Todo lo que no metimos en la mochila

Todo lo que no metimos en la mochila

Lala Jerez

06/07/2026

Nada hacía presagiar lo que iba a ocurrir aquella noche y que, inevitablemente, marcaría el resto de sus vidas. Ambas estaban tumbadas sobre la arena contemplando cómo la luna de agosto se reflejaba en las plácidas aguas del Mar Menor. Faltaba poco para la hora en que, por ser menores de edad, debían regresar a casa. Pero aquella noche era distinta a todas las que habían compartido durante el verano. Asún tenía que volver al día siguiente a Bilbao. Las vacaciones llegaban a su fin.

Asun tenía la piel blanca y pecosa, el pelo corto, negro y rizado, las cejas pobladas y los labios carnosos, con cierto aire a Elizabeth Taylor. Era la hija menor de un industrial vasco extorsionado por ETA. Inma era más alta y con una larga melena castaña. Había nacido en Cartagena y pertenecía a una conocida familia católica de clase media.

Se habían conocido aquel verano en una pandilla de jóvenes acomodados llegados de distintos puntos de España. Poco a poco, casi sin darse cuenta, ambas fueron alejándose del grupo. Cada día buscaban algún rincón apartado para refugiarse del sol, de la arena y del resto del mundo. Pasaban horas bañándose en el Mediterráneo o, durante las interminables siestas, recorrían La Manga a lomos de Piti, el ciclomotor amarillo de Asun, robando pequeños objetos en las tiendas que permanecían abiertas en las horas de más calor. Por las noches frecuentaban los pocos locales underground que existían. Tomaban anfetaminas y bebían cualquier cosa barata que les permitiera colocarse un poco.

Aquella noche la playa estaba desierta. Junto a las sombrillas de esparto del Hotel Cavanna solo estaban ellas. Hubo un largo silencio. Después, otro. Las dos permanecían con la vista perdida en el destello de la luna sobre el mar.

De pronto, Asun habló.

—¡Vámonos! ¡Escapémonos ahora mismo!

Inma se quedó inmóvil. Tragó saliva.

—No me lo digas dos veces…, que nos vamos.

Asun sonrió y repitió:

—¡Vámonos!

Se levantaron, se sacudieron la arena y comenzaron a correr hacia ninguna parte.

La improvisación las llevó a fugarse con lo puesto. Aquella noche hicieron autostop para salir de La Manga. Llegaron a Alicante y, tras varios intentos, a la mañana siguiente un camionero las dejó en Barcelona. Antes de seguir camino les regaló un melón y un billete de cien pesetas con la cara de Manuel de Falla.

Ya estaban en la Ciudad Condal. ¿Y ahora qué?

Lo primero que hicieron fue llamar a una amiga para que avisara a sus familias de que estaban bien, que se habían marchado por voluntad propia y que ya tendrían noticias suyas. Sin embargo, tardaron mucho en volver a saber de ellas. Tiempo después descubrieron que la Guardia Civil había interrogado con violencia a varios conocidos intentando averiguar su paradero, pero nadie pudo aportar más información tras aquella llamada.

Barcelona, septiembre de 1979. Con las cien pesetas pudieron comer algo, pero no tenían dónde dormir. Pasaron varias noches refugiándose en los portales de los edificios y, aunque todavía era verano, a las cinco de la madrugada el frío se les metía en los huesos. No les molestaba tanto la dureza del suelo como el aire helado del amanecer, que sólo cedía cuando los primeros rayos de sol conseguían devolverles algo de calor.

Al cuarto día caminaban por la parte alta de Barcelona sin rumbo concreto. Tenían una ciudad inmensa por descubrir y aquella mañana vieron a un chico con una mochila a la espalda, recién llegado de algún viaje. Le pidieron cobijo. Sus padres no regresarían hasta el día siguiente y terminó invitándolas a su casa.

