CLARA Y LOS LOBOS

CLARA Y LOS LOBOS

Luciano Montero

06/07/2026

CLARA Y LOS LOBOS

Mis padres eligieron vivir en el campo porque buscaban tranquilidad, eso me dijeron siempre. Los padres de Violeta, también. Lejos de la ciudad, aunque no tanto, porque no es fácil romper con los orígenes. Pero lo bastante como para alimentar la ilusión de vivir en plena naturaleza salvaje. A ello ayudaba el tener, como vecino, un parque natural.

A veces nos sorprendía la visita de un venado asustadizo o de una familia de jabalíes. También estaban los lobos, pero de ellos, al principio apenas se hablaba. Como si el silencio pudiese borrar su presencia.

Mi casa y la de Violeta estaban separadas por una colina. Desde mi ventana veía su tejado, solo su tejado rojo entre los álamos. Por la mañana, tomábamos las dos un autobús que nos llevaba al instituto del pueblo más cercano. Nos poníamos de acuerdo para encontrarnos en la parada y hacer el trayecto juntas. Ella aparecía siempre en el último momento, apurada, con el pelo suelto y las llaves tintineando en su mano. Jugueteaba con ellas, las giraba en sus dedos, sonaban con un repiqueteo de cascabeles. Siempre las llevaba consigo. Como si fueran parte de su cuerpo.

Mamá me lo contó muchas veces. Por qué no lo dejamos todo y nos vamos a vivir al campo, le decía mi padre. A un lugar con río y bosques antiguos. Donde nuestra hija persiga ranas y lagartijas. Primero fue el huerto. Después las ovejas. Las ordeñaban dos veces al día. Las hortalizas brotaban, los naranjos cargaban sus ramas y llenaban el aire de un olor soleado. En la ciudad no aguantaban más, eso me dijo mi madre. A veces llovía y trabajaban bajo la lluvia. Mi padre, que antes había sido ejecutivo de una multinacional. Mi madre, que había pertenecido a un bufete de abogados. Ordeñando ovejas bajo la lluvia. Una locura.

Después montaron una explotación ganadera, aumentaron su experiencia y, poco a poco, el negocio prosperó. Su sueño de una vida campestre había florecido.

Pero aparecieron los lobos.

Me fascinaba el tintineo de las llaves de Violeta. Me atraían como un juguete mágico, igual que les pasa a los niños pequeños con las llaves de sus padres. Violeta tenía dos años más que yo. Para mis padres, no había ninguna necesidad de que yo tuviese una copia de las llaves de nuestra casa. A Violeta, la pobre, no le queda otra, decía mi madre. Sus padres pasan todo el día afuera, trabajando en la ciudad. Está sola y no tiene tu suerte, hija, que tu madre te espera en casa.

Pero para mí, aquello era más bien un castigo. Yo debía pedir permiso para todo: para ver la tele, para llamar por teléfono, para salir. Violeta, en cambio, no regresaba en el autobús conmigo después de las clases, sino que se quedaba en el pueblo, matando el tiempo en el parque, y yo me la imaginaba coqueteando con los chicos. A veces sus padres viajaban y ella pasaba días sola. Disponía de su casa y de su tiempo, era dueña de su vida. En verano, en la piscina del pueblo, llevaba pintadas las uñas de los pies y fumaba. A mis ojos, encarnaba la libertad.

A veces, en mi cama, en horas en que aún no había amanecido, el viento llegaba antes que la luz. Llegaba cuando, en el valle en que vivíamos, todavía la niebla baja cubría las huertas y los perros se inquietaban en las granjas vecinas. Mi madre, que leía poesía y algunas pocas veces la escribía, decía que ese viento traía murmullos antiguos, que quizás eran los lobos, o el mismo monte que nos hablaba.

Yo, al oír esos sonidos, pensaba en Violeta. Ella era distinta a mí. Incluso en las noches en que en su casa no había nadie más que ella, escuchaba ese rumor sin asustarse. Lo saboreaba, eso me decía, Por lo demás, aunque compartíamos trayectos de autobús, era reservada conmigo. Yo me preguntaba qué haría sola en casa cuando, en sus ventanas, las luces parpadeaban hasta muy tarde. Si leía, si bailaba, si esperaba el sonido del motor de un coche acercándose por el camino. La imaginaba saliendo en la noche, merodeando libre como si no hubiese cercas, dejándose reconocer por el aire, como una loba extraviada.

Una mañana, en el autobús, Violeta me dio una copia de las llaves de su casa. Las he hecho para ti, dijo sin darle importancia, por si alguna ver pierdo las mías. Venían con un pequeño llavero en forma de corazón. Eran nuevas, relucientes, y pesaban menos de lo que yo había imaginado. Guardaban el calor de las manos de Violeta. Me turbó la sensación de algo prohibido. Quizás ella percibió mi rubor. Me hirió en el pecho una punzada de curiosidad, un redoble de la misma curiosidad que, en los últimos tiempos, me había rondado acerca de los secretos que pudiera esconder mi amiga. Era algo muy profundo. Al tener sus llaves me invadió una conciencia de poder. Y también de peligro.

