
Voy tarde a trabajar, tarde y cabreado. He tenido que interrumpir mis vacaciones para sustituir a Martínez por una baja imprevista. Anoche salí de farra por la capital hasta las mil y hoy estoy hecho polvo. Aún medio dormido, con la esperanza de que sea un día tranquilo, me subo al coche. Solo pienso en que llego tarde y, por mucha prisa que me dé, no voy a conseguir librarme de la bronca de mi jefe.
Antes de entrar al primer pueblo, encuentro una vacada en la calzada. No hay ningún pastor a la vista y tengo que detenerme. Me llega un olor a estiércol que me produce una náusea. Toco el claxon con rabia, pero estos bichos no entienden de prisas. ¡Cuánto odio estos pueblos! Calles estrechas, malos olores, silencio aplastante. Y aburrimiento. Debería estar prohibido mandar a este destierro a una persona como yo.
Espero a que acaben de pasar las vacas y salgo disparado. Logro alcanzar la aldea y avanzar hasta la zona de curvas que hay pasadas las últimas casas. Tras una de ellas, de repente, sin tener tiempo de reaccionar, noto un golpe en la parte delantera del coche y algo que sale disparado.
Me bajo. Es una persona. Un viejo desconocido para mí. Desde el suelo, me mira en silencio y yo a él. Sopeso rápidamente las posibilidades. Tendría que llevar al herido al hospital, pero sé que van a dar parte y mi puesto de guardia civil no me salva del control de alcohol y drogas. Si me pillan, estoy jodido.
Me viene a la mente la advertencia del cabo Romerales cuando me sorprendió guardándome la coca que le habíamos quitado a un tipo en una discoteca: «Una tontería o desacato más y te arrepentirás». Ahora sí que estoy en la mierda.
Los ojos grises del viejo siguen fijos en mí, silenciosos, acusadores. ¡Joder! No logro entender por qué todo esto tiene que pasarme a mí. Es muy viejo. Va a morir de todos modos. Me marcho.
***
Nunca supimos cuál era el verdadero nombre del Sordo. Lo recuerdo en los últimos años de su vida, cuando salía cada día a pasear por la carretera, única calle asfaltada, apoyándose en su bastón de cerezo. Fuera invierno o verano, siempre iba con su chaqueta de lana gris abotonada y la gorra bien calada.
Era una persona más bien solitaria, y a los niños nos resultaba algo misteriosa. Cuando nos lo cruzábamos, se nos quedaba mirando sin saludar ni decir nada. No creo que fuera alguien huraño, porque en el pueblo era muy querido. Con el tiempo he comprendido que la sordera le dificultaba mucho la comunicación.
Por las tardes era frecuente encontrarlo sentado debajo del enorme olmo de la plaza, silencioso, con la mirada perdida en el horizonte. Me llamaban la atención sus ojos, de color azul grisáceo, profundos, sumergidos entre los pliegues de un rostro muy arrugado. Me parecía bastante anciano, pero no sé cuántos años tendría, porque, cuando se es niña, se tiene otra perspectiva de la edad.
Yo había empezado a tener cierto afecto por él desde que un día fui con mi madre a su casa a llevarle unas cerezas del huerto y él, agradecido, me preparó un bocadillo de aguamiel con pan tierno. Lo comí con mucho gusto y, aún hoy, recuerdo el dulzor de la miel mezclándose con el pan recién cocido en el horno del pueblo.
Una mañana de verano me despertó el alboroto de las vecinas: «¡Han matado al Sordo!». Salté de la cama y bajé para ver qué pasaba. No podía creer que alguien pudiera querer hacer daño a ese hombre tranquilo, que no despertaba ningún odio.
María estaba muy alterada. Al ir a regar la huerta, lo había encontrado tendido sobre el asfalto, boca arriba, sobre un charco de sangre. La gorra y el bastón habían salido despedidos.
—Aún estaba caliente, aunque ya muerto y con los ojos abiertos todavía. ¡Pobre hombre! —decía, llorando desconsolada.
¿Cómo podía alguien hacer eso? Dejar a un hombre, que podía ser mi abuelo, tirado en la carretera sin posibilidad de pedir auxilio me parecía inconcebible. Salí de casa corriendo, sin que nadie se percatara, por la confusión que había provocado la noticia. Necesitaba enterarme de todo.
