Marcela, me ha dicho la niña que la has metido en el armario.
Le gustan los espacios pequeños, compactos, donde el volumen es mínimo y la posibilidad de movimiento casi inexistente. La calma la sensación de confinamiento, el escondrijo, el refugio. Culpa a su padre y a su castigo favorito: la cárcel. A su infancia de niña traviesa. De niña imposible, como la llamaba su abuela. De niña indomable, como la llamaba su padre y que su madre no tuvo tiempo de denominar. Aquella infancia hilvanada de castigos. Marcela, estás castigada. Vete a la cárcel y reflexiona sobre lo que has hecho. La cárcel era una pequeña tienda de campaña transparente que le habían traído los Reyes Magos por su sexto cumpleaños y que su padre había montado en el jardín de atrás. Tenía capacidad justo para ella y su entrada se cerraba con una cremallera que traqueteaba como una carraca.
Su padre la enviaba allí a pensar, a meditar sobre sus pecados. Y solo la dejaba salir cuando ella reconocía su falta y hacía propósito de enmienda. Allí aprendió a mentir. Marcela, ¿entiendes por qué has merecido el castigo? ¿Puedo confiar en que a partir de ahora vas a portarte como es debido? Y ella miraba sus rodillas arañadas, sentada sobre ellas en aquel envoltorio de tela translúcida. Contaba los rasguños enrojecidos y asentía con la cabeza. Sí, papá, me portaré bien, entiendo que he sido mala. Pero no siempre entendía. Aquella vez que se rapó los rizos a trasquilones, sí. Aquella vez supo que había hecho mal. O cuando fumó los cigarrillos de su padre escondida detrás del sofá y vomitó el desayuno. Sí, también sabía que aquello no estaba bien. O cuando quiso hacer tortitas y prendió fuego a las cortinas de la cocina. Pero otras veces, muchas veces, la mayoría de las veces no alcanzaba a comprender cuál había sido su delito. Pero siempre, siempre prometía: seré buena, no lo volveré a hacer. Y al fin era liberada de su prisión, con hambre y las piernas adormecidas por el tiempo sentada sobre ellas. Entonces la abuela se las fregaba con aceite de romero mientras le cantaba rancheras con voz quebrada.
Aprendió a amar aquella celda, aquel caparazón. Se llevó un manta sobre la que sentarse, la foto de su madre, un libro de cuentos y a su peluche favorito, el señor Caracol. Pasaba el tiempo de castigo leyéndoles en voz alta. Imaginando que su madre aún estaba con ella. A veces, cuando su padre se enfadaba, antes de que la castigase, corría ya a guarecerse en la cárcel, cerraba la cremallera con su matraca de reproche y se abrazaba al peluche. Aquel nido era suyo, totalmente suyo.
El día que su marido se marchó con las maletas llenas, sintió que la casa se hacía más grande. La superficie se expandía, se llenaba de vacío como un globo de helio. La primera semana se concentró en el trabajo y en su hija. Prepararle el desayuno, el sándwich para el colegio, ayudarla con los deberes, leerle un cuento antes de dormir. Luego se acostaba en su cama, fría e inabarcable, enroscándose en el edredón como un capullo de seda. No conseguía dormir. Escuchaba la radio hasta la mañana, en la que se levantaba atontada y con ojeras, apoyándose en las paredes del pasillo, que parecían haberse separado unos centímetros más.
Días más tarde él volvió por la niña para llevársela el fin de semana. Su adiós sonriente desde el ascensor apretando la mano de su padre le hizo arder los ojos. Volvió al apartamento y recorrió todos los rincones cambiando las cosas de sitio, ordenando, limpiando, ahogándose en aquel espacio vacío que no la dejaba respirar. Sentía que las estancias se habían dilatado, el techo estaba más alto. El oxígeno llegaba a sus pulmones en resuellos sibilantes, mareándola. Cerró las cortinas, bajó las persianas. Se puso un jersey ajustado de cuello alto.
