
Era verano. Sábado. Alberto salió a pasear como todas las mañanas, pertrechado con sus zapatillas de deporte, ropa liviana, su bastón de madera de fresno y una piel tersa y suave como corresponde a un hombre que apenas roza la cuarentena. El deseo de mantener en forma su delicado corazón le había lanzado en brazos de una rutina que no solo le procuraba beneficios físicos, sino que también le permitía la desconexión durante un par de horas de su realidad más inmediata.
Apenas había amanecido, cuando Alberto avanzaba, con paso vivo y seguro, hacia el camino de los enebrales. A ambos lados, amplias dehesas de encinas, fresnos y robles melojos. El campo respiraba aromas de lavanda y camomila. El ronco y áspero graznido de las urracas llamaba la atención de los zaínos toros de lidia que esperaban inocentes su encajonamiento para salir de viaje hacia una muerte segura.
Era su recorrido de siempre, lo había hecho mil veces. Lo conocía como el patio de su infancia, cada curva, el ángulo con el que la luz del sol azotaba el polvo del camino. Nada hacía suponer que hoy algo se mostrara distinto. Sin embargo, de repente, la vida enmudeció de golpe. El crujido de sus pasos al andar dejó sitio a un silencio denso. Fue entonces cuando la vio. A la sombra de un olmo, y donde ayer solo existía el horizonte, se alzaba una casa de madera oscura, con aspecto antiguo, y cuyas ventanas no dejaban ver a su través. Sus muros mostraban claras hendiduras que, en algunos casos, estaban rellenas por un manto de musgo con aspecto ancestral. El hecho de que no fuera de nueva construcción resultaba aún más inquietante, y el cerebro de Alberto trató en vano de justificar lo imposible. Un sutil olor a madera en descomposición le erizó la piel.
Aun con la sensación de estar invadiendo un territorio ajeno, no pudo evitar la curiosidad. Se acercó con sigilo a la puerta principal. La llave estaba puesta en la cerradura. Tras una mueca de asombro, la tomó entre sus dedos índice y pulgar, y la viró hasta el final de su recorrido. Su corazón latía frenético. Con la lentitud de quien se enfrenta a lo desconocido, giró el pomo herrumbroso. Por fin, aquella madera desportillada cedió sin oposición. Ante sus ojos, un recinto donde todo aquello que en su día tuvo una utilidad, ahora aparecía cubierto por una gruesa capa de polvo. El olor de aquel espacio evocaba el de las bibliotecas antiguas, donde los libros llevaban lustros durmiendo sobre sus estantes; pero también había matices de resina y aceite de linaza. Sin querer, se respiraba el paso del tiempo y la nostalgia; el aroma de unos recuerdos que nadie había reclamado en décadas. Pudo escuchar un silencio agónico, interrumpido únicamente por el crujido de la madera al andar o el tic-tac de un reloj de pared que milagrosamente seguía funcionando.
La luz del amanecer entraba insolente por una de las ventanas, desvelando miles de motas de polvo en un baile eterno sobre todas aquellas cosas olvidadas. En un pequeño cofre reposaba un manojo de cartas atadas con una cuerda, y que seguramente nos hablarían de la distancia entre algún amante y su enamorada. Sobre una pequeña mesa, media docena de llaves oxidadas que ya no abrirían ninguna puerta y que seguramente mantenían aún el secreto de lo que alguna vez estuvo a buen recaudo. Era inevitable no pensar en el contraste entre la prisa del mundo exterior y el estatismo absoluto de aquel espacio.
De pronto, entre todo aquel desconcierto, sus ojos aislaron un objeto que no debería estar allí. Estaba sobre una mesita de caoba; inexplicablemente limpio en comparación con el resto de las piezas que poblaban aquella habitación. Un objeto que pertenecía a su propio pasado pero que claramente fue dejado en ese lugar por otra persona, de manera reciente y deliberada.
Era un reloj Cyma chapado en oro. En su reverso, podía leerse un texto escrito con la característica letra inglesa cursiva. Junto a las iniciales A.M.
figuraba la inscripción: “Gracias por regalarnos veinticinco años de tu vida”. Un escalofrío eléctrico y gélido recorrió su columna. Al sentirlo en su mano, comprendió que la historia que llevaba tantos años contándose a sí mismo sobre quién era, o de dónde venía, estaba construida sobre una tremenda mentira. Aquel reloj no era uno similar; era el que su padre había recibido de su empresa en agradecimiento a los servicios prestados, cuando cumplió sus bodas de plata con ellos. El mismo que, según el informe de la policía federal mexicana, llevaba en su muñeca izquierda la persona cuyos restos fueron encontrados, tras el accidente que acabó con su vehículo hecho un amasijo de hierro en el fondo de un acantilado, en la autopista que conecta Tijuana con Ensenada. Fue imposible identificar sus restos. De hecho, fue ese reloj el que ayudó a esclarecer, meses más tarde, la identidad de aquel desgraciado.
