Grapada

Elena se cortaba su tostada sumida en sus pensamientos. De pie, rodeada de un montón de personas aferradas a su dosis diaria de café, operaba sobre el pan bimbo tostado. Un triángulo en la esquina derecha-superior, otro en la izquierda, y lo mismo con la parte inferior. La cuestión era siempre mantener la forma geométrica, y sentía día tras día una íntima satisfacción cuando el último trozo tenía forma cuadrada. Por fin llegaba el día que llevaba tanto tiempo preparando, ese en que lograría culminar su ascenso al pico de la organización y con ello cumplir el sueño de su padre y de su abuelo. Sería como una revancha cósmica después de todos los sinsabores que tuvieron que vivir los dos en esa institución centenaria.

Acabó y se sentó delante de su ordenador para atender dieciocho correos generados en los quince minutos en que se había levantado para el desayuno. La mitad, de sus expertos, que parecían necesitar su conformidad a cada paso que daban. Y los restantes, del gestor documental. Nuevas tareas para asignación, pero esta vez a la I.A. Abrió su calendario y suspiró: quedaban dos horas para su gran reunión.

Se levantó para no pensar. Entró en el baño, se bajó los pantalones que reservaba para días especiales de mucha visibilidad. Tuvo cuidado de no apoyarse en el retrete -menudo asco- y cuando acabó se subió la braguita. En ese momento notó un dolor agudo en la yema de su dedo corazón.

Miró sin entender de dónde venía ese dolor persistente y no pudo creer lo que vio. De hecho lo estuvo mirando un buen rato, atónita, sentándose de golpe, esta vez sí, en la taza del water. Tenía una grapa, enganchada al pantalón, y enganchada a su braguita y, definitivamente, enganchada a la yema de su dedo. Se había grapado a sus pantalones de raso. Se le debió olvidar quitar la grapa del tinte de la última vez que llevó el pantalón, y al subírselo con la braguita, no se sabe por qué efecto retorcido del destino, se había quedado así. Miró a su dedo y trató de tirar, pero aquello, se dio cuenta, no era una buena idea. De hecho, daba grima solo pensarlo, se llevaría media yema por delante y se enfrentaría a su propia sangre, cosa que no soportaba. No podía permitir que se la encontrasen sus subordinados desmayada en el baño enganchada a su braguita. Ese diminutivo, pensó además en un momento de lucidez, era un eufemismo. Recordó que la braga que llevaba era la más grande del armario, una braga-faja color visón poco propia de alguien como ella. Se darían cuenta de su ausencia solo porque nadie respondería a los correos. Mandarían a alguien entrar en el baño y descubrirían un reguero de sangre. Forzarían la puerta y la encontrarían ahí, desmayada, sobre un charco rojo que teñiría la baldosa blanca del baño. Circularían los whatsapps. Se harían fotos de sus mega-bragas. Y aunque volviese en sí gracias al agua fría de algún alma caritativa, su reputación quedaría manchada para siempre. Adiós, también a su ascenso. Todo el esfuerzo para nada.

No podía permitirlo.

Intentó hacer caso omiso de su dolor punzante y trató de pensar en una estrategia efectiva. Tantos años de cursos de logística, liderazgo y gestión de equipos tenían que servir de algo. Necesitaba un quita-grapas. Era evidente. Pero ella con su mano izquierda, que era la que había quedado libre, no podía hacer nada. Así que necesitaba a alguien discreto y hábil. Claramente, Marifé. Era una secretaria algo solitaria y ojerosa que se sentaba al fondo del pasillo. Había faltado largas temporadas pero ese día la había visto en la cafetería.

Así que se levantó, se subió la braga, el pantalón y la grapa todo lo que pudo y se cubrió la mano derecha con su camisa. Salió del baño y enfiló por el medio del pasillo tratando de no hacer ruido al pisar el suelo de linóleo. Se daba cuenta de que iba algo encorvada, andando raro, ladeada hacia la derecha y con el brazo extrañamente doblado. Aceleró el paso y dió gracias por que nadie despegó los ojos de sus ordenadores. Se acercó a Marifé que la miró extrañada detrás de sus gafas de aumento, probablemente porque desde que, con la irrupción de la IA, las secretarias habían pasado al más absoluto ostracismo, nadie se adentraba en su territorio. Le contó lo que le pasaba al oído y le enseñó brevemente el pifostio que tenía montado en la mano derecha. Los ojos de Marifé se agrandaron aún más.

