
Se llamaba Marianne. Debía de tener unos dieciocho años cuando llegó a casa. La Sra. Dubois sacudía unas alfombras en el jardín y los dos la vimos venir, arrastrando una maleta. Llevaba un vestido blanco con escote redondo y el viento le levantó la falda. Era la primera vez que yo le veía las piernas a una mujer. Me quedé clavado en el sitio mientras la Sra. Dubois se acercaba a ella, que luchaba por mantener su falda en orden. Hablaron, pero no sé de qué. Además de la maleta traía una sombrilla cerrada y un bolso pequeño. La Sra. Dubois me pidió que fuera a avisar a mi madre, que estaba en su cuarto. Voy, dije. Pero no me moví. La Sra. Dubois miró al cielo y se fue hacia la puerta. Cuando Marianne pasó por mi lado me tocó la cara y pasó su dedo pulgar por mi boca. Eres muy guapito, me dijo, y entró en la casa tras la Sra. Dubois. Yo escuché unas voces, como un coro. Se lo conté más tarde a mi madre, pero no me creyó. No tenemos vecinos. No tenemos gramófono. Ya estaba yo con mis tonterías. Eso dijo mi madre y me meneó agarrándome de los hombros, como si al moverme se me salieran las tonterías del cuerpo. Pero yo oí el coro. Juro que lo oí.
La Sra. Dubois tenía los dedos gordos y torcidos. Yo quería ponérselos rectos, pero no me dejaba tocárselos, le dolían y siempre se quejaba: cuando barría, cuando fregaba, cuando escurría la bayeta, cuando hacía las camas. Le habría gustado que Marianne la ayudase con las tareas, pero ella no había ido allí para eso, sino para darme clases durante el verano y ocuparse de mí mientras mi madre estaba en su cuarto, porque ella siempre estaba en su cuarto, haciendo muestras de ganchillo. Cuando venían sus hermanas a tomar el té, las colocaba sobre un aparador y las tres hablaban de lo bonitas que eran. Pero debes salir más, tienes la piel translúcida. Mi madre asentía con la cabeza, pero en cuanto se iban se encerraba a tejer de nuevo. Tenía cajones enteros llenos de muestras que yo no podía tocar porque las ensuciaba. Si se me ocurría hacerlo, se levantaba enfurecida, me zarandeaba por los hombros y me echaba de allí para que no diera la lata. Aunque yo no daba la lata. Yo sólo quería mirar las muestras de ganchillo.
Mis tías parecían más jóvenes que mi madre, aunque la pequeña era ella. La tía Paulette tenía el pelo rubio, no castaño y con canas, como mamá, y siempre usaba sombreritos que sujetaba con un alfiler. La tía Denise se pintaba los labios tan rojos que dejaba marcas en los bordes de las tazas y la Sra. Dubois tenía que usar mucho jabón para quitarlas. Si me echaban del salón, que era siempre, me escondía en un rincón del recibidor y escuchaba sus conversaciones, aunque muchas partes no las entendía. La tía Paulette se quejaba de su marido, de que roncaba y no trabajaba nada. Si no fuera por la herencia de padre, en casa no comeríamos ni cebollas. La tía Denise hablaba de sus hijos, que le quitaban la vida. Tú, al menos, sólo tienes uno y es un angelito. Un demonio es lo que es, decía mi madre, lo que pasa es que está aún a medio hacer.
Cuando se terminaban el té, se despedían rápido y mi madre volvía a su cuarto. En el recibidor me daban un beso y me pedían que cuidara de ella, que ya era un hombrecito, aunque una vez que no me habían visto les oí decir que lo mejor que podía hacer era morirse. Está tan feíta, dijo la tía Denise. Horripilante, dijo la tía Paulette. Así cómo va a encontrar a nadie, si casi no se peina y no va ni a la iglesia. Cómo va a ir, sabiendo todo el mundo el regalito que tiene en casa. Salí de mi escondite y les pregunté que a qué regalo se referían. La tía Paulette señaló el espejo con un dedo, se colocó el sombrerito con el alfiler y desaparecieron por la puerta hasta el mes siguiente. Miré después aquel espejo con mucha atención, pero no vi en él nada de particular por lo que mi madre no pudiera ir a la iglesia.
