Corre el año uno del nuevo milenio. Te preocupas por irte del país y por ser el más atlético y el más galán. Pasas tu tiempo estudiando para las pruebas de acceso a la universidad y levantando pesas como un demente. Te pones tu karategi y te transformas en Akuma de Street Fighter. Crees que al sensei le brillan los ojos al verte en acción (aunque lo más probable es que te lo hayas imaginado). Te sientes casi a la altura de tus héroes de la pantalla grande. La santísima trinidad: Van Damme, Schwarzenegger, Stallone.
En enero, Bush hijo asume la presidencia de los Estados Unidos. Nueve meses después unos terroristas estrellan tres aviones contra el World Trade Center.
Ves el ataque por televisión desde una casita vacacional en la isla de Margarita. Estás con toda tu familia sin saber que sería la última vez que estarían allí reunidos. Tratas de preocuparte por la tragedia, pero más bien te parece emocionante, como una película de acción. Te imaginas a ti mismo combatiendo contra hombres con turbante en unas montañas lejanas. Hasta ese momento apenas habías oído hablar del islam. Si te hubieran mencionado a Bin Laden, hubieras pensado que se trataba de algún tipo de shawarma.
Para ese entonces ya habías sufrido una serie de derrotas. Tu rodilla izquierda colapsó bajo el peso de tus ambiciones marciales y hubo que operarla, motivo por el cual no pudiste disfrutar de tu fiesta de graduación. Luego, un mosquito dinamitó tus planes de estudiar en Canadá. El acabose fue que, un día antes de que vieras las torres arder, tu abuelo de sesenta años te ganó un pulso; aunque la culpa de eso la tuvo el mosquito.
El mosquito maligno que inyectó en tu torrente sanguíneo una versión dopada del dengue. El virus imparable que comenzó su labor de demolición en Fort Lauderdale mientras acompañabas a tu papá en un viaje de trabajo.
Pero eso lo supiste después. En ese momento solo sientes el ardor de la fiebre, el dolor que te taladra el cráneo, la ausencia total de fuerzas. Como la enfermedad va a peor, tu papá llama a un doctor. Llega al hotel todo alto y joven, maletín en mano y vistiendo una bata de laboratorio. Lo acompaña una enfermera rubia. El doctor te mira el oído y dice que tienes otitis. Te receta unas pastillas con cortisona, cobra dos mil dólares y se va. Ahora sospechas que eran actores porno que se habían perdido de camino al rodaje.
Por las noches alucinas; sientes que te hundes en la cama. Sueñas que un mapa que representa el mundo se quema desde las cuatro esquinas. Tras el fuego solo queda una suerte de estática parecida a la que mostraba el televisor cuando se iba la señal.
Tu madre (que es médico) llama desde Caracas y al oír los síntomas sabe en seguida que tienes dengue. Menos mal, porque fuiste al hospital y allá los médicos tampoco saben qué hacer. El doctor Reyes, especialista en enfermedades tropicales, trata de mostrarse ecuánime, pero su bigote y su nariz se contraen en una mueca de horror. Te recetan paracetamol, te hacen todas las analíticas del universo y te meten en una habitación coronada con un cartel que pone «Peligro Biológico» y un símbolo como el que usan en Jurassic Park para que quede claro que los tiranosaurios son peligrosos. Las enfermeras entran a dejar la comida y salen de la habitación en un suspiro. Solo hay una, muy grande, gorda y negra, que se toma su tiempo. Te trae yogures y postres. Te gustaría hablar con ella, pero no hablas inglés y tienes cero fuerzas para pensar. Hoy quisieras saber quién es para invitarla a comer. Al final te dan de alta sin saber qué tienes y tomas un vuelo hasta tu valle, donde pasas un par de años de lo más interesantes.
Corre el año de la Odisea del Espacio, el año de la serpiente de metal según el horóscopo chino. Tu papá se queda sin trabajo. Los abogados de Ford defienden a la empresa de las demandas interpuestas por los afectados de los volcamientos de la Explorer, Grecia adopta el euro y China se une a la Organización Mundial del Comercio. Mientras tanto, tu sigues comprando la revista Cinturón Negro y fantaseando con ser el nuevo Van Damme, a pesar de tu rodilla rota y de una timidez que no te permite competir.
Ese mismo año el comandante intergaláctico promulga cuarenta y nueve «leyes habilitantes» para controlar los ingresos y la gestión de Petróleos de Venezuela, entre otras cosas. El sindicato de trabajadores convoca la primera huelga de muchas que culminarían en una huelga nacional. Tu participación en esa batalla existencial se limita a ir a tres o cuatro protestas callejeras (de lejos y sin tomar ningún riesgo) y a teclear con furia en contra del gobierno a través de Microsoft Messenger para un selecto público de lectores adolescentes que también detestan al oficialismo.
En medio de todo esto, tu juventud se reafirma en sus fantasías. La mayor parte del tiempo la pasas leyendo libros complicados sin entenderlos, comprando CDs de power metal, viendo anime, jugando N64 y emborrachándote con tus amigos. Lo que más disfrutaste ese año fue de ver El Señor de los Anillos en el cine.
Sabes que tu vida es buena, pero sientes que estas entre cuatro paredes que se van cerrando. La idea de irte del país va creciendo como solución a todos tus problemas.
No ibas tan desencaminado.
El libro del taller
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