EL BANQUETE DE LOS CIEGOS

EL BANQUETE DE LOS CIEGOS

PEDRO BAENA

05/07/2026

EL BANQUETE DE LOS CIEGOS

Así que eran ciertos los rumores que corrían por la comarca. El conde de Provenza había vuelto de Tierra Santa, después de cinco años de ausencia. Una ausencia que había estado marcada por la paz, después de tantos conflictos con los pequeños señores feudales que, como el mismo, se habían visto obligados a alzarse en armas, debido a la presión que el conde ejercía para cobrar cada vez más impuestos.

Renault recordaba bien cómo había sido todo. Tras alzarse en armas los nobles de la comarca, el padre del conde se había quedado repentinamente ciego; esto le exasperó, pues estaba convencido de que había sido uno de ellos, uno de los cuatro, quien había hecho que aquello sucediera. Sin embargo, antes de que pudiera atacar a ninguno, el obispo de Arles fue a visitarle a su castillo, y, al parecer, le convenció de que las armas no eran una solución. Sin ninguna duda, ayudó a ello el asedio de su castillo; partió a regañadientes hacia Tierra Santa, y los nobles respiraron aliviados.

Ahora, cinco años después, el conde le enviaba una misiva. Quería volver a entablar relaciones con la nobleza de la comarca, dejando atrás viejas rencillas. Por ello, le invitaba, junto con otros comensales, a un banquete en su castillo el cinco de enero, víspera de la festividad de la epifanía del Señor y fiesta grande en toda la cristiandad.

Recibió la invitación con prevención y escepticismo. Despachó al mensajero diciéndole que aceptaba, aunque lo cierto es que no terminaba de fiarse. Las relaciones con el conde siempre habían sido complicadas.

Tal vez el tiempo y las penurias de las Cruzadas le han reblandecido. Eso pensó. Mandó mensajes a los que imaginaba estarían también invitados: Claude Martín, Charles Armagnac, Philippe Gaultier y André Lafayette. Les preguntó su opinión. Todos irían, pero con la mano en la espada, por si acaso. Y llevarían las correspondientes viandas.

Renault llevaría vino. Sus bodegas eran famosas en toda la comarca. Bajó una vez más a la bodega. Aquel lugar era el favorito de sus posesiones. Oscuro, fresco, húmedo. Un olor a tierra, mezclado con aquel aroma algo ácido del zumo de uva, le inundaba cada vez que bajaba a aquel lugar, llevándolo de vuelta a su infancia, a su padre, a su abuelo, a la primera vez que pisó la negra uva en el lagar. Aquella sensación en sus pies desnudos, impregnados de la viscosa pulpa de la uva, formaba parte de su mapa emocional. Escogió cinco damajuanas de una de las mejores añadas.

Al amanecer del cinco de enero se puso en camino, pensando en el banquete. Martín llevaría queso; Armagnac, foie; Gaultier, champagne, y Lafayette, chacinas traídas de Italia. Eran sólo detalles, pues el conde siempre había tenido fama de espléndido. Además, llevar demasiado supondría un insulto. Así pues, llevaba lo que consideraba lo justo para cumplir como un caballero.

Llegó el primero, a eso de media tarde, cuando el sol acababa de ponerse. El mismo conde salió a recibirle y nada más verle le abrazó efusivamente.

  • – ¡Jean Renault!¡Querido amigo, qué alegría veros! Gracias por aceptar mi invitación. Este es vuestro famoso vino, ¿no es así?
  • – Conde, es un honor. Si, así es. Es solo un presente, estoy seguro de que vuestra bodega está más que bien surtida.

El conde soltó una risotada.

  • – ¡Por supuesto, por supuesto! Pero venid por aquí, os indicarán donde podéis dejar las cosas y un lugar para reposar del viaje hasta la hora de la cena.

De detrás de una cortina asomó una joven de gran belleza. Quedó inmediatamente fascinado por aquellos ojos verdes, grandes, que le observaban con curiosidad.

  • ¿Quién es esta belleza, Conde? ¿No habrá venido con vos de Tierra Santa?
  • No, no. La conocéis, aunque ha crecido mucho. Está claro que no os acordáis de mi hija Claudia.

Renault hizo memoria, y a la mente le vino el recuerdo de una niña rubia, medrosa y escurridiza, a quien sólo en una ocasión había visto.