—¿Pero? —abrió la boca.

—Con el quita-grapas puedes desenganchármelo —le susurró.

—¿Pero qué dices? —Marifé no salía de su asombro—. Yo no puedo hacer eso.

—¡Que sí! —imploró.

La miró fijamente con una mirada triste, incalificable.

—Lo que tienes que hacer es ir al Servicio Médico —dijo con un hilo de voz.

El Servicio Médico. No había vuelto desde la primera visita, cuando tuvo que hacer el reconocimiento previo a la contratación, hacía más de veinticinco años. Odiaba los médicos de empresa. Su salud era solo suya, personal e intransferible.

Miró a su absurdo dedo, que empezaba a adquirir tonalidades moradas. Algo tenía que hacer, y rápido. Tampoco le hacía ninguna gracia que su estúpida situación quedase, justo ahora, registrada en los implacables archivos de la empresa. Eso pensaba mientras posaba sus ojos en la tarjeta de identificación de Marifé.

—Tienes razón, pero, mira, hace años que no voy —y balbuceando añadió—. Esto, me suena que alguien me dijo que se habían cambiado de sitio, ¿me miras un momento en el ordenador dónde es?

Marifé desvió sus grandes ojos a la pantalla y en ese momento, en un movimiento perfectamente calculado, Elena cogió la tarjeta de su compañera y se la metió en el bolsillo.

—Planta -3 —le señaló Marifé, totalmente abstraída—. Al parecer lo han reformado bastante. Dicen que…

Elena no oyó el final de la frase. Sin dar las gracias se dió la vuelta y se encaminó con su extraño andar al sótano, poniéndose al cuello la identificación de Marifé, no sin cierta satisfacción por su jugada maestra.

Al entrar en el servicio médico le impresionaron los mármoles blancos y las luces de neón que contrastaban con las paredes ennegrecidas del resto del sótano. Frente a ella no había nadie, tan solo una gran máquina. “Seleccione su ticket”, decía, con tres opciones “revisión periódica, consulta, urgencia”. Urgencia, eligió mirando su dedo. Pero no salió nada. Volvió a darle. Tampoco. Ni a la tercera fue la vencida. Optó por la “consulta” y ahí sí hubo más suerte. La pantalla le indicó. “Despacho nº1”.

Entraron, ella y su dedo grapado, en el despacho. La sala estaba menos iluminada que el resto, y sus ojos tardaron en acostumbrarse a lo que veían, el contorno de una mesa, y, del otro lado, el contorno de un doctor, o de una doctora.

—Buenos días, doctor —el dedo dolía, pero había que mantener la corrección.

—Buenos días, tome asiento —la voz sonaba metálica—. ¿Me dice su nombre?

—Sí, me llamo Marifé —carraspeó—. Marifé Martínez.

—¿Número de personal? —misma voz extraña.

—Emmmm… Pues ahora mismo no me acuerdo, espere —le dio la vuelta a su tarjeta—. 28659, disculpe —y después, por decir algo, añadió—: Estoy muy nerviosa.

—Marifé Martínez, número de personal 28659. Archivos encontrados. Comenzaré a formularle preguntas siguiendo el protocolo C-1.

Esta forma de hablar le pareció peculiar. Sus ojos, que empezaban a aclimatarse a la luz, comenzaron a discernir una cara inexpresiva y una sonrisa extraña.

—Me dice que está nerviosa y que no se acuerda de las cosas. ¿Tiene usted estrés? ¿Problemas de memoria? —continuó el médico.

—¿Yo? No. ¿Por qué? —dijo un poco molesta.

—Porque no se acordaba de su número de personal y lo ha tenido que mirar —su voz era neutra.

