Dos de la mañana. Un aire bochornoso mueve la cortina de la habitación. Huele a asfalto derretido, a jardines regados y pistas de pádel. Apenas se escucha el rumor de las chicharras sobre los aspersores. Julio abre un ojo, lee la hora en el teléfono móvil, resopla al ver dos mensajes nuevos de su jefe. Panza arriba, sudado y en gayumbos, sigue las vueltas del ventilador sobre la cama, la nuca de Elena que duerme hecha un ovillo. Julio ni respira, no quiere despertarla: sabe cómo se las gasta su mujer cuando tiene que madrugar el lunes. Sobre todo, si se le ha alargado el vermú con las amigas, están a últimos de mes y tiene reunión con su jefa.

Por fin, el sueño le vence. Los párpados caen.

Entonces, lo oye por primera vez: «fiu, fiu, fiu». ¿Qué cojones es eso? Un pitido rítmico, metálico, un taladro. Enseguida lo identifica como la alarma de un automóvil, o quizá de una tienda. Salta del colchón, se golpea la rodilla con el sinfonier antes de asomarse a la terraza.

—¿Qué coño haces? —pregunta su mujer.

—¿No te ha despertado ese puto ruido? —contesta Julio.

Elena resopla y se tapa la cabeza con la almohada.

—No, joder, me has despertado tú.

Julio intenta localizar sin éxito el origen del martilleo, que no cesa. Suspira, resignado, antes de volver a la cama. En la calle sigue sonando el pitido:

«Fiu, fiu, fiu…»

Pi-pi-pi. Siete menos diez. Julio apaga el despertador, le estalla la cabeza. En el occipital aún retumba ese ruido insoportable. Elena se incorpora de espaldas, refunfuña mirando a la ventana:

—Anda, que menuda, tela. Vaya nochecitas me das.

Julio desayuna un café rápido y muerde una galleta. Elena arrampla un termo con leche y sale de la cocina protestando. El hijo aporrea la puerta del baño, insulta a su hermana, que lleva media hora sin «putosalir». Julio se asoma al pasillo, señala la terraza y pregunta al chaval:

—Pero, a ti también te ha despertado, ¿no?

La mañana en la oficina se hace interminable: videoconferencias, montañas de papeles y reuniones absurdas en las que no deja de bostezar. Después de comer, se queda dormido sobre la mesa. La nueva becaria entra sin previo aviso y le pilla babeando sobre el teclado. Julio se incorpora, balbucea una excusa.

—Son los socios de Dinamarca —interrumpe ella—, necesitan el informe para las seis.

Al fin, las siete. Julio toma el ascensor y aprieta el botón del garaje. La becaria se cuela en el último momento. Él mira hacia arriba. Ella, el móvil. De pronto, Julio lo reconoce «fiu, fiu, fiu». El maldito pitido sale del teléfono de la joven.

—¿Te están robando el coche o qué coño pasa? —grita, alarmado.

Ella le mira y se ríe, burlona.

—Qué tonto eres, jefe —responde y le enseña la pantalla.

Julio descubre el vídeo de un pájaro gris, fondón, con un aire ridículamente doméstico.

—Es un autillo —continúa la becaria—. Un ave del sur que viene todos los veranos a buscar hembra. El canto es su modo de cortejar.

Julio no sale de su asombro. Se rasca el cogote y mira el móvil del que sigue saliendo esa cantinela insoportable: «fiu, fiu, fiu.»

Entonces, recuerda el horror de la noche pasada, el martilleo constante, el golpe contra el sinfonier. Le sube fuego por el estómago. Aprieta los puños y maldice.

—¡Qué pájaro más hijo de puta!

Después de la cena, en el salón, se deja caer en el tresillo. Elena ve una serie, descalza, con los pies apoyados en la mesita. Si lo hiciera él, le caería una buena bronca, pero decide no pronunciarse. Entonces le viene a la cabeza el móvil de la becaria:

—¿Te acuerdas del ruidito de anoche? —le dice a su mujer.

Elena se muerde las uñas sin despegar los ojos de la televisión.

—¿Qué?

—Sí, hombre, el pitido de las narices. Pues resulta que no era una alarma. Es un pájaro buscando hembra, ¿cómo te quedas?

Su mujer ni responde.

—Fiu, fiu, fiu —insiste Julio, imitando al autillo.

Elena frunce el ceño y se vuelve hacia él.

—Julio, hijo, haces unas cosas rarísimas.

Tres de la mañana. De nuevo, el viento bochornoso en las cortinas. Una gota de sudor le corre por la frente. Julio no consigue dormir, su mujer ronca en bragas y camiseta, de espaldas. Entonces, lo oye. Claro. Nítido. Fuerte. «Fiu, fiu, fiu…».

—Otra vez, no —protesta Julio, revolviéndose.