Cuando llegué al lugar, ya se había concentrado mucha gente, pero no me costó trabajo hacerme espacio entre ellos. Nadie parecía verme, así que pude acercarme hasta la primera línea sin impedimentos. A un lado de la carretera, en el breve arcén, yacía el Sordo. Me llegó un intenso olor metálico, que en ese momento aún no sabía que era por el charco de sangre.
No puedo negar que lo que observé me impactó. Jamás me había encontrado ante un cadáver, aunque entonces no era raro que a los niños nos llevaran a los velatorios en las casas. A pesar de la impresión, no podía retirarme porque el escenario me atrapaba. Me urgía comprender, ayudar en algo si era posible. Había leído tantas historias de Los Cinco que me parecía que este era un misterio más que resolver, aunque un misterio amargo por lo que me tocaba.
Enseguida llegó un coche de la Guardia Civil, del que bajaron dos agentes. El jefe abroncó al otro con dureza, sin importarle que lo presenciaran los vecinos.
—Torres, ¡me tienes hasta los cojones! Si no estuviera escaso de personal, te mandaba arrestar. Haz el favor de acotar la zona del siniestro, como te he ordenado. Toma fotos del cadáver. ¡Y asegúrate de que no se modifique nada ni se destruya ninguna prueba!
El guardia más joven, visiblemente alterado, se colocó entre el cadáver y los vecinos y, con muy malos modos, empezó a gritarles para que abandonaran la zona. A mí parecía no verme. Acordonó el área con una cinta roja y blanca que prohibía el paso. De mala gana, iba a empezar a sacar fotos, cuando observó algo que lo perturbó. Se acercó más al cuerpo y deslizó su pie sobre la arenilla, algo húmeda, del arcén. Quería alisarla, pero ¿no le había dicho su jefe que no tocara nada? Así estaba cubriendo posibles huellas. Huellas, ¿de qué pies?
Ese agente era un incompetente. No me extrañaba que su jefe estuviera descontento con él. Seguí estudiando sus movimientos. Miró a los ojos abiertos del Sordo, en los que yo ya había reparado, aunque no fue hasta ese mismo momento cuando creí reconocer en las pupilas lo que parecía la forma borrosa de una cara. No sé si Torres habría apreciado lo mismo o qué fue lo que provocó que se pusiera aún más nervioso, hasta el punto de que le temblaran las manos. Cuando las movió hacia el pantalón temí que sacara su arma, pero en lugar de eso, extendió unos guantes de vinilo que llevaba en los bolsillos y se los puso. Cerró los párpados del difunto y se alejó arrastrando los pies.
Me acordé de una historia que le había oído contar a la tía Carmen. Según ella, al morir se guarda en la pupila la última visión. Cuando la escuché por primera vez, me llenó de asombro y me produjo cierta inquietud. Le di muchas vueltas durante días y noches, aunque no me atreví a pedir más detalles a ningún adulto. Pasó el tiempo y había llegado a considerarla una más de las fantasías de mi tía, así que la olvidé. Pero, al ver el comportamiento del agente, me pregunté si él también conocía esa teoría.
La cabeza me bullía con un montón de ideas. Nada se desarrollaba como sería esperable en una situación así. Todo parecía estar fuera de lugar, desde las voces del jefe, las huellas borradas, los gritos de Torres, su nerviosismo… Estaba pensando en todo esto, con la mente a cien por hora, cuando Torres debió de verme por primera vez. Empezó a darme voces. Me preguntaba, muy alterado, con muchos tacos que me producía pudor oír, qué hacía una niña en el escenario del accidente. Me amenazó con arrestarme si no me iba a casa de inmediato.
Me poseyó una extraña valentía que hizo que no me moviera ni un centímetro. Acababa de comprender y sentí la responsabilidad de aclarar lo ocurrido. Con todas mis fuerzas, en el preciso instante en que se aproximaba el cabo Romerales, grité a su subordinado:
—¡Has sido tú!
Todos se volvieron hacia mí y se hizo un silencio muy elocuente. Antes de que nadie pudiera reaccionar, para que no me metiera en líos, mi madre, que no sé en qué momento había llegado, se precipitó donde yo estaba, me agarró de la mano y me sacó de allí.
A Torres no lo volvimos a ver más por el pueblo. No sé si lo cambiaron de destino o lo echaron del cuerpo. A la cárcel, que yo sepa, no fue. Mi madre, muchos años después, aún se quejaba de lo poco que importa la muerte de las personas pobres y cómo sus asesinatos quedan con frecuencia impunes.
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