Balanceándome en la mecedora de la entrada, con mi perro Arruza en brazos,
esperaba la llamada de mi madre para la prueba del vestido de la Primera Comunión.
Cogí una hoja del almanaque que había comprado mi padre. Me encantaba
mirarla pues allí podías encontrar cualquier cosa de la fecha en que estabas.
También podías descubrir la duración del día y la noche, la hora a la que
salía el Sol y se ponía, las fases de la Luna, el signo del zodiaco y los santos que se
celebraban. Empecé a leer. Ese día era San Marcos de León. Me explicó mi abuelo que
se piensa en él y se le reza cuando tienes miedo y quieres protegerte de tus
enemigos, que utilizaba el símbolo del león para demostrar que cuando él
rugía los miedos se iban corriendo. En ese momento quise que fuera mi santo favorito.
Pensé en rezarle y así ya no tendría miedo a la oscuridad ni a dormir sola.
Los minutos se me hacían eternos pensando que en los retoques del vestido
me podía pinchar. Sentí que mi cuerpo no se podía mover, lo mismo que me había
pasado la noche anterior cuando soñé que los chinos venían de lejos a buscarme
para llevarme con ellos.
De pronto oí la voz de mi madre:
-Sabina, espérame en el cuarto de coser, vamos a ver cómo queda el vestido.
Colgué en la manilla de la puerta del vestíbulo un letrero de “No molestar”,
así si alguien entraba caería al suelo, Arruza oiría el ruido y saldría corriendo.
Entré en el pasillo. Me apoyé en el tabique. Veía sombras chinescas por todas partes y
con las manos clavadas en la pared, contaba hasta cinco pasos muy lentos, ojeaba por
todas partes, volvía a contar cinco pasos más y así hasta llegar a la puerta del cuarto de
costura.
-Si estuviera el papá -decía hablando sola- no tendría miedo de que vinieran los
chinos a buscarme a mí o a mi familia, pero se ha ido a trabajar y no sé a que hora
volverá.
Mi comportamiento debe ser normal para no preocupar a nadie y además me
dirán que mis miedos son infundados y que aún soy pequeña, que me asusta la
oscuridad, los ruidos desconocidos, los monstruos y muchas cosas más. Pues si
vienen los chinos les sonreiré para que vean que soy su amiga y no les tengo
miedo y si sigo con mis temores me inventaré un amigo imaginario que les pinche con
agujas y les haga dar saltos incómodos y los que tendrán miedo serán ellos. Si vienen,
Arruza nos avisará y como estaremos toda la familia junta, formando una piña
inseparable, podremos con ellos. Por el camino pueden encontrar a mi
papá que está trabajando y llevárselo con ellos al infierno. Si son malos puede
que sean los demonios que nos explica el señor cura en la catequesis, que torturan a
las almas y mantienen el fuego encendido del infierno. Pero debo estar tranquila
porque temen a Jesús y mi papá lleva una cruz con una cadena en el cuello.
Golpeé la puerta suavemente, nadie contestó. La abrí y la estancia estaba
oscura. Aterrorizada, me preparé para defenderme por si había alguien. Encendí
la luz y empecé a observar el armario ropero situado a mi izquierda, donde
mi madre guardaba las prendas que estaba confeccionando. Corrí la cortina y miré en
su interior. Sólo vi perchas y alguna ropa colgada. Cerca del suelo había una estantería
con trozos de telas para la elaboración de prendas y era allí donde me escondía
con los tejidos almacenados. Al lado del armario había una mesa camilla redonda,
cubierta por unas faldas granate y adornada en la parte superior con un mantelillo de
ganchillo. Levanté las enaguas de la mesa y encontré un solitario y frío brasero que
antiguamente mi madre utilizaba para calentar la estancia, poniendo brasas como las
del infierno. ¿Y si por allí salían los chinos que venían de lugares remotos del subsuelo
como los demonios?
A la derecha estaba la mesa de cortar con patrones, los utensilios de costura,
tijeras, escuadra, la tiza de marcar, todo muy ordenado. El revistero estaba lleno de
revistas de moda, la máquina de coser, la mesa de planchar con la plancha y repisas
con cajas de hilos, botones, cremalleras y en el centro de las cajas, como presidiendo,
estaba el alfiletero con los alfileres clavados preparados para ser utilizados; los miré
de reojo y pensé que las agujas se clavaban una a una ¡Qué tortura!
Mi suplicio se terminó al girar un poco la vista y ver en una percha de pie, muy
bien colgado mi vestido con el cuerpo de seda y la falda de tul.
Como mi madre estaba a punto de llegar, me senté en una silla y a esperar. Los
pies me colgaban y no podían dejar de moverse. Los apoyé en la barra y estuve quieta
hasta que ella llegó.
-Quítate el vestido que te voy a probar- dijo.
Puso la mesa camilla en el centro y al lado la silla para que pudiera subir con
facilidad.
Todo mi cuerpo se relajó al entrar ella. No estaba sola y la tranquilidad volvió a mí.
-Deja los zapatos en el suelo y arriba- dijo dando una palmadita en la mesa-. Sube.
