

El mandarino florece. Con su perfume abraza el jardín y con las raíces, la casa. Marce lo observa desde el baño mientras apura el faso. Recuerda el día en que lo plantaron juntos hace diez años, por su octavo cumpleaños, cuando su padre aún estaba fuerte. Excavó un hoyo del que surgieron lombrices que ella esquivaba con torpeza, armada con su pala rosa. Él sonreía al verla y buscaba la mirada de su mujer; ella tendía la ropa al sol, oculta tras las sábanas. «Cuando crezca, sus flores serán como vos: blancas y lindas», decía con una ternura que Marce enterraba con la pala.
Da una última calada y lanza la colilla al inodoro. Se pinta con el labial rojo de su madre, el favorito de él. Alza los pechos en el corpiño, se examina en el espejo y ajusta una vuelta más la cinturilla de la pollera.
La puerta corredera chirría. «Ya están acá», se dice con el chicle de fresa en la boca. Corre a la ventana del salón, junto a la mesa que había preparado. Maneja su madre; nunca lo hacía con su padre. Los observa bajar del auto. El hombre que la acompaña carga con una mochila y una guitarra enfundada con los adhesivos del aeropuerto. Él es moreno de piel, con barba de días. «Mirá vos, má… te elegiste uno lindo».
Su madre lo espera apoyada en la puerta del conductor. Él la eleva por las nalgas, la besa en la boca, en el cuello, y vuelve a morderle los labios. Ella lo empuja por la nuca hacia su piel. «Eso tampoco lo hacías con papá». La corredera gime mientras se cierra.
La brisa del este mece el mandarino; las flores blancas y Marce tiemblan. Los dos amantes se acercan a la casa, impacientes. Ella corre a la puerta principal, espera y grita:
—¡Sorpresa!
Su madre retrocede y choca contra el acompañante.
—¡¿Marce?!
—Sorpresa, má —repite.
El hombre se aparta, tropieza, y recorre a Marce con la mirada antes de refugiarse tras la guitarra. Ella no espera y besa primero a su madre, que se deja como una estampilla santa.
—Soy Marce, la hija de Graciela. Vos debés ser… ¿Manuel?
Él busca a su pareja, que se ajusta los breteles del vestido. Vuelve a Marce y asiente. Ella le besa las mejillas rasposas; percibe el olor a sudor, madera y pachuli, el perfume de su madre. Manuel intenta sonreír, los labios emborronados de carmín de la una y las mejillas marcadas de la otra. Se vuelve hacia Graciela y se encuentra con sus ojos, ella le levanta una ceja y le señala la boca; él se la restriega con el dorso de la mano.
—¿Qué pasó? —pregunta la madre—. ¿No estabas con Matilde festejando?
—Es mi cumpleaños. ¿No te da gusto verme?
—Claro, nena, pero no te esperaba acá.
Marce sonríe; sus labios rojos brillan mientras mastica el chicle con descaro. Su madre la recorre con los ojos, aunque no como él.
—Felicidades —murmura Manuel.
Ambas mujeres se giran hacia el hombre, que no suelta la funda.
—Vení, vení. Entrá —invita Marce.
—¿Cómo adónde, nena? Pasamos un momento nomás para que Manuel…
Graciela fija la mirada en el hombre.
—Sí, claro, debo llegar al hotel —añade Manuel y señala su reloj.
—No, vení y mirá —insiste Marce.
Los toma de la mano y los guía al salón. Dos globos con forma de corazón se balancean alrededor de los asientos donde los empuja a sentarse juntos. Sobre el mantel, una bandeja de alfajores de dulce de leche. Los corazones tienen marcado un uno y un ocho; bailan con la brisa cálida del azahar del mandarino. A veces forman un dieciocho, otras un ochenta y uno, o un simple ocho: los meses desde que él murió y ella no lloró.
—¿Y todo esto, nena? —pregunta Graciela.
Marce no contesta; rebusca entre la colección de vinilos. Muestra la carátula, sonríe. Saca el disco del saco de papel y lo coloca en el plato del tocadiscos. Manuel rastrea con la mirada la habitación hasta encontrar los ojos de Graciela. Ella le contesta con una mueca torcida.
—¿Pasó algo con Matilde, con las chicas? —insiste la madre—. ¿Algún reclamo?
—No —responde—. Esperá, voy a prender la pava.
Marce se marcha apresurada a la cocina. Cuando regresa, evita a la madre, se acerca a Manuel y él ofrece espacio. Se descalza junto al hombre; sin los tacos sigue siendo más alta que su madre. Ajusta el plato de dulces y, mal sentada sobre una pierna, ocupa el sitio que fue de su padre. A sus espaldas, la ventana, los globos y el mandarino, altivo y de punta en blanco, la escoltan.
—¿Sos español, no?
—Sí, de Asturias de…
—Qué lindo hablás —interrumpe—. ¿No te parece, má?
—Manuel nació donde tu abuela, Marce.
—Ya —corta.
—De Ribadesella —dice Manuel—, ¿lo conoces?
—No. A mi padre no le gustaban los gallegos, ¿verdad, má?
Manuel esboza una sonrisa, sus ojos preguntan a Graciela, que lo esquiva con la cabeza baja. Tras unos segundos de silencio, la pava silba furiosa. Marce se levanta, seguida por su madre. Manuel las mira marcharse.
—¿Qué te pasa, nena? ¿Qué hacés? —masculla Graciela. La sujeta por la muñeca con decisión.
—¿Festejar mi cumpleaños? —se suelta con rabia—. Como antes, má. Y bueno, conocí a tu gallego… ¡Muy re lindo, eh!
—No seas desubicada. Esto no te importa —murmura Graciela, que no deja de vigilar la puerta del living.
Marce le sonríe torcido, sin mirarla. Levanta la pava y la coloca en la bandeja junto al mate, la bombilla de plata del Perú y la yerba.
—Mirate, ¿de dónde sacaste esa pollerita, nena?
—De donde vos sacaste al amante… Mirá qué bien lo escondiste, eh, má.
—¡Callate! Vos no sabés nada.
—No, ni papá tampoco.
Graciela levanta la mano; Marce acerca la cara y se planta. Su madre resopla. Niega y tira de la bandeja; la bombilla gira hasta la otra punta.
—Mirá, nena, tu papá está muerto. Vos lo querías, yo…
—Cheli, creo que lo mejor es que me vaya —avisa Manuel desde el living.
—No, Manuel, esperá. Ya vamos.
Fija los ojos en los de su hija, le agarra otra vez del brazo hasta marcarle los dedos y a media voz le dice:
—Con vos hablo después. Esto no se termina acá.
Marce recupera la bandeja; la bombilla vuelve a su lugar.
—Como quieras, «Cheli» —imposta la voz—. Así te llama, ¿no? Igual que papá, ¿viste?
Manuel sujeta la mochila de pie, busca respuestas en Graciela, pero ella evita su mirada. Marce escruta la pareja desde la puerta; sonríe y toma aire una vez, dos. Arranca a caminar, erguida, con la bandeja por delante. Balancea la pollera en cada paso. Descalza, de puntillas.
—Manuel, por favor… —implora su Cheli.
Graciela lo calma con un roce y lo guía hasta la silla. Ambos se sientan. Marce deja la bandeja entre los dos, se inclina hacia el equipo de música, el disco espera la aguja. Espía de soslayo a Manuel en el reflejo del cristal de una foto donde ella posa con su padre. Él enseguida desvía la vista.
Suenan las primeras notas de Té para tres. Ella se balancea mientras las gotas de lluvia repiquetean sobre las hojas del mandarino.
—Probá los alfajores, Manuel —dice Graciela, y le interpone el plato.
—Sí, dale. Eran los favoritos de mi papá, ¿no, má?
—Voy a coger uno —responde Manuel.
Marce desafía los ojos de su madre. Regresa a la mesa con un tarareo, se contonea; el aire sacude los globos.
—Acá —clava la mirada en Graciela un segundo— podés coger lo que quieras, che.
—Gracias —repite él—, cogeré otro.
—Ya. Coge, coge —contesta Marce.
—Tienen muy buena pinta —dice él.
Se muerde el labio mientras ceba el mate de su padre. Manuel la sigue en cada gesto; se lleva el dulce a la boca sin atenderlo. Graciela retuerce las manos sobre el mantel y fija la vista en Marce, que sonríe mientras rodea con los labios la bombilla. El amargor de la yerba llena su boca.
Ceba de nuevo, se acerca a Manuel y, al ofrecerle el mate, lo roza con la cadera. Él observa la calabaza, a Graciela y la bombilla marcada de labial. Sostiene la mirada de Marce, da otro bocado al alfajor y murmura:
—Nunca he probado el mate.
—Siempre hay una primera vez —dice ella. Se acerca más y susurra—: Es amargo de entrada, después no querés soltarlo.
Manuel estira los labios y mira a Graciela.
—¡Marce, basta! —interviene la madre.
—No, no, Cheli, está bien. Estoy en Buenos Aires, ¿no?, lo probaré.
Sostiene el mate con cautela, como si fuera frágil. Lo examina, ve el carmín marcado, succiona hasta el vacío y traga con el ceño fruncido. Sus ojos rezuman antes de soltar una tos contenida. Marce rompe en carcajadas; él la mira sin saber qué hacer con la cara. Graciela enrojece.
Ceba de nuevo y se lo ofrece a su madre. Es su turno. La observa dudar, escrutar la bombilla. Manuel contempla a su amante con atención.
—Má… —incita Marce.
La madre toma el mate, traga con esfuerzo, al borde de las arcadas.
—¿Ricos los alfajores, má? —arroja Marce.
—Pero si no los ha probado —interviene Manuel.
«Sí, los tragó», piensa Marce mientras Persiana americana la envuelve. Frente a la ventana, baila descalza y juega con los límites de la pollera. Afuera, las flores caen una a una.
—¡Nos vamos! —salta Graciela.
Manuel se cuelga la mochila e intenta despedirse, pero Graciela lo arrastra al viejo escarabajo. La guitarra queda atrás, junto a las pegatinas de otros tiempos y otros países. Marce dice adiós desde la ventana; el aire frío entra y le roza la piel.
El auto se detiene frente a la corredera llorona. Marce observa cómo su madre gesticula, niega y aporrea el volante. Sale sola y camina despacio hacia el mandarino; se restriega una lágrima sucia de delineador y lo golpea. «Maldito seas».
Marce va a su encuentro con la guitarra olvidada entre los brazos. Bajo las ramas, ambas cruzan miradas. Le extiende la funda como una ofrenda. La sonrisa pendiente. Graciela lo toma y con un golpe seco de una mano abierta le cruza la cara.
—Sos una puta —escupe con los ojos curtidos por las lágrimas. Y se marcha.
Se detiene en la puerta del conductor. Sube el bretel rebelde:
—Feliz cumpleaños, amor.
Las luces del auto parpadean, se alejan por el camino.
Marce siente las lombrices que se retuercen en el barro. Elige una flor caída, la manchada de rojo. La lleva a sus labios: el amargor metálico persiste, inalterable entre la lluvia y el perfume del azahar.
Mastica el chicle y llora.
El libro del taller
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