
El avión de Antonio había llegado con retraso. El carrusel de equipajes de la terminal, con su forma de hipódromo, daba vueltas insistentemente, pero su caballo no llegaba a la meta. Otra vez habían extraviado su maleta. Todo ello retrasaría aún más su presencia en el cumpleaños de Tomás, su ahijado. Ya iba con el tiempo justo.
Mientras tanto, la velada en casa de Joaquín, situada en la mejor zona residencial de la ciudad, estaba llegando a su fin después de que casi todos los invitados al cumpleaños hubiesen comenzado a marcharse, en parte debido a que Tomás, su hijo, que en este día alcanzaba la mayoría de edad, ya se había ausentado para disfrutar del regalo que había recibido de manos de su padre: esa Norton Commando del 67, restaurada durante los dos últimos años por ambos, lo que había ayudado a reforzar su relación.
Cuando las luces rojas y azules atravesaron las ventanas del salón y Joaquín abrió la puerta, no le costó reconocer el presagio de que los acontecimientos venideros iban a suponer un encontronazo con su capacidad de resiliencia, de la cual, había hecho gala en exceso a lo largo de toda su vida.
La familia entera recibió la noticia. Media hora más tarde estaban todos en la morgue. La frialdad del recinto, el olor a hierro y formol… Joaquín tenía todos sus sentidos bloqueados, a sabiendas de que entre él y Tomás, sólo se interponía una acartonada sábana blanca que cubría las protuberancias de un cuerpo inerte tendido sobre una camilla.
El inspector al mando de la investigación le informó:
– Todo apunta a que la muerte ha sido instantánea. El coche que arrolló a su hijo, salió despedido por el terraplén al lado del cruce donde se produjo la colisión. Allí se incendió y no hemos encontrado ningún cuerpo en su interior ni nada que lo relacione con la persona que lo conducía. Todo ha quedado destruido por el fuego.
El forense retiró parcialmente el sudario. En ese instante Joaquín sólo pensó en disponer todos sus recursos para investigar lo ocurrido, todos los abogados, todos sus contactos, todo… Todo estaba helado en su interior, del que únicamente se vislumbraba la punta del iceberg del dolor, la pena, la tristeza y el remordimiento de los «¿y si….?»
Emilio recibió la noticia al salir de uno de los quirófanos que tanto frecuentaba. No le costó bajar hasta el sótano, a la morgue del hospital. Siempre había estado muy cerca de Joaquín, su mejor amigo. Aquel que consiguiera librarle de las instituciones, poco antes de que estas cerrasen cualquier punto de partida hacia una vida llena de posibilidades, tal y como ambos soñaran. Desde niños pensaron en las oportunidades de salir adelante, que esta debía tener guardada para ellos.
– ¿Has avisado a Antonio?
– No he conseguido contactar aún con él. He hablado con Carmen. Me ha dicho que está de gira, pero que su avión llegaba esta misma noche – respondió Emilio.
– Insiste, no quiero que se entere por nadie. Tomás era su ahijado…
– Su mujer ya lo sabe. En cuanto aterrice se lo dirá. Por favor Joaquín, ahora vete a casa. Intenta descansar.
Emilio no podía fingir el abatimiento que esto le había provocado. Su boca se abría lo justo para poder sobrevivir frente al dolor que le suponía haber visto el cuerpo en aquella camilla de aquél que le llamara “tito Milio” cuando comenzaba apenas a caminar balbuceando.
Esa noche insomne y eterna, ya en su casa, sentado en el sillón de su despacho, Joaquín pensó en su niñez, en cómo los tres – Antonio, Emilio y él – habían conseguido dar un giro de guión a sus vidas, un puñetazo en la mesa de su frágil existencia. Se fugaron juntos, pasaron hambre juntos y juntos se hicieron un juramento que les perseguiría para siempre. Se prometieron llegar donde antes nadie habría apostado por su futuro. Salieron de aquel barrio que les vió crecer, una zona devastada como un campo de batalla, que invertía recursos en cárceles donde poder recluir a los que salían de los centros de menores.
Lucharon por huir del sistema. Joaquín consiguió hacerse un nombre, y una pequeña fortuna en el mundo de las finanzas. Emilio cursó sus estudios de medicina, su gran pasión, con becas de los más prestigiosos organismos, dirigiendo su especialidad a los recovecos del cerebro humano, como si intentase comprender el por qué del comportamiento ajeno. Antonio encontró su «gracia» como músico callejero. Era el que, con las pocas monedas que obtenía, tiraba del carro de la manutención de los tres, hasta que alguien, un buen día, se cruzó inesperadamente en su camino. Sería el Boston Globe el que años después, a través de su equipo de periodismo de investigación Spotlight, sacaría a la luz los miles de cruces en los caminos de demasiados niños como ellos…
La posición de Joaquín hizo que la autopsia del chaval fuese un «trámite rápido». Pudieron darle sepultura al día siguiente de su muerte. El entierro se desarrolló en la más estricta intimidad por expreso deseo de la familia.