—Que le digo que no tengo ningún problema de memoria —replicó levantando la voz.

—Detecto que habla más alto. ¿Va todo bien? —volvió a preguntar.

Este médico era estúpido. Decidió explicarle por qué había venido y no responder a su pregunta.

—Mire, yo estoy aquí porque me he clavado una grapa en el dedo, y se me ha quedado enganchada al pantalón —omitió referirse a la braga—, y quiero que me la quite.

—Grapa. Clavada. Dedo. Pantalón. Espere, calculando —y no dijo más.

¿Calculando?

Ató entonces cabos. Le vino a la mente que un compañero en un café le había hablado de la IA como sistema de alto riesgo en la prevención de riesgos laborales. Era un tipo un poco pestiño y solía escucharle de aquella manera. Ahora se arrepentía. Lo que tenía delante era probablemente una IA humanoide recién instalada. Suspiró.

—Eso es. Una grapa clavada —se limitó a decir, para ayudar al procesamiento del dato.

—¿Cuál es el problema que más le angustia? —preguntó la IA después de unos segundos de silencio que se hicieron eternos.

—Ya se lo he dicho, la grapa —intentó sonar clara.

—La grapa es el efecto, no la causa —afirmó.

Lo que faltaba. Le había salido una I.A. filósofa. Y ella con ese dolor de dedo.

—¿Cómo dice?

—¿Es su primera autolesión del día? —preguntó con voz neutra.

—¡Yo no me autolesiono! —gritó Elena.

—Comprendo que es duro de reconocer —replicó.

—¡Pero qué dice, que me he grapado sin querer! —esta vez levantó aún más la voz.

—El primer paso para la curación es reconocer la enfermedad —la voz le sonó hasta repelente.

—Mire, se lo voy a volver a decir. Yo no me autolesiono. No lo he hecho nunca. Ni hoy, ni ningún día —y añadió, tratando de volver a la normalidad y pensando en un prompt claro—. ¿Me puede quitar la grapa o llamar a un enfermero real para que me la quite?

Ante la claridad de su petición la I.A. tardó algo en reaccionar, como si estuviese recalculando su respuesta. Por fin habló.

—Su historial muestra numerosos antecedentes de autolesión. Lo tiene que asumir y tratar.

—¿Qué? —no se lo podía creer.

—Su historial muestra numerosos antecedentes de autolesión. Lo tiene que asumir y tratar —repitió.

Elena pensó en Marifé, su aire discreto y enfermizo. Sus brazos, ahora se daba cuenta, siempre cubiertos, hasta en verano. Pobre Marifé. Pero menudo lío. Y cómo le dolía el dedo. Estaba perdiendo la paciencia.

—Mire, no sé bien cómo decirle esto —pausó y respiró—. Yo no soy Marifé.

—Comprendo.

—¿Comprende? —no era fácil de entender, y menos para una máquina, pensó Elena.

—Comprendo —repitió.

—¿Qué comprende?

—Y ahora ¿quién es usted? —era la primera vez que una IA no respondía a sus preguntas, ¿qué clase de programación era esa?

—¿Cómo que “ahora” quién soy? Me llamo Elena Peláez, soy la directora de Estudios económicos.

—Ya —si no fuese porque le estaba hablando una máquina, Elena habría dicho que le sonaba escéptico. Aquello era una pérdida de tiempo.

—¿Me puede quitar la grapa sí o no?

—Se hará a su debido tiempo. Antes hay que seguir el protocolo I-7.

—¿De qué me habla?

—Según su historial hace un año usted declaró ser espía del CNI.

Joder con Marifé.

Elena se levantó y trató de abrir la puerta. Pero no pudo. Un terco pestillo invisible la separaba de su realidad.

—¡Quiero salir de aquí ya! —dijo aporreando la puerta con la mano libre de grapas—. ¡Ayuda! ¡Ayuda! —trató de forzarla.

En vano. No se oía nada fuera.