Los lobos habían empezado a aparecer semanas antes. Primero se rumoreó que una oveja muerta había sido hallada cerca del arroyo. Luego, otra. Un ternero recién nacido. Mi padre decía que eran exageraciones, que desde hacía décadas no se veía un lobo tan al sur. Pero las huellas aparecieron en los caminos, marcadas en el barro húmedo.

Pronto empezamos a escuchar los aullidos. Siempre al anochecer, siempre más cerca. Yo salía algunas tardes al límite del bosque, donde el campo se hacía más salvaje ―con luz diurna me atrevía― y esperaba. El viento traía ese sonido largo y vibrante. Lo sentía en el estómago, igual que cuando el cuerpo de Violeta me rozaba en el pasillo del instituto.

La idea de entrar en su casa no me vino de golpe, sino en oleadas, como el rumor del viento. El día que decidí usar las llaves amaneció con escarcha. Yo fingí fiebre. Sabía que ese día mis padres pasarían toda la mañana en el mercado del pueblo. Al quedarme sola, el silencio se hizo tan potente que podía oír mi respiración. Salí y caminé hacia la casa de Violeta rodeando la colina por el lado opuesto al que daba a la carretera. Aunque ésta distaba casi un kilómetro, quería evitar el riesgo de ser vista.

Cuando llegué, la quietud era densa. Ni siquiera se oía el canto de los pájaros. Solo el crujido de mis botas sobre la grava tras cruzar la verja. El jardín no parecía jardín, sino una extensión salvaje de hierba alta y arbustos enredados. Los perros me olfatearon sin ladrar. Metí la llave en la cerradura, que era dorada, y giró con suavidad.

Dentro, el aire olía a madera, a polvo fino, a algo más difícil de nombrar, quizás perfume antiguo. Cerré la puerta y permanecí inmóvil, dejando que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. Avancé despacio, como si temiera que mis pisadas pudieran delatarme. Encontré la cocina, limpia, con platos cuidadosamente colocados y una taza olvidada junto al fregadero. Subí al piso de arriba. La primera puerta era la de un baño. Una toalla colgada. La toqué. Aún estaba húmeda. Imaginé que, hacía poco, había envuelto el cuerpo mojado de Violeta.

Otra puerta. La empujé con suavidad. Una habitación. Con una cama unipersonal, presentí que era la suya. La luz que entraba por la ventana iluminaba un espacio íntimo, cargado de una presencia silenciosa. La cama estaba hecha con precisión, cubierta por una colcha estampada de flores. Entré y me dirigí primero al escritorio. Sobre él, un cuaderno de tapas negras y una estilográfica. Lo abrí. Páginas llenas de una caligrafía inclinada, firme, donde se mezclaban apuntes y, también hechos a estilográfica, dibujos de ojos, de manos, detallados, perfectos, con la habilidad de Violeta para el dibujo que yo ya conocía. Pasé los dedos por el papel, sintiendo la ligera rugosidad de la tinta seca. Frases dispersas, como versos sueltos, una de ellas me impresionó:

“Las huellas que dejo no son mías”.

A un lado, había una bonita caja de madera esmaltada con incrustaciones de hueso y piedrecitas de colores. Dentro, objetos que parecían escogidos con cuidado: un collar fino de plata, frío al tacto. Un anillo sencillo. Una pluma negra de ave. Una fotografía en la que Violeta aparecía de espaldas, mirando hacia un bosque. Toqué las cosas con cuidado, como si cada una contuviese un secreto.

Abrí el armario. Olí su ropa. Un olor mezcla de jabón, madera y algo más. Su piel, quizá. Deslicé los dedos por una blusa de algodón, luego por un vestido oscuro. En un cajón, más abajo, descubrí ropa interior sencilla pero delicada, con encajes discretos. Me detuve más de lo necesario, sintiendo que estaba cruzando un límite, pero incapaz de apartarme.

En la mesilla de noche, encontré un frasco de perfume. Lo abrí. El aroma era tenue pero envolvente, una mezcla de notas cálidas y algo ligeramente dulce. Se quedó suspendido en el aire.

Sin saber por qué, me desnudé y me puse la bata de seda que colgaba detrás de la puerta. La mezcla de olor a tabaco y a la colonia de Violeta me aturdió. Tomé un cigarrillo a medio consumir que estaba en un cenicero sobre la mesilla de noche, manchado del carmín de Violeta, cuyo color conocía, y lo encendí con los fósforos que había al lado. Inhalé el humo, tuve un acceso de tos y dejé el cigarrillo de nuevo donde lo había hallado.