  • ¡Claudia, como habéis crecido! ¿Nos haréis el honor de acompañarnos en la cena?
  • Señor Renault, es un placer volver a veros. Seguís tan apuesto como os recordaba.

Le besó en la mejilla. Renault se estremeció de deseo al tacto de aquellos labios. Supo que debía contenerse. Tiempo habría para la conquista.

  • Entonces, ¿cenareis con nosotros?
  • No, yo me recogeré pronto. Disfrutad de la cena. Adiós, caballero. Adiós, padre.

Se dio la vuelta y se alejó rápidamente. Su espléndido cuerpo quedo impreso en las pupilas de Renault, mujeriego empedernido que había llenado la comarca de bastardos.

  • Ya veo que la belleza de mi hija os ha impresionado…
  • Disculpadme, conde. Si, en efecto. Espero no haber sido grosero. Si es así, aceptad mis disculpas.
  • No os preocupéis. Ahora os dejo, hay mucho que hacer.

Tras llamar a unos criados, el conde se excusó diciendo que tenía que organizarlo todo para que saliera a la perfección. Un criado le condujo a una estancia con una cama. Le avisaría cuando todo estuviera listo. Salió de la habitación; Renault pensó que no había notado un gran cambio en el conde. Algo más delgado, tal vez, pero el mismo de siempre. Una gran sonrisa, aparentemente franco, incluso campechano. Sin embargo, sabía que aquella actitud era simple cinismo. Era imposible saber lo que de verdad pensaba aquel hombre. Había que tener cuidado. No se podía bajar la guardia. Escondió dos puñales en sus botas. Sabía que no podría llevar las armas en la cena. Sería una ofensa. Pero no iba a ir desarmado del todo.

Al rato, la puerta se abrió. Claudia entró en la habitación de puntillas.

  • Señor Renault, estoy segura de que sabéis complacer a una dama. No sabéis lo que es la soledad de este castillo. Venid. Silencio.

Le atrajo hacia ella en silencio y comenzó a desnudarle al tiempo que el hacía lo mismo. La piel suave y blanca de la mujer inundó sus manos. Se abandonó al placer y luego se durmió. Cuando abrió los ojos, ella no estaba.

No supo cuánto tiempo transcurrió desde ese momento hasta que apareció de nuevo el criado para avisarle de que era la hora. Le siguió por el castillo hasta la gran sala de la chimenea. Mientras recorrían los pasillos oscuros, Renault se vio invadido por multitud de olores que presagiaban un gran festín. Al aroma del pan recién hecho se unía el de la carne a la brasa, a madera, un sinfín de matices, algunos dulces, otros salados, olores que Jean no lograba reconocer del todo y que invadían sus sentidos atropellando su olfato, provocando de forma involuntaria que su boca empezase a salivar.

Cuando llegó a la gran sala, ya estaban todos sentados, el conde, los cuatro nobles y el obispo de Arles. La presencia de este último fue una sorpresa para Jean. Sería la última persona que hubiera esperado ver allí, después de haber sido el instigador de aquella ida del conde a Tierra Santa de mala gana. Claro que siempre tuvo fama de tener buen apetito.

  • – ¡Qué sorpresa, su reverencia! Hacía muchos años…
  • – Efectivamente, Jean. He decidido aceptar la amable invitación del conde, aunque, lamentablemente, yo no puedo aportar los manjares que vos y vuestros compañeros habéis sido tan amables de ofrecer. Mis dones solo son espirituales.
  • – Los más importantes, reverencia.
  • – Qué duda cabe…

Se sentó a la mesa tras saludar al resto, el conde el primero. Las caras de los nobles mostraban desconfianza. El conde se levantó.

  • – Muchas gracias a todos por venir. Os agradezco vuestra presencia aquí más de lo que podéis pensar. Cinco años en tierras extrañas son mucho tiempo. He luchado mucho, he conocido costumbres y lenguas extrañas, y he echado mucho de menos mi país. Y a mi gente. Por eso he querido organizar este banquete, para superar cualquier resquemor que pueda haber entre nosotros. ¡Salud!
  • – ¡Salud!