Se tapa las orejas, pero el pitido le taladra la sien. Entonces, recuerda que tiene unos tapones para la piscina en el cuarto de tender la ropa. Se levanta a por ellos. Cuando vuelve a la cama se golpea con la puerta. Elena suelta un bufido.

—¡Julio, hijo mío, para ya!

Un golpe en la pared. Es la niña, en la habitación de al lado.

—¡Dejadme dormir, jolines!

A pesar de los tapones, el ruido persiste. Quiere arrancarse los tímpanos, pide a Dios una lobotomía. Huye al salón dando tumbos, se da cabezazos contra el sofá. Pero el pájaro sigue ahí: mecánico, lascivo, repitiendo dentro de su cráneo la maldita cantinela: «fiu, fiu, fiu…».

Abre los ojos. Un toquecito suave en el antebrazo.

—Julio… ¿Julio?

La luz que le deslumbra no es la lámpara de su habitación, es un rayo del atardecer. La mujer que habla no es Elena, es la becaria.

—¿Todo bien? —pregunta ella, mientras le ayuda a incorporarse.

Julio levanta la cabeza, aún enterrada entre los brazos. Enfoca las caras. Está sentado en una mesa redonda, con los socios de la firma, alrededor. Entre ellos, su jefe sonríe con dientes de vampiro, junta los dedos y se recuesta en la silla antes de hablar:

—Juliete, majo, sigue a lo tuyo. Luego te hacemos un briefing.

Una carcajada colectiva estalla en la sala como una bomba.

Esa noche toma dos pastillas azules antes de acostarse. Duerme plácidamente. Pero en la hora bruja, el canto del pájaro se cuela de rondón en sus sueños «fiu, fiu, fiu…». Julio se levanta, aturdido. Se pone las chanclas. Sale del piso, baja la escalera. Sale al jardín de la urbanización. Busca en las farolas, entre los árboles del paseo. Pero nada. Solo el canto de las chicharras, el calor asfixiante.

De pronto, alguien tose a su lado. Se gira y descubre al loco del quinto, en bata de casa y pantuflas, sentado en un banco. Julio carraspea.

—¿A usted también le molesta ese maldito pájaro?

Pero el hombre le ignora y continúa con la mirada perdida, acariciando el lomo de su biblia forrada con fotos de revistas del corazón.

Julio entra en el portal y sube la escalera, rendido. Al entrar en casa, vuelve el canto burlesco «fiu, fiu, fiu».

La siguiente madrugada, el ventilador gira silencioso. Julio reza para que el autillo le dé, al menos, una noche de tregua. Y lo hace. Pero tampoco consigue dormir. Por primera vez, Julio, agotado, piensa en la desesperación del pájaro. En el esfuerzo absurdo de piar noche tras noche por una hembra que nunca llega. Entonces, se gira. Elena, en ropa interior, duerme de espaldas. Julio se arrima despacio, busca su calor, el contacto de la piel. No recuerda cuánto tiempo lleva sin hacerlo. Le acaricia las nalgas. A continuación, introduce dos dedos por debajo de las braguitas. Sin mediar palabra, recibe un codazo en el esternón, que le deja sin aire. Se separa, dolorido. La mujer medio dormida masculla:

—Julio, hijo, tú estás gilipollas.

Traga saliva y se da la vuelta. Entonces, regresa la cantinela «fiu, fiu, fiu…».

La semana siguiente (o semanas, porque el tiempo empieza a escurrirse entre los dedos) es peor que una pesadilla. Una sucesión de días y noches encadenadas. Un tiempo resbaladizo, por el que arrastra ausencias al trabajo, migrañas, unas ojeras de color morado que no paran de crecer. Cuando por fin llega el viernes, se despierta otra vez encima de su escritorio. La voz de la becaria ya no suena tan dulce.

—Es el jefe —dice ella, despreocupada—, creo que quiere hablar contigo.

Una hora más tarde llega al rellano de casa con una caja de cartón. Cuando mete la llave en la cerradura, alguien se adelanta y abre desde dentro. Es Elena, con dos maletas, seguida por la niña y el crío.

—¿Qué coño es esto, a dónde vas? —pregunta Julio, angustiado.

La mujer suspira y le invita a apartarse.

—De momento, a un lugar donde no haya pájaros.

—No me jodas, Elena, si a ti no te molesta…

—Precisamente. El que me molesta eres tú.

Julio no reacciona. Ella se limpia una lágrima con el dorso de la mano. Luego continúa su camino empujando el troley y le atropella al salir. El niño le da una palmadita en el hombro. Su hija se despide con un beso y le regala un dibujo. Es un árbol con un pájaro enorme abriendo el pico como una hiena. Mientras ve alejarse a su familia por el descansillo, Julio no puede quitarse de la cabeza el odiado canto «fiu, fiu, fiu».

Al día siguiente, Julio se levanta tarde. Se tira la mañana en gayumbos, bebiendo cerveza. Incendia el blog del barrio con posts sobre el pájaro, llamando a la acción colectiva. Nadie responde.