Tras rozar el oro frío con la yema de sus dedos, la ficción en la que había vivido toda su madurez se agrietó como la tierra seca. El relato de su orfandad, el luto que maleó su carácter, todo empezó a desmoronarse. Alguien lo había dejado allí a propósito. Alguien que quería que él supiera que la historia oficial era una farsa. Se quedó quieto, observando como sus dedos yacían suspendidos apenas a un milímetro de la esfera, comprobando el paso de los segundos en la saeta más pequeña.
Con el razonamiento rápido de un matemático, su mente comenzó a valorar dos únicas opciones: pasar la manga de su camisa por encima, limpiar el polvo de la verdad y mirar de frente el abismo que se abría ante él, o dejarlo donde lo encontró, volver sobre sus pasos y fingir que todo aquello nunca ocurrió.
Súbitamente, retiró sus dedos del reloj como si aquel oro abrasase. Dio media vuelta y cerró la puerta de la casa con un golpe seco y brusco. Luego, dos vueltas de llave. El eco de aquel chasquido metálico encajando en la cerradura resonó en el interior de la estancia como una detonación, pero Alberto no se detuvo. Con las manos crispadas, pero con paso firme, tomó de nuevo el camino de vuelta a casa. Mientras lo hacía, iba repitiéndose un ilógico mantra: no es más que una coincidencia, las iniciales son comunes, el informe policial era real.
De nuevo en casa. Se afanó en retornar a una normalidad que revitalizara en su mente anteriores devaneos. Habló largo rato con su hijo sobre los inconvenientes del reciente cambio de trabajo, redactó la lista de la compra de la semana, preparó la cena e incluso se enfrascó en una larga película que apenas había comenzado en la televisión. Dio resultado. Durante unos días, aquella rutina impuesta funcionó como el blindaje impenetrable que había estado buscando.
Hasta el miércoles por la tarde. Se había tomado un par de días para visitar en Jaén a un amigo de los tiempos estudiantiles. Al llegar a la recepción del hotel, y mientras comprobaba su reserva, oyó a tan solo unos metros la voz de un huésped que preguntaba la hora. Al principio, no le concedió la más mínima importancia hasta que, tras una mirada perdida y sin intención, mientras el recepcionista tomaba nota de su número de DNI, le pareció ver en la muñeca del hombre que respondía un reloj que le resultaba familiar. Se le heló la sangre. Tras recoger su documentación volvió a mirar, pero aquel hombre ya no estaba allí. Se tomó un par de segundos para aplacar su respiración y la vergüenza que le causó durante ese tiempo su propia paranoia.
—Bienvenido a nuestro hotel, señor Madurga. Por cierto, tengo un sobre para usted que ha dejado una persona esta misma mañana.
Con gesto de extrañeza, siguió el recorrido de la mano del recepcionista hasta el casillero correspondiente a su número de habitación. Abrió el sobre. Dejó caer su contenido en la palma de su mano izquierda. Ahí estaba. Brillando bajo la luz impersonal e insultante de la recepción, de nuevo llegaba a él aquel reloj de oro con las iniciales A.M. grabadas en su reverso. Esta vez no había casa de madera, ni polvo, ni mesita de caoba. La realidad le había perseguido hasta allí.
Alberto tomó el reloj, y mientras lo acomodaba alrededor de su muñeca izquierda, cayó en la cuenta de que aquella mentira, que ya duraba treinta y ocho años, no era un castigo sino una salvaguarda. Ahora comprendía que, si su padre estaba vivo, y por algún motivo no podía comunicarse abiertamente, él también debería actuar en la sombra. En ese mismo instante, canceló su viaje y volvió a la casa vieja de la mesita de caoba, pero no a buscar contestación a sus muchas preguntas, sino a dejar allí algo personal: una foto de cuando era niño. Con ello, acababa de establecer un canal de comunicación mudo. Acababa de aceptar su nuevo rol. Ahora él, también era parte del secreto.
El libro del taller
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