La vivienda había permanecido cerrada durante todo el verano y no tenía comida. El hueso de un jamón y un bote de alubias bastaron para preparar algo caliente, su primera necesidad. Después llegó una ducha tras varios días sin sentir el agua recorrerles el cuerpo, la segunda necesidad. Por último, el chico les ofreció la habitación de sus padres. Un colchón. Sábanas limpias. La tercera necesidad.

Todavía era de día. Bajaron las persianas para fingir la noche y se tumbaron sobre la cama. La suavidad de las sábanas parecía un lujo olvidado. Permanecían inmóviles, pero sentían el cuerpo desbordado por una energía imposible de apaciguar. Pensaron que era el cansancio acumulado o la extrañeza de volver a dormir bajo techo después de tantos días en la calle. Ninguna conseguía conciliar el sueño. Entonces ocurrió algo parecido a lo sucedido en la playa, pero esta vez fue Inma quien habló primero:

—Me quema la piel. Estoy tan excitada que no puedo dormir.

—Yo tampoco… —respondió Asun.

No hizo falta decir nada más. Sus labios se encontraron. Aquel beso, largamente contenido, pareció responder de golpe a todas las preguntas que ninguna de las dos se había atrevido a formular durante aquel verano. Se abrazaron con la intensidad de quien, por fin, comprende aquello que llevaba demasiado tiempo sintiendo sin saber nombrarlo.

Se habían fugado sin entender qué estaba ocurriendo entre ellas. Sin haberse declarado nunca. Sin un solo gesto que pudiera interpretarse como una promesa de amor. Solo una fuerza más poderosa que la razón las había empujado a marcharse juntas. Y, por primera vez, ambas comprendieron por qué.

Al día siguiente tuvieron que abandonar aquel oasis que les había permitido amarse y descubrirse amadas. Volvieron a la realidad más dura. Pedían dinero a los transeúntes para poder comer o mendigaban un bocadillo en los bares. Por entonces la mendicidad apenas era visible. No hacía ni cuatro años que había muerto Franco y, durante la dictadura, se podía pasar hambre pero no mendigar. Aquello jugó a su favor. La gente solía darles unas monedas al ver dos chicas tan jóvenes postulando por la calle.

Así pasó una noche. Y otra. Y otra. Llegó un momento en que comprendieron que no podían seguir mucho más. Aquella locura tenía los días contados y tarde o temprano tendrían que regresar a casa. Pero entonces ocurrió algo casi milagroso. 

Pocos días antes de la fuga, un integrante de la pandilla del verano había ido a despedirse de Inma. Regresaba a Barcelona porque se le habían acabado las vacaciones. Antonio era algo mayor, llevaba gafas de culo de vaso, media melena y estaba algo rellenito. Conducía un coche imposible de olvidar: un Seat 124 Sport pintado en blanco y negro. No podía haber otro igual.

Cuando ya habían perdido toda esperanza, lo vieron aparcado en una calle de Barcelona. 

No daban crédito. Era como encontrar una aguja en un pajar. Le dejaron una nota bajo el limpiaparabrisas citándolo al día siguiente, en el mismo lugar. Era su última oportunidad. Pero ¿sería realmente él? ¿Acudiría a la llamada de auxilio? Las siguientes veinticuatro horas fueron eternas. Y, cuando llegó el momento, allí estaba: sentado sobre el capó de su coche.

La casa que les consiguió estaba en el barrio obrero de Gràcia. Era un cuarto piso sin ascensor. Les daba tanto miedo subir aquella escalera estrecha y oscura como entrar en la vivienda, un cuchitril húmedo y descuidado cuyo propietario apenas volvieron a ver después del primer día.

El hombre dormía en una habitación separada del resto de la casa por una simple cortina. Cada vez que ellas hacían el amor, la tela se movía ligeramente. Nunca se atrevieron a descorrerla para comprobar si él estaba realmente al otro lado.