Abrí el cajón de la mesilla. Había una foto de Violeta, que estaba sonriente, en la playa, con un bañador de dos piezas que tenía el color de su nombre, violeta. Sin saber cómo, me solté la bata, me tumbé en la cama, doblé las rodillas y empecé a tocarme mientras miraba su cuerpo.

La foto se me escurrió de las manos y cayó en el hueco entre la cama y la pared. Me levanté, arrastré la cama para recuperarla y fue entonces cuando vi la caja. Tenía un pequeño candado, pero estaba suelto. La abrí y me sorprendió una foto mía. Era mi cara, pegada sobre una cartulina, pero el cuerpo, desnudo, estaba dibujado por las hábiles manos de Violeta. Unas formas, unas curvas que reconocí como las mías. Me sentí doblemente desnuda. Además, había unos cuantos juguetes extraños cuyo uso solo a medias comprendí, y que descifré del todo años más tarde.

Me quedé petrificada, no sabía encajar aquello. Dejé todo tal como lo había hallado y me vestí, con prisa por marcharme. Entonces, a través de la ventana, escuché un sonido que venía del monte. Era un aullido. Corto, melancólico.

Recordé lo que mi padre había dicho la noche anterior. Que habían visto a los lobos cerca de las granjas, que ya no temían acercarse, que algo los estaba empujando fuera de su territorio.

Sentí un escalofrío. Cerré con rapidez la ventana, que había abierto, y di un paso atrás. De pronto, todo en la habitación me pareció distinto, como si ya no fuera solo un espacio íntimo, sino un refugio frágil frente a algo que se acercaba. Salí de la habitación, bajé la escalera casi corriendo y abandoné la casa, cerrando con la llave tras de mí.

El aire exterior era más frío. Y el silencio, más inquietante.

Algo cambió. Aquella misma noche, escuché a mi madre hablar con voz apretada: habían hallado un ternero muerto muy cerca de nuestro corral. Mi padre cerró las ventanas, dejó la escopeta cargada junto a la puerta. El ambiente se volvió denso, como si la montaña nos estuviera observando.

En los días que siguieron, los lobos se volvieron más presentes. Aullidos largos, graves, que parecían surgir de la tierra misma. De noche, mi padre apagaba las luces de la casa y mi madre cerraba todas las ventanas. Se están acercando demasiado, decía él en voz baja.

La presencia de los lobos se hizo constante. Huellas alrededor de las casas, gallinas desaparecidas, miradas brillantes en la oscuridad del bosque. Los gallineros temblaban, los perros huyeron.

Mis padres decían que en la ciudad había humo y violencia, pero yo nunca había visto un lobo. Una de esas noches lo vi. Con mis padres, desde la ventana de la cocina. No era un lobo, sino tres. El primero despedazaba con sus dientes el cráneo de Nube. Yo les había puesto nombre a algunas ovejas. Los otros dos solo presenciaban el suceso, quietos sobre sus patas traseras. Levantaron la vista y nos observaron. El primero, con la boca llena de sangre, también. Seis ojos de color ámbar nos miraban fijamente. Se quedaron así un rato cuya duración no sabría precisar. Nosotros estábamos inmóviles. Mi padre me rodeó los hombros con el brazo, sin dejar de mirar hacia afuera. Los lobos, muy despacio, se dieron la vuelta y se marcharon caminando hacia el bosque.

No se habían comido a Nube. Solo la habían matado, Las vértebras de su cuello estaban a la vista. La sangre empapaba el suave pelaje blanco de su cabeza, la lana que cubría su cuerpo.

Lloré.

Los granjeros, mi padre entre ellos, y algunas gentes del pueblo, sin atender a normas ni a leyes, organizaron la noche siguiente una batida. Desde mi ventana, vi las luces moviéndose como luciérnagas en la tormenta. Oí un disparo. Luego, otro.

Cuando llegó el amanecer, el campo estaba revuelto de huellas y de sangre.

Hacía días que Violeta no acudía al instituto. Quise ir a su casa a visitarla, a averiguar que le ocurría, a devolverle la llave, no sabía a qué. Esta vez rodeé la colina por el lado de la carretera. Evitaba la cercanía del bosque.

Encontré la casa cerrada, silenciosa, abandonada, como si nadie hubiera vivido nunca allí. Algunas familias se habían marchado de la zona por los lobos. Sin duda la de Violeta era una de ellas.

Sentí en el pecho una punzada de tristeza. Regresé a mi casa apretando la llave de Violeta en mi mano, dentro del bolsillo. Recordando su habitación. Su ropa en el armario. La bonita caja con incrustaciones. Sus objetos cuidadosamente ordenados. Su cuaderno. La frase escrita en él con su letra esbelta y firme:

“Las huellas que dejo no son mías”.

Su bata fragante a tabaco y a perfume. La cama. De nuevo su perfume. Su foto, mi foto. Mis dedos acariciándome entre las piernas.

Todo lo que quedaba atrás.

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