Intentó recuperar la compostura. Aún le quedaba tiempo para llegar a la reunión aunque, tenía que reconocerlo, con esta situación tan surrealista la veía lejos. No era su prioridad inmediata. Lo que tenía que hacer era salir de ahí.

Volvió a sentarse. Mientras de nuevo se miraba el dedo pensó que le habían hablado del Protocolo I-7 que había que seguir como algo previo a quitarse la maldita grapa. Era evidente que su programación era la propia de un psiquiatra. ¿Qué podría estar esperando de ella?

—Estoy más tranquila —le dijo tratando de aparentar serenidad—. Ya me encuentro mejor, disculpe.

Silencio del otro lado. No bastaba con eso.

—Tiene razón, soy Marife —admitió—. Marife Martínez. Es que cuando estoy nerviosa, me lío.

—Es lógico. Está bien que se dé cuenta. ¿Está tomando su medicación?

—Sí, claro —respondió, quizás, pensó luego, demasiado rápido.

—¿Cuál? —le preguntó el aparato, aunque debía tenerlo anotado ahí; esa era para pillar.

—Emmm… ¿Benzodiacepina? —se estaba marcando un triple.

—No, no es esa —lo acababa de fallar.

—Perdón, es cierto que no tomo la medicación, tiene razón —se trataba de admitir culpabilidad, pensó, como única manera para poder salir de ahí—. Es que últimamente no duermo —algo le impulsó a seguir—, me levanto cuatro veces cada noche y hay veces que apenas logro descansar una hora.

Una parte de ella le decía que no tenía que llegar a tantas honduras. Otra, en cambio, pensó que le daría credibilidad al asunto y podría desgraparse antes de sus pantalones de raso.

—¿Por qué no duerme? —preguntó la I.A. avezada en psiquiatría.

—A saber… —respondió Elena, evasiva.

—Intente responder.

—Pues realmente, estoy nerviosa. Llevo mucho tiempo trabajando sin parar, y el trabajo no termina nunca.

—¿Para qué? —indagó el humanoide.

—Para qué, ¿qué?

—¿Para qué trabajar? —menudo médico de empresa, pensó Elena.

—¿Trabajar para vivir mejor? —respondió ella, a ver si acertaba y podía salir de ahí.

—Pero acaba de decir que el trabajo no termina nunca y se autolesiona.

—Que no me autolesiono —volvió a replicar Elena.

De repente sintió un gran cansancio. Iba a añadir que tampoco era verdad que el trabajo no se acabase nunca y que de todos modos le gustaba, que era lo que hacía, que el trabajo era su vida. Pero se sintió ridícula. Sus palabras le parecieron vacías y además, y eso le tocaba las narices, era la primera vez en años que alguien le hacía preguntas tan personales, y tenía que ser una maldita máquina. Quizás por el dolor del dedo, quizás porque aquello se estaba infectando y comenzaba a sentirse con fiebre, quizás por la angustia de no poder salir o quizás, también, por su soledad y por verse como el maldito Sísifo, se echó a llorar.

No supo cuánto tiempo pasó. No podía parar. En un momento dado, oyó como el pestillo de la puerta se abría. Dos personas, esta vez sí, de carne y hueso, la estaban esperando. Explicó con el hilo de voz que le quedaba que tenía una grapa en el dedo, que por favor se la quitasen. Mientras un enfermero procedía con la grapa, otro le daba un vaso de agua y una pastilla. La yema de su dedo y todas sus terminaciones nerviosas respiraron aliviadas, alejándose de su pantalón de trabajo. Empezó a sentir una flojera indescriptible, y, al mismo tiempo, una sensación reconfortante.

Mientras salía de aquel sótano acompañada por esas personas tuvo la sensación de ir bajando una ladera suave, un camino ancho y agradable que podía transitar con calma. En su ensoñación le pareció estar dejando atrás aquel pico nevado e inaccesible, más inhóspito que nunca.

El enfermero, con suavidad, le preguntó por su nombre mientras le acercaban a algo parecido a una ambulancia. Con el resquicio de conciencia que le quedaba respondió:

—Marifé, me llamo Marifé.

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