Dormían en el suelo, pero dormían bajo un techo. Y ese era el precio que tenían que pagar por conservar aquel refugio miserable y así lo aceptaron. Vivían los días y las noches entre Las Ramblas y el Paral·lel. Era al caer la tarde, cuando se encendían las farolas, cuando aquella Barcelona que despertaba de la dictadura mostraba un mundo desconocido para la mayoría de gente normal.

Rara era la noche en la que no aparecían las lecheras y, porra en mano, los maderos irrumpían para organizar una redada. En aquella parte baja de la ciudad se concentraban los cabarets, los teatros de variedades, las prostitutas, los gitanos, los borrachos, los yonquis y toda clase de personajes que parecían vivir al margen de cualquier norma. Y, en medio de todo aquello, dos adolescentes que también corrían o se escondían cada vez que la policía irrumpía por las calles.

Durante el tiempo que permanecieron en Barcelona vivieron situaciones muy complicadas. El amor que sentían la una por la otra no las libraba, ni mucho menos, de ser dos adolescentes inconscientes, sin recursos y sin nadie que velara por ellas. Les gustaba la noche, el riesgo y las drogas. Además, no ocultaban su relación. Caminaban cogidas de la mano y se besaban sin importarles quién pudiera verlas. Solo corrían cuando la explosión parecía inminente.

Vivieron infinidad de situaciones peligrosas y, sin embargo, siempre ocurría algo que terminaba protegiéndolas, siempre. Nunca pasó nada más allá de un gran susto. Incluso cuando la policía entraba en los locales pidiendo la documentación, ellas, dos menores fugadas y en paradero desconocido, parecían invisibles. Como si el mundo entero mirara hacia otro lado. Así transcurrió cerca de mes y medio.

Pero poco a poco empezaron a cansarse de pedir dinero para comer y de dormir en el suelo de aquella casa. Apenas faltaban dos meses para que Inma cumpliera los dieciocho años y comenzaron a hacer planes. Cuando ella alcanzase la mayoría de edad vivirían juntas en Bilbao. Tendrían una casa, una cama, una ducha. Inma trabajaría allí. Solo tenían que separarse durante un corto espacio de tiempo, el justo para reorganizar sus vidas y volver a reunirse. Estaban tan convencidas de que aquel era el camino correcto que cometieron un error: llamaron a sus casas por primera vez desde la huida.

Al día siguiente, dos amigos del padre de Asun las recogieron con la excusa de invitarlas a comer en un restaurante del Tibidabo con vistas a la ciudad. Y, casi sin darse cuenta, en unas horas, Inma embarcaba en un avión con destino al aeropuerto de San Javier, mientras Asun volaba hacia Sondika, en Bilbao. Fue la primera vez que ambas subieron a un avión.

Volvieron a casa con mucho más de lo que llevaban cuando se marcharon. Ambas familias estaban convencidas de que sus hijas habían caído en manos de una red de trata de blancas y, supongo que, en el fondo, también se reprochaban mutuamente lo sucedido. Removieron cielo y tierra para encontrarlas, repartiendo fotografías en blanco y negro por todas partes. Estuvieron muy cerca de dar con ellas; de hecho, llegaron a contactar con Antonio, el catalán, pero este negó saber nada. Las primeras horas del reencuentro estuvieron llenas de abrazos y alivio. Los reproches llegaron después.

Ambas hablaban por teléfono todas las noches. Se echaban de menos y seguían amándose a través de la voz. Aquellas conversaciones las mantenía vivas y les recordaba que aquella dolorosa separación tenía un sentido y, sobre todo, un final.

Pero conforme transcurrían los días, empezaron a aparecer las dificultades. Los padres de Asun estaban siempre presentes durante las llamadas. Debían de estar suministrándole algún somnífero porque su voz sonaba cada vez más apagada y le costaba mantener la conversación. Algunas noches no podía ponerse al teléfono; otras, cuando Inma llamaba, ya estaba dormida.