– Hola Carmen. ¿No ha venido Antonio contigo? – Emilio de riguroso luto, más allá del traje negro que vestía, se dirigió a la mujer de Antonio con el rostro desencajado por el devenir de los acontecimientos.
– He llamado a todas las personas que pudieron estar con él y todas han coincidido en lo mismo. Antonio se quedó en el aeropuerto porque perdieron su maleta. Desde ahí, no tengo ni idea de lo que ha podido suceder…Emilio, no le comentes nada a Joaquín, pero estoy muy asustada.
Habían pasado seis días desde que enterraron a su ahijado, cuando Antonio apareció frente a la puerta del hospital. Aparentemente nadie supo con certeza lo que le pasaba. Estaba como en estado catatónico. No hablaba, no respondía a las preguntas de los celadores. Alguien lo reconoció. Su dilatada trayectoria y su fama internacional hicieron que, esta vez, la vida le concediera una segunda oportunidad. O eso se pensó en un principio….
Antonio se había convertido en un virtuoso pianista. Había dado varias vueltas al mundo dando recitales, mostrando eso que unos pocos privilegiados tienen, esa habilidad innata, esa capacidad de manifestar un talento natural que permitía sentir sus interpretaciones como una prolongación de su inteligencia para la música, como una dádiva de un ser superior.
Pero no era capaz de recordar nada desde el día en que buscó su maleta en la cinta de equipajes del aeropuerto, donde llevaba el siempre inolvidable regalo para su amada Carmen y esta vez uno más para su ahijado Tomás. De hecho todo era aún peor de lo que aparentaba. No era capaz de recordar ni lo que acababa de suceder.
Alguien pensó en el Doctor Gutierrez. Y allí fue donde Emilio se encontró con Antonio, la parte del «equipo» que les faltó en aquel aciago día, hace seis desde ese momento.
– Antonio, ¿cómo estás? ¿Qué te ha pasado? Llevamos seis días buscándote. Carmen está a punto de colapsar, pensando en… yo qué sé… ¿Dónde has estado todo este tiempo?
– Perdone. No soy Antonio. Me está confundiendo con otra persona.
– Antonio, por favor. Si estás de guasa, este no es el mejor momento. Te han hecho una exploración completa. He visto los resultados. Todo está perfecto. Así que vamos a casa antes de que tenga que ingresar también tu mujercita.
– Se sigue equivocando, a mi nadie me ha explorado.
– Doctor Gutierrez, ¿puedo hablar un momento con usted?- La voz era la del Jefe de Urgencias Médicas de guardia esa noche–. Emilio, este hombre no está bien. Todo indica lo contrario, pero hay algo que debes saber. Sufre una amnesia postraumática, pero de una forma que nunca había visto. Me gustaría que lo evaluaras. Nadie mejor que tú.
Tras varios días de exhaustivos controles dentro de su especialidad, la que dominaba sobre cualquier otra, Emilio llegó a descubrir que su amigo, aquel que formara parte de ese triunvirato que antaño les hiciera inseparables, invencibles, inexpugnables, había perdido la memoria. Y lo más llamativo era que no conseguía recordar nada más allá de un breve período de tiempo.
Cada día era un nuevo día en la vida de Antonio, aunque, desde fuera, era mucho más cruel el sentimiento, ya que, en realidad era cada siete segundos cuando comenzaba una nueva vida para él, carente de más recuerdos que la inmediatez del ahora. Cada vez que despertaba comenzaba su periplo de miedos y desasosiegos, de preguntas, siempre las mismas:
–¿quién eres?
–¿cómo has llegado hasta aquí?
–¿por qué estamos durmiendo juntos?
–¿Qué día es hoy?
Y la hora…La hora la preguntaba constantemente.
Cada vez que Carmen entraba en la habitación, el rostro de Antonio mostraba la sorpresa ante alguien a quien no hubiese visto desde hacía años. Para ella, la vida se convirtió en un ejercicio permanente de paciencia y constancia sostenidas por todo el amor que le profesaba desde hacía esa eternidad que para él era el instante vivido.
Después de casi un año de tratamiento, interminables pruebas y metodologías creadas para el estudio de su afección, Antonio se sentó delante de su piano. No recordaba lo que era, ni para qué servía aquel instrumento. Fue cuando sus dedos hicieron sonar la primera nota cuando brotó la melodía.
Carmen no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. La emoción, las lágrimas, la falta de aire en sus pulmones y los sentimientos desbordados por el fluir de esa música que salía de la persona que ni tan siquiera la recordaba cada vez que abandonaba la habitación.