Todos bebieron. A partir de ese momento, empezaron a surgir bandejas y bandejas llenas de comida. Quesos de todos los tamaños y todas las texturas desfilaron ante los ojos de los comensales junto con grandes rebanadas de pan recién tostado, que los comensales se apresuraban a untar de aquella pasta de olor nauseabundo, cuanto más fuerte más delicioso al paladar.

  • Decidme, señor Conde, ¿Qué habéis visto en Tierra Santa?
  • Aquella es una tierra maldita…en ella se vertió la sangre de nuestro señor y la maldijo para siempre…es imposible llevar la paz. Estoy seguro de que pasaran siglos y seguirá sufriendo guerras y más guerras.
  • El queso es excelente, Conde…allí no comeríais estas cosas.
  • No, desde luego que no. La comida no es la mayor habilidad de esos infieles.
  • ¿Y cuál es, si puede saberse?
  • Bueno… son grandes médicos, y conocen toda clase de remedios para distintos males. Como la ceguera, por ejemplo.

Los invitados se miraron de reojo entre sí. Alerta, parecían decir sus miradas sin que la expresión de su rostro les delatase.

Seguidamente vinieron las chacinas, jamón cocido, salchichón, salami, coppa, bressaola, mortadela, igualmente acompañadas de un pan que parecía infinito. Todo ello regado con abundante vino, que los criados se apresuraban a servir a los comensales que vaciaban su copa ante la atenta mirada del conde, quien miraba a sus invitados y sonreía, aparentemente complacido.

  • Conde, me rindo. ¡Jamás he probado algo tan delicioso!
  • Me alegro, Armagnac, amigo mío…¡bebed, bebed a la salud de la amistad reencontrada!

Renault bebió también. Empezaba a sentirse como un saco a punto de estallar. Había comido y bebido mucho. No veía con claridad. Pero no podía permitirse bajar la guardia.

Después trajeron el foie, grandes hígados de oca hechos rebanadas y tostados a la brasa, una delicia que se deshacía en la boca con un sabor dulce y grasiento.

  • Mmmmhhh..¡Qué delicia! Ni en la mesa del rey he comido así. Señor conde, vuestra cocina no tiene parangón.
  • Gracias, eminencia. Menos mal que la gula es el menor de los pecados, ¿no os parece?

El obispo rió de forma atronadora mientras devoraba otra pieza de foie. Tras aquello, el conde anunció el plato fuerte de la velada. Hizo sonar las palmas, y los criados trajeron un buey entero asado, que fue abierto en canal por el mismo conde, y del cual salieron dos jabalíes, que a su vez fueron abiertos de la misma manera. En el interior de cada uno había dos capones. El olor de la carne asada inundaba toda la sala, y los comensales ya casi no podían más.

Renault prácticamente no veía. En principio lo atribuyo al vino, pero pronto se dio cuenta de que había algo más. Vagamente vislumbró entre las cortinas la figura de Claudia, que se asomaba a la gran sala. Se frotó los ojos. Nada. La sombra se cernía y su vista se nublaba sin remedio. En pocos segundos no hubo más que tinieblas.

Fue en ese momento cuando el conde se levantó y dijo:

  • – Ha llegado el momento. Voy a contaros algo. Cuando mi padre se quedó ciego, enseguida supe que había sido uno de vosotros. Sin embargo, me fue imposible averiguar quién. Iba a dar las órdenes para atacaros uno por uno, y entonces apareció el obispo y me dijo que el castillo estaba rodeado. Solo tenía una salida honrosa si quería conservar la vida y mis posesiones. La ida a Tierra Santa sólo retrasó mis planes de venganza. Allí, en Palestina, supe de una hierba que dejaba ciego a aquel que la bebía. Ese ha sido el instrumento de mi venganza. Ahora sabréis lo que se siente cuando uno es ciego. Ahora sabréis de la desesperación de mi padre.

La oscuridad cae definitivamente sobre el caballero Jean Renault. Sus ojos no ven. Unas manos intentan agarrarle. Son las de Claudia. Quiere sacar un cuchillo de la bota. Oye los gritos de dolor de los demás antes de ser apresado. Es lo último que siente antes de que alguien le raje la garganta.

Los cuatro tienen el mismo fin. El conde contempla los cuatro cadáveres mientras el obispo hace la señal de la cruz en la frente de los muertos. Apura con parsimonia la copa de la venganza mientras vuelve a ver a su padre, ciego, gritando su nombre por los oscuros salones del castillo.

FIN

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