El señor Dnob saltó por la ventana del edificio y voló acompañado de mil esquirlas de vidrio para enganchar, en el último momento, los dedos de su mano derecha sobre el andamio de la fachada opuesta. Quedó colgando como un péndulo, su mano engarfiada iba patinando por el tubo de metal. El meñique fue el primero en rendirse. Le siguieron el pulgar y el anular. El dedo medio y el índice luchaban desobedeciendo a la gravedad. Las venas se cartografiaban en su brazo. Una cabeza sombría emergió del filo de la plataforma superior. El misterioso hombre pronunció siete palabras inaudibles a causa del viento, que el señor Dnob pudo entender gracias a su habilidad para leer los labios: Nos encontramos una vez más, señor Dnob. Dnob miró hacia abajo: doce plantas se interponían entre sus zapatos negros de cuero de becerro genuino cosidos a mano y la calle. Sus avispados ojos captaron una cuerda a pocos metros bajo sus pies, su entrenado cerebro multiplicó y dividió grandes números con agilidad, para descifrar probabilidades. Lo juzgó razonable. Sintió la suela del hombre sobre sus estoicos dedos que continuaban agarrando el tubo. Levantó la cabeza y lo miró directo a los ojos: Y una vez más, nos despedimos precipitadamente, Míster X. Soltó el andamio y se dio la vuelta en el aire con elegancia, dispuesto a alcanzar la cuerda. La rozó con los dedos. Maldijo el último dry martini de la noche anterior, que probablemente le había hecho errar en sus cálculos; miró a su alrededor en busca de alternativas, pero el pánico comenzó a ofuscar su mente al ver el suelo acercarse veloz hacia su caro traje de vicuña. En aquel momento, se dio cuenta de algo curioso: no eran las lujosas noches bebiendo cocktails en exóticos hoteles de cinco estrellas, ni las abundantes mujeres que ofrecieron sus sábanas y a las que repetidamente decepcionó lo que cruzaba por su mente en aquel último instante; tampoco fue la inquietante fascinación por las armas de fuego, ni el sonido de la sangre salpicando la pared —con el que se masturbaba a menudo—, ni el fanático placer por las explosiones al que su psicólogo había clasificado de “pirofilia”. Todos ellos no eran más que momentos insignificantes que giraban alrededor de la única cosa que había traído luz a su vida, y que se colocó, nítidamente, en el centro de su cerebro en aquel último instante: Mister X. Recordó las feroces persecuciones en forma de tango en las que habían bailado juntos durante tantos años. El sensual juego de cambiar sus personalidades en eventos públicos, las intensas miradas sabiéndose los únicos conocedores de la oscura verdad del otro. Todo ello les había hecho arder por dentro hasta formar una insaciable ley universal que los atraía y los alejaba, obligándolos a orbitar frente a frente, sin llegar nunca a tocarse. Ahora comprendía que aquellas noches de estudio, que le habían llevado a empapelar su propia casa con las borrosas fotos de su esquivo archienemigo, no eran diligencia, sino una seducción salvaje e ineludible, y que las arriesgadas pistas encubiertas, que no podían evitar dejarse el uno al otro, no eran fruto del orgullo, sino del miedo a no volver a verse. Y no, no había sido la ambición, ni el dinero, ni siquiera el deseo de salvar el mundo lo que le había llevado a aquel trabajo, sino una frenética atracción hacia el único hombre al que amaba, y al que ahora veía reduciéndose a gran velocidad, con la cara desencajada en un grito asfixiado por el ruido del aire, que el señor Dnob podía descifrar gracias a su habilidad para leer los labios: ¡Nooo!

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