Yo no tenía padre. Así se lo dije un día a Marianne. Me estaba enseñando un libro ilustrado y me decía los nombres de los animales y sus crías. El lobo y el lobezno, el jabalí y el jabato, el cerdo y el lechón. A mi padre le encanta el lechón. Al mío no sé, no tengo. Ella me tocó la cara otra vez. Sí lo tienes, está en el cielo. Miró al techo y yo también, pero no vi allí nada revelador. Siempre que me tocaba, tenía los dedos fríos y yo pensaba otra vez en la falda vaporosa y en sus piernas, que seguro serían muy suaves.
Pocos días después, nos quedamos solos Marianne y yo. La Sra. Dubois estaba ingresada en el hospital, se había quemado con agua hirviendo. Cogió una cazuela del fuego y se le escurrió de sus manos torcidas. Se abrasó las piernas y la escuché aullar como un animal, pero no me dejaron verla. Mi madre se puso muy nerviosa. Puede que le diera pena la Sra. Dubois, pero lo que no quería era abandonar el cuarto, del que no salía más que para comer y para cenar. Le pidió a Marianne que se ocupara de las labores hasta que volviera la señora Dubois, pero ella se negó. La vi enseñarle unos billetes y le suplicó tanto que al final Marianne agarró el fajo y aceptó. Durante unos días no podría darme clases, pero aun así yo no pensaba despegarme de ella.
Esa tarde, salí al jardín y cogí unas flores. Unas eran amarillas y otras lilas con los pétalos más largos. Arranqué también unas blancas que había junto a la entrada y que olían muy bien. Las junté para hacer un ramo, pero como se soltaban las até con un cordón de mis zapatos. Entré en la casa con un pie a rastras porque la bota se me salía. Marianne estaba limpiando, agachada, en el suelo. Había puesto unos trapos viejos bajo sus rodillas y al ponerse de pie se levantó la falda para mirárselas. Estaban rojas. Yo me quedé quieto otra vez, con mis flores en la mano. Ella no me vio y se dio un masaje en una rodilla y luego en la otra. Después se sentó en una silla. O se tiró, más bien. Se subió la falda más, hasta arriba, y siguió frotándose las rodillas. Levantó la cabeza y me vio, pero no se bajó la falda. Ven aquí, me dijo. Y yo fui, intentando no arrastrar mi bota, pero era imposible. Cogió el ramo de flores, las olío y después se fijó en que algunos tallos tenían bichitos, unos negros muy pequeños que yo no había visto, y se empezó a reír. Se reía y echaba la cabeza hacia atrás y le vi la campanilla y la lengua rosa y los dientes, que los tenía un poco montados. Eres muy guapo, dijo otra vez, y me acarició la cara con las dos manos. Yo entonces cerré los ojos y ella empezó a darme besos muy despacio, en la frente, en los párpados, en las mejillas y uno muy suave en la boca. Sentí los labios húmedos y me mareé como una vez que había subido a la noria. Ella abrió un poco las piernas y me acercó más hacia sí. Yo quería abrir los ojos, pero no me atrevía. Me abrazó y sentí sus muslos apretándome un poco. La piel de su cuello olía a sudor, pero me gustaba. Yo tenía los brazos a ambos lados del cuerpo y con la punta de los dedos le toqué las piernas. La piel se le puso de gallina. Después de un rato me apartó y dijo “ya es suficiente”. Abrí los ojos y la vi frotarse un poco más las rodillas, que ya no estaban tan rojas, y bajarse la falda. Se puso de pie y caminó hacia la puerta. Yo me quedé quieto. Se volvió y me miró un segundo. Luego salió. Yo me fui detrás.
Mi madre no salió en ningún momento de su habitación.
El libro del taller
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