Cuando hubo reorganizado todo lo demás, abrió el ropero de su marido, en el dormitorio, junto a la cama. Ella usaba el otro, más grande, al frente, pero su marido era un minimalista y aquel armario empotrado era más que suficiente para toda su ropa. No se había dejado nada. En la barra, las perchas desnudas se mofaban de ella con su ruidito de contoneo. Las sacó y las lanzó sobre la cama. Las baldas vacías empezaban a acumular motas de polvo. Las arrancó de sus escuadras. Miró de nuevo aquel rincón, encuadrado y recluido. Ahora el interior se veía despejado, diáfano. Midió con los ojos aquel volumen. Podía abarcarlo entre sus brazos. Fue a la sala a por una lámpara de batería y la colgó de un gancho. Se quitó las zapatillas y se agachó para sentarse en la base, sintiendo su dureza. Apoyó la espalda contra la pared izquierda. Introdujo las piernas doblando las rodillas, los pies contra el otro costado. Miró afuera: el dormitorio, su cama inmensa, la ventana que daba a la calle. Tomó aire. Con una mano temblorosa tiró de la puerta hacia ella hasta oír el clic metálico del imán. La súbita oscuridad la acorraló. Tanteó para encender la lámpara. La luz era anaranjada y cálida. Proyectaba sombras que se balanceaban y la envolvían como las de un móvil sobre la cuna. Cerró los ojos y aspiró aquel olor a madera húmeda, sintiendo sus músculos relajarse, derretirse como la cera de una vela.
Los días siguientes acondicionó el lugar. Se llevó un cojín para sentarse, un libro y una lámpara para leer. La radio. La foto de su madre. Cuando la niña estaba con su padre Marcela se recluía en su refugio al volver de la oficina, antes de cenar. A veces también antes de acostarse. Allí leía, escuchaba música, meditaba, pero sobre todo cerraba los ojos y absorbía aquella atmósfera, respiraba aquel aire oscuro y espeso que la arropaba. Había vuelto a dormir.
Un día la niña llegó llorando del colegio. Las otras le habían preguntado por su padre, le decían que las había abandonado. Marcela la abrazó. Muy fuerte. Quiso decirle que su padre no la había olvidado, que siempre la querría. Que, aunque no vivieran los tres juntos, seguían siendo una familia. Conocía las palabras, su significado, su orden en la frase. Pero fue incapaz de pronunciarlas. Se le atragantaron en la garganta y volvieron a hundirse en el estómago con el peso de una roca. Ese día le pidió a la niña que la ayudara. Vaciaron una parte de su armario, cambiando su ropita de sitio. Dejaron un hueco vacío, del tamaño de una niña. Colocaron una lamparita, un cojín, una manta y su peluche favorito. Este espacio es solo para ti.
La niña no cierra la puerta del todo, prefiere dejarla entornada. Le gusta meterse dentro cuando puede oír a su madre en la cocina, preparando la cena o el almuerzo. Y le cuenta al peluche su jornada en el colegio, las peleas con sus amigas, sus planes para cuando vea a su padre.
Marcela, me ha dicho la niña que la has metido en el armario.
Marcela se mira las uñas, la laca empieza ya a descascarillarse. Piensa que tiene que pedir cita con urgencia para una manicura. No la he metido en el armario. Le he dado un espacio solo para ella, solo si lo quiere, solo para cuando lo quiera. El móvil se queda en silencio. Marcela lo despega de la oreja y lo mira para asegurarse de que la llamada sigue en curso. Decide que reservará también una pedicura, ese mismo sábado. Vale, hablaremos de ello en persona, cuando te lleve de vuelta a la niña, ¿vale? Y me enseñas ese espacio… y el tuyo. También me lo ha contado. Marcela decide que también reservará un masaje, aprovechará ahora que tiene tiempo para ella. Sí, claro, dice percatándose del eco del armario, que hace rebotar sus palabras como canicas contra la madera. Marcela… la voz de su marido suena lejana, desde otra dimensión. Cuídate… y hasta el domingo.

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