Y fue entonces cuando Inma se rompió. Se despertaba llorando. Lloraba durante la mañana. Lloraba por la tarde. Lloraba hasta quedarse dormida. No quería hacer nada que no fuera llorar y escribir. Escribía su pena mientras sus lágrimas emborronaban las palabras antes incluso de terminarlas.

Sus padres pensaron que lo mejor era llevarla a una conocida psicóloga de Murcia que a su vez la derivó a una psiquiatra. Las consultas fueron un desastre. La psiquiatra cuestionaba constantemente lo que sentía por Asun. Mientras le hablaba, orientaba la luz del flexo directamente hacia su rostro e insistía en que era imposible haber conocido el amor a una edad tan temprana.

Una tarde, al salir de la consulta, compró una botella de vino barato y una bolsa de palomitas. Necesitaba algo con lo que poder tragar aquel vino áspero. Se sentó en un banco. Bebió. Lloró. Comió un puñado de palomitas. Volvió a beber. Después ya no recordó nada más. Alguien debió de acompañarla hasta casa. Sus padres no estaban. Fue su hermana pequeña quien la encontró, le limpió el vómito y la acostó.

Tras el fracaso de los tratamientos, y quizá porque sus padres no comprendían lo que le estaba ocurriendo y lo atribuían a las drogas, decidieron ingresarla en un hospital psiquiátrico. Rodeado de pinos se alzaba el Sanatorio del Dr. Muñoz. Una gran puerta de hierro verde separaba el mundo de fuera del que había dentro.

Allí fue donde nos conocimos. Cada cual recibía su medicación dependiendo del diagnóstico, y tras la sesión con el doctor, a los menos locos, nos dejaban pasear por el jardín y hablar con los otros huéspedes del manicomio. En esos momentos robados al sol, me contó su historia, la que ahora os traslado. Al ser un hospital privado, teníamos habitaciones individuales que no podíamos compartir, pero esquivábamos la vigilancia de las enfermeras, y solíamos colarnos en la más grande del pequeño pabellón, asignada una chica que por lesbiana, llevaba allí varios años y que seguro debió continuar allí muchos más.

Pese a que todo era aparentemente benévolo, había que tener mucho cuidado para que no te pillasen en un renuncio, porque todavía estaban permitidos sin tu consentimiento los electrochoques, como los que le daban a Óscar, un chaval joven del que nunca pude averiguar los motivos de su confinamiento. Cuando se recuperaba un poco, volvían a meterlo en aquella habitación de azulejos blancos y camilla de aluminio, donde permanecía atado con correas de cuero desde la frente hasta los pies. Cuando lo sacaban, salía hecho un vegetal, sin capacidad para hablar y con la baba cayéndole por la barbilla.

Yo estaba allí porque me gustaba la cerveza. Me abría una litrona cuando tenía que limpiar la casa. Y, cuando se acababa la primera, abría la segunda. Y limpiaba. Seguía limpiando y bebiendo. Cuando él regresaba, yo estaba medio anestesiada y sus golpes parecían menos golpes.

Cuando Inma apareció, yo ya llevaba allí quince días. Y, cuando ella se fue, yo seguí allí. Tan solo permaneció una semana, pero, antes de marcharse, me atreví a darle un beso en los labios. Nunca antes había besado a una mujer. Y nunca antes había sentido algo tan tierno en mi boca.

Años después me escribió. Me contó que salió curada de aquel sanatorio, pero que nunca volvió a ver a su amada. Tras recibir el alta, regresó a casa de sus padres para desaparecer de nuevo cinco meses después, con dieciocho años cumplidos y sin que nadie pudiera imponerle cómo tenía que llevar su vida.

Sé que fue feliz, pero también sé que nunca pudo olvidar a Asun, como yo tampoco la olvidé a ella. Cuando las separaron, hace ya cuarenta y siete años, se llevaron un pedazo de ambas que sigue sangrando, porque su historia no fue un amor que empezó y acabó: fue la mayor y más violenta interrupción de sus vidas.

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS