuevas. Te peinas la coleta, un poco de colonia, una cazadora por si refresca y a salir un rato. Coges la moto. Yo me pongo atrás de paquete. Me encanta cogerte fuerte, acariciar tu pecho con mis brazos, apoyar la cabeza en tu espalda y notar que el viento pasa por mi cabeza rapada. Vamos a un pueblo más grande. Hay un bar en la plaza que está lleno. Una mesa repleta de chiquillas te mira al entrar. Es que estás muy bueno y resultón. Hay una pareja de chicas en la barra. Toman cerveza. La rubia te da un repaso con la mirada, te sonríe y controla dónde vas. Pides un botellín y te sientas en una mesa. Yo no quiero nada, gracias. Ella parece hablar con su compañera. La morena dice que no. La rubia no le hace caso y se acerca. ¿por aquí esperando a alguien o me puedo sentar contigo? Tú le sonríes y la invitas a sentarse con un gesto de la mano. ¡Tío, aprovecha, que es tú noche! Creo que te voy a dejar para no molestar, es mejor, ya te espero en la habitación
Me acuerdo de cuando éramos novios. Nos soltaron de la institución a los dieciocho. Tu saliste un par de meses antes que yo. Nos daban 800 euros al mes durante un año. Buscaste una habitación para los dos. Te compraste una bici de segunda mano y a ganarte la vida de rider. El día que tocó irme, estabas al otro lado de la calle, esperándome. Cogiste mi bolsa y nos fuimos a la habitación. Era un piso compartido. Baño común cochambroso. Una habitación pequeña donde no cabía nada. A mí me pareció el paraíso, pues donde estás tú es mi paraíso. Era provisional. Cuando Ahmed saliera al año siguiente, habría que buscar un piso para tres.
La mañana del domingo no trabajas y te quedas en la cama. Tengo ganas de contarte lo que pasó anoche, mientras estabas con la rubia esa con la que espero que triunfaras. Me gusta para ti. Me di una vuelta por el pueblo. Los bares estaban llenos de turistas con las terrazas a rebosar. No me apetecía sentarme y seguí paseando. Me llamó la atención una tienda abierta tan tarde. En la puerta había carteles ofreciendo excursiones con guía a los picos cercanos. Alquilaban material de montaña. Un hombre y una mujer iban y venían desde una furgoneta con cuerdas, arneses, mosquetones, cascos y otras muchas cosas. Ella era pequeña, con el pelo corto, piel morena por el sol y un cuerpo atlético que te cagas. Y él, él era… Ahmed. Me costó reconocerlo. Se ha dejado barba en la que tiene algunas canas, un cuerpo musculoso de hombre hecho. Los ojos oscuros con una mirada intensa, separados por esa nariz aguileña que ya despuntaba. Tiene una calva importante que disimula con el pelo rapado y tapado con una gorra roja que aún llevaba de noche. Me alegré mucho de verlo. Cuando acabaron de recoger, se dieron un pico y se fueron abrazaditos. Ahmed sacó un papel del bolsillo. Se lo enseñó a ella. Era el papel que dejaste en la bolsa, seguro. Llegaron a un portal de un edificio nuevo y subieron. Se encendieron unas luces en el segundo. Sonreí. Te debe haber visto y te ha mandado un mensaje, tan misterioso como siempre. A lo mejor duda si quieres verlo. Quizá piensa que sigues enfadado. Éramos casi niños, no supimos hacerlo mejor.
El lunes volvemos a la rutina: el desayuno escaso, el bocadillo y el carro en el ayuntamiento. Me muero de ganas por llegar a las últimas cabinas a ver que te ha puesto Ahmed esta vez. Empujo el carro para que vayas más rápido. Aunque no se te nota casi, creo que estás nervioso también, a ver qué te encuentras. ¡Podrías haber empezado por el tercero ¿no?! Por fin llegamos. Allí está la bolsa en el depósito. La abres rápido. Un papel dentro: ¿nos vemos? Calle Juan Padilla 8, puerta 5. Tengo muchas ganas de saber de ti. ¿Lo ves? Es Ahmed que quiere verte. ¡Tienes que ir! Guardas el papel en el bolsillo del pantalón mientras miras las montañas con una sonrisa. Los ojos se te han iluminado. Vas a ir esta noche, ¿verdad?
En la habitación se te ve nervioso. Has sacado varias prendas de ropa y no sabes qué ponerte ¿Te importa cómo ir vestido a casa de Ahmed? Hay cosas que no puedo entender. Más importante es qué le vas a decir ¿Te vas embroncar después de tanto tiempo? ¡Es el único amigo que tienes, porque desde entonces sigues sólo! Sí, se fue. No dijo ni adiós. No estábamos preparados para lo que se nos venía encima. Yo en el hospital, la leucemia no respondía a los tratamientos. Tú, todo el día conmigo, mi amor, que no me dejabas ni un momento. Ahmed trabajando de camarero. El alquiler por pagar pues nosotros no podíamos aportar nuestra parte. El dueño amenazando con desahucios. Te dijo que tenías que ponerte a trabajar, que su sueldo no era suficiente, que así, no tendríamos dónde ir cuando me dieran el alta. Tú, que no, que no podías dejarme sola. Discutisteis, os dijisteis muchas cosas muy feas que probablemente ni pensabais. Llegó el desahucio y Ahmed se fue. Nunca lo volvimos a ver. Ni siquiera el día de mi entierro. No soltaste ni una lágrima, aunque la voz se te puso ronca. Me acariciabas la cabeza, la cara, me cogías la mano. ¡No te vayas! Me decías. Yo te oía entre sueños. Cogí fuerzas para poder decirte: no te voy a abandonar nunca. Siempre voy a estar contigo, ¿sabes? Y soy una chica de promesas. Aquí estoy, aunque parece que no te das cuenta, pero tanto me da. Quiero verte feliz. Con alguien, con esa rubia del bar que te hacía reír. También te quiero ver con amigos, con Ahmed. Porque así podré irme a descansar.
Salimos a la calle. El sitio no está lejos y te pones a andar con decisión hasta llegar a la puerta. Te paras. ¡Anda, dale al timbre! ¿A qué esperas? Me pones nerviosa. ¿No lo has decidido ya? Por fin tocas el timbre. Parece la voz de Ahmed: ¿Quién? Yo. Anda que podrías haber dicho tu nombre, cariño. ¡Qué alegría! Sube. Subimos por la escalera porque no hay ascensor. El corazón me va a mil. Seguro que el tuyo también. Ahmed grita por la escalera: al principio te vi pasar, pero no tenía claro que fueras tú. Has cambiado, bueno, hemos cambiado. Ya en el rellano Ahmed no duda, se acerca y te da un abrazo redondo, profundo, con todo el cuerpo. ¡Perdón! Te dice con los ojos llorosos. Me quedo mirándoos. ¡cómo me alegro de veros así!
El libro del taller
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