Lo escuchaba desde el otro lado de la casa, pero era él…Sin perder un instante llamó al doctor Gutierrez y le contó lo que estaba sucediendo, aunque este ya oía la melodía a través del teléfono. Inmediatamente concertaron una cita. Emilio Gutierrez convocó a todo su equipo con urgencia.
Tras analizar lo sucedido y repasar todo el tiempo invertido en su estudio, Emilio concluyó la reunión diciéndoles:
– Se que estais poniendo en práctica todo, lo posible y lo imposible…Pero no es suficiente. Sois los mejores en vuestro campo. Todos aquí sabemos lo que es la memoria, pero cuando se pierde, ¿cuál es el modo de recuperarla? Y cuando, como en este caso, es tan efímera es donde debemos preguntarnos ¿cómo se atrapa el tiempo para crear un recuerdo….? Confío en vosotros. Ánimo.
El doctor Gutierrez salió de la sala que tenían habilitada para las reuniones con más preguntas sin resolver de las que le hubiese gustado tener, pero sobre todo con la sensación de no poder dar respuesta a los efectos de la pérdida de la memoria de su amigo.
– Va a hacer ya un año desde lo de Tomás, y no hemos avanzado nada. Nadie ha visto nada, nadie ha escuchado nada, nadie ha oído nada… No se que pensar.
– Joaquín. Debes dejar que tu mente descanse. Entiendo lo duro que debe resultar todo esto para tí, pero las respuestas no nos lo devolverán. Cuando todo se diluye tanto, a veces es mejor parar y afrontar la realidad, por terrible que sea.– Emilio dejaba caer estas palabras mientras almorzaban en uno de sus bares de siempre, en el barrio que los vió nacer, que los curtió para el futuro.
– Y me lo dices tú, aquel que juró junto a nosotros dos olvidar aquello que consiguió que pudiésemos salir de esta cochambre de mierda…Es como si algo estuviese castigándome, poniendo las cosas en orden.
– Sí, es cierto, aquello fue también terrible, pero el juramento implicaba el olvido.
– Mira Antonio. ¿También ha recibido su castigo? Él sí que está siguiendo el juramento a rajatabla: se ha olvidado de todo…Porque lo hizo, joder si lo hizo…Nos sacó de toda esta mierda…Pero lo hizo.
– Joaquín, tu fundación está invirtiendo mucho dinero en investigación y ahora que se acerca el aniversario de Tomás, deberíamos organizar un evento, algo que pueda reconfortarnos a todos. Podríamos hablar con Carmen para ver qué le parece si Antonio interpretara algunas piezas en honor a su ahijado.
Llegó el día del funeral de aniversario y todo se preparó para que coincidiera con el acto de la fundación que desde hacía poco menos de un año llevaba el nombre de “Fundación Tomás Jiménez”, una fundación creada con el afán de la filantropía de su artífice como una forma de gratitud hacia la sociedad que quiso apartarle del camino.
Carmen habría querido preparar a Antonio para el evento, pero era del todo imposible. Su intervalo de memoria seguía reducido a lo mismo, sus siete segundos de vida pasada, excepto para la música.
A la hora prevista para el comienzo del recital, uno de los patronos de la fundación aún no había llegado. Llamó avisando de su retraso provocado por un atasco a la salida de la ciudad. Todo se había organizado a las afueras, en uno de los parajes naturales anexos a las oficinas de la institución. Unas nubes negras se aproximaban amenazantes. El olor a tierra mojada anunció la tormenta que se avecinaba. Los demás decidieron que comenzara sin esperarlo.
Cuando Antonio empezó a tocar, todo el mundo quedó asombrado. Todos sabían de la dolencia del pianista.
De pronto, un coche irrumpió en el recinto a gran velocidad. Era el miembro del patronato que llegaba tarde. La frenada que hizo fue muy larga. El chirrido, ensordecedor, sobresaltó a Antonio, hasta ese momento absorto en su interpretación. Fue un hilo puntiagudo que se adentró en lo más profundo de su ser. Tan adentro que no fue capaz de recordarlo…Pero abrió una ventana al pasado, cuando los tres adolescentes hicieron aquel juramento y había sido él, Antonio, el que estaba frente a aquel sacerdote, aquel hombre que se cruzó en su camino.
Y de pronto también pudo ver la motocicleta viniéndose encima del coche que conducía, no se percató hasta que fue demasiado tarde, hasta que salió despedido por una de sus ventanillas y fue entonces cuando reconoció a su ahijado, tirado en el asfalto. Tomás miraba al infinito, su cara ensangrentada, su cuerpo roto y en su propia conciencia un maldito juramento.
Antonio clavó su mirada en sus dos amigos, una mirada de súplica, de perdón, y vio a Emilio levantarse precipitadamente de su asiento, con cara de pavor. Joaquín quedó petrificado en el suyo. Pero solo duró siete segundos y a partir de ahí….negro sobre blanco.
Antonio prosiguió con su recital.
El libro del taller
OPINIONES Y COMENTARIOS