Hice caso a la primera. De repente la puerta se abrió y entró mi hermana como
un huracán de rápido pues no quería perderse la prueba. Del susto Arruza se escondió
en el armario ropero y allí estaba yo con el vestido puesto y sin parar de moverme. El
perro empezó a ladrar con mucha insistencia.
-¡Los chinos!-exclamé. Pero estábamos las tres, mejor los cuatro, pues el perro
era un buen guardián.
Mi madre me dejó sola encima de la mesa y empezó a buscar al perro. Al correr
la cortina del armario lo encontró enredado con las telas, dando saltos sin podérselas
quitar y cuando estuvo liberado nos pusimos las tres a reír.
-Quietecita cariño, la prueba de hoy es muy importante, la orilla debe quedar
redonda y sin puntas y si te mueves no lo conseguiremos.
-¿No me pincharás verdad, mamá?
-¡Qué tonterías dices!
-Hay muchas agujas en el cojín, ¿las pondrás todas en el vestido? Me puedo
pinchar. La bella durmiente se pinchó y cayó en un sueño profundo.
-Yo nunca te haría daño. Deja descansar la imaginación, si no estás quieta sí que
te puedo pinchar.
Cuando mi hermana salió y estuvimos solas le pregunté:
-Mamá, ¿yo soy china?
– Ya volvemos con tus fantasías. Vamos a ver Sabina, ¿tienes el pelo negro y liso?
-SÍ.
– ¿La cara redonda?
-Sí.
– ¿La nariz chata?
-Sí.
– ¿La piel blanquecina?
-No.
– ¿Los ojos pequeños y rasgados?
-No.
-Pues quítate esa idea de la cabeza. No cumples los requisitos.
-Entonces, ¿por qué los chinos vienen a buscarme?
– ¡Qué disparates!
– Por las noches sueño que vienen a por mí. Se oye una explosión y salen de las
llamas.
– ¡Vaya imaginación! A ver cuéntame tu sueño.
– Yo estoy durmiendo y me despierta un estallido con el paso de muchos
caballos muy bien arreglados con gualdrapas.
-Crees que te despiertas pero estás dormida como un tronco. ¿De dónde has
sacado la palabra gualdrapa?
-La han explicado en el colegio.
-¿En el colegio estáis estudiando China?
-Sí.
-Sigue con tu historia.
-Los jinetes que van montados llevan túnicas de cuero con pinchos de metal,
el cuerpo cubierto con una armadura, cascos en la cabeza llenos de agujas puntiagudas
hachas y lanzas. También los hay con arcos y flechas y por si faltaba algo más, otros
arrastran carros con tanques, porque mamá, los chinos inventaron la
pólvora. Cuando veo que son ellos me voy sin hacer ruido al rincón del armario.
-Son muy presumidos estos soldados chinos, van bien vestidos y protegidos. Les
diremos que nos hagan un desfile.
-No te burles de mí. En el último sueño el papá ha hablado con ellos y
le han preguntado si en esta casa vive una niña que nació el día 9 del mes 5 del
año 55. Y esa soy yo. ¿Dónde me quieren llevar? ¿A un lugar de ultratumba?
¿A tierras lejanas?
– ¿El papá estaba preocupado?
– No, estaba feliz. Me buscaban para que fuera su princesa.
– Su princesa no, nuestra princesa. Abre esta caja.
-¡Oh! Una diadema. ¡Qué bonita! ¿Es para mí? Pues si soy vuestra princesa ya no
tendré miedo de que me lleven lejos muy lejos y vosotros vendréis conmigo.
-Con los papás siempre estarás protegida, no debes tener miedo.
– ¿Puedo jugar a ser una princesa china? ¿Podemos confeccionar un vestido
chino? ¿Una de mis muñecas puede ser china?
-Vale, coseremos un vestido chino y los Reyes Magos traerán una muñeca china,
pero ahora volvamos a la realidad, nos saldrá la orilla torcida.
-Voy a estar muy quieta.
– Pues ahora no puedes hacer de estatua. Da una vuelta poco a poco, lo más
lento que puedas para ir mirando la orilla, poner agujas y después poder hilvanar y
coser.
Silencio y a lo que estamos.
-Vale.
Se abrió la puerta y…
-¡Sorpresa!
-¡Papá!
Aquí estoy para no perderme nada y colaborar en la preparación del gran día.
-Papá, ¿Qué es ese paquete que llevas escondido?
– Una sorpresa que te gustará. Ábrelo. Me lo ha dado una clienta para ti como
regalo de Primera Comunión.
-¡El libro de las maravillas de Marco Polo! ¡Me encanta! Lo leeré muchísimas
veces, pues Marco Polo, nos ha explicado la maestra, no encontró monstruos
ni demonios en la China. Encontró paisajes increíbles, personas que comercializaban
sedas y especias.
-Ábrelo y veremos esas cosas tan fantásticas.
-Mira este palacio ¡Es precioso! Y el mercado donde venden todos los
productos que la profesora nos ha explicado.
-Observa que en la calle hay niños y niñas como tú jugando muy tranquilos y
otros que van paseando con sus padres contentos y felices.
-Te quiero papá.
El libro del taller
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