Después de comer, se le acaban las latas. Se pone un albornoz y baja al chino. En el ascensor lee un cartel que anuncia (cómo ha podido olvidarlo) la celebración de la junta de propietarios.

Una puerta se abre en el local multiusos de la comunidad. Allí aparece Julio, en calzoncillos, sudando por las axilas. Levanta las manos y grita, ante la masa desconcertada:

—Por Dios y la Virgen, acabemos con ese maldito pájaro.

La gente se mira, en silencio, sin saber qué decir. Una señora se acerca al marido y susurra: «otro chiflado en la urbanización».

Julio sube a casa desmoralizado. Se tira en el sofá, pegajoso, y encienda la tele. Echan Memorias de África, la película preferida de su mujer. Se le escapa una lágrimilla. Ríe. Se pasa la mano por la cara, quitándose el sudor. Entonces, al ver la escena del safari, lo recuerda: ¡Joder, pero si tiene una escopeta de perdigones en el trastero! Vuelve a reírse como un idiota. Esa noche, saldrá de cacería.

Dos de la mañana. Julio sale de casa vestido con bermudas del Coronel Tapioca y una camiseta de camuflaje. En la mochila lleva un puñal de monte con brújula y la escopeta de balines.

Al salir del portal ve al loco del quinto, sentado en el banco, con la mirada perdida, ajeno al pitido martirizante. Julio se acerca y le enseña, orgulloso, el cañón que sobresale de la mochila.

—Tranquilo, amigo mío, vamos a dar por el culo a ese bastardo.

El loco no responde. Agarra su biblia manoseada y susurra una oración irreconocible, cerrando los ojos.

Julio echa la escopeta al hombro y avanza hacia la salida de la urbanización. Identifica el canto que llega desde la arboleda de enfrente. Cada vez más rotundo, más intenso. Insoportable. «Fiu, fiu, fiu.»

Al salir, cruza a la chopera de enfrente. Ahora está seguro. El animal se encuentra sobre él, en la copa de un enorme álamo, frondoso como una selva. Carga el rifle. Apunta hacia arriba. Pone el ojo en la mira telescópica. No ve nada, pero lo oye. El piar es claro y nítido.

Baja el arma y resopla. Aprieta el puño «¡el lo ha querido!». Será una lucha cuerpo a cuerpo. Apoya la escopeta en el tronco del árbol, se quita la mochila y se mete el puñal entre los dientes. Se aferra a la corteza y trepa con esfuerzo. Cuando llega a la primera rama, está exhausto. Se sienta a tomar aire. El canto mecánico y repetitivo continúa «fiu, fiu, fiu». Julio vislumbra la ventana de su habitación al otro lado de la calle. Recuerda que nadie le espera. Luego, sigue subiendo. El pitido suena más claro. La vegetación cada vez es más espesa. Julio aparta una rama, ve las azoteas de los edificios, los parques, algo parecido a una alborada. Pero ni rastro del autillo. De pronto, el viento le trae un olor a pan caliente. Las hojas se mecen alrededor. Entonces, le entra una risa estúpida. Se le ocurre que por fin ha encontrado el modo de responder a la provocación del pájaro. Volverá cada noche, a la misma hora, a esa rama, y cantará «fiu, fiu, fiu».

Así que, decidido, toma aire, gorjea como si él mismo fuera un autillo. Después de hacerlo, algo raro sucede: su pecho se ensancha de felicidad. Suelta una risotada. Y decide hacerlo de nuevo: «fiu, fiu, fiu.»

Entonces, ¡Bam!

Un estruendo, un cañón. Un trueno que rompe la noche.

Se queda sin aire. Un dolor intenso se concentra en su estómago. Luego, se desborda. Julio palpa la sangre en la camiseta. Trata de agarrarse a la rama, pero le fallan las fuerzas. Inerte, se desploma casi diez metros hasta estamparse contra el suelo. El golpe es brutal.

Apenas logra abrir un ojo. Mira hacia arriba. Descubre al loco del quinto. En lugar de la biblia, sostiene la escopeta que él mismo dejó apoyada en el árbol. El cañón echa humo. El loco le observa de pie, con la mirada esquiva. Al fin, da un golpe seco al cargador y sentencia:

—Ya está bien, hijo de puta. Déjanos dormir de una vez.

Luego, tira el rifle y se va.

Julio estira la mano, quiere alcanzarle, pero no lo consigue. No acierta a decir nada. En el fondo, le da igual.

Boca arriba, distingue las primeras luces del alba. El aullido de una sirena rasga el horizonte. El viento cálido del sur mece su rostro, como la caricia de una hembra; hasta que, sin previo aviso, la brisa se vuelve fría. El dolor helado en sus alas rotas aparece como un presentimiento, el anuncio de la llegada del otoño. Julio entonces lo comprende: ese año ya no podrá emigrar. Al fin, reúne el poco aire que le queda y entona su canto por última vez.

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