Vacaciones en octubre

Vacaciones en octubre

Pepa F.

29/06/2026

El sol acaba de salir. Se acomoda en el cielo encapotado, intensifica su brillo para atravesar las nubes y solo logra ser un círculo amarillo poco peligroso. Todo en la costa—el viento, las olas, el olor a salitre— hace presagiar una buena tormenta, pero la mujer, desde hace un rato, ya ha desplegado en la arena muy cerca de la orilla, silla, toalla, chancletas y bolsa. Ahí sentada, protegida la cabeza por un gorrito de pescador, parecido a un cubo boca abajo, y con un bañador azul, está dispuesta a no ceder ni un milímetro al deseo de pasar una mañana de playa.

Pero es octubre. Un octubre que ha entrado del brazo de una bella corriente atlántica. Un octubre que, embobado con las isobaras de esa corriente malhumorada, trae tormentas intempestivas que caen sobre el mar, como la que ahora se ve en el horizonte con sus nubes negras y sus rayitos brillantes igual que carcajadas perversas.

Tal despliegue teatral en la distancia no parece inmutar a la buena mujer en su silla bajita de rayas azules y blancas. Estira las piernas y rasca la arena con los pies hasta cubrirlos. Entre la frescura, recuerda los tacones que dejó en su casa, los que le obligan a llevar en el trabajo, y mueve feliz los dedos inmersos en granos brillantes que se le quedan pegados en las uñas rosa chicle. Los dedos disfrutan de la libertad. Toda ella lo hace. Ya era tiempo. Un juanete queda destapado, despunta como una evocación de que no todo es bello y que él es el vivo ejemplo de sufrimientos innecesarios. Se lo acaricia como para consolarlo y lo tapa con la arena.

Retumba un trueno antes de lo previsible y, por instinto, la mujer acerca la bolsa a la silla y luego mira a los lados casi avergonzada. Se asombra de la rapidez con que la única familia que hay en la playa está recogiendo sus cosas esparcidas aquí y allá. Quien podría ser el padre parece observarla con una mirada, diría ella que de respeto, aunque sea evidente que es de incomprensión. Un rayo largo y duradero presume en el horizonte sobre el fondo negro.

Busca en la bolsa y se pone unas gafas de sol con lentes verdosas. Le parece un tono perfecto para filtrar todo y recupera el pensamiento de que es maravilloso estar de vacaciones. Mucho más hoy, después del mensaje. Cierra los ojos y siente la brisa. Una brisa que para cualquiera, ya se ha convertido en viento, aun no muy potente pero algo incómodo, que lanza granos de arena a las pantorrillas como millones de mosquitos que picaran a la vez. Ella no se inmuta. Piensa que hay que saber disfrutar de cualquier circunstancia. En vacaciones no todo es perfecto, solo se acerca a la perfección. No tiene más que revivir el calor sufrido en los días de canícula dentro del almacén sin aire acondicionado donde, por expresa orden de su jefe, tuvo que hacer el inventario y cuadrar la contabilidad. No puede decir que trabajara de sol a sol porque en verano el sol sale demasiado temprano y se esconde demasiado tarde, pero sí que su horario comprendió todas las horas entre la de desayunar y la de cenar.

El amago de rayos que siente ahora en la piel es una bendición. Aunque deba sacar la toalla para echársela por los hombros porque parece que refresca. La toalla se la compró el día antes de salir hacia la playa, cuando evitó a su jefe para irse del almacén un poco antes y pillar los comercios aún abiertos. Su jefe es un delincuente que no paga los impuestos que le corresponden, cobra de más a sus clientes y vive como un marajá. A él le oyó hablar de este lugar en la costa. Aquí es donde atraca su barco durante los meses de verano. Ni jefe ni barco están ahora.

El sol aprovecha unos segundos apenas para asomarse entre una nube y la siguiente cada vez más oscura. Ella sigue mirando al mar —diez años desde que no lo veía— y se arrulla en la toalla cuando en la espinilla de su pierna derecha siente una gota de agua. Una o varias, porque puede que ya llueva. Podría bañarse, piensa, y si se moja, será con agua dulce y salada.

Allá va. Entra de perfil para que las olas no le hagan daño y, aunque pudiera parecer otra cosa, solo nota caricias que la envuelven. En un golpe de viento, su sombrero de pescador se le vuela y lo ve navegar demasiado lejos como para plantearse un rescate. Lo observa tras sus cristales verdes empañados con el salitre y la lluvia que arrecia. Perder el gorrito le da pena por su pelo.

Se lo cortó hace poco, su pelo. A la hora de comer fue al salón de belleza que está puerta con puerta con la oficina. Eligió sacrificar el bocadillo de chóped sobre la mesa del archivo por el sillón de su amiga peluquera. Su amiga peluquera es buena persona aunque debería abandonar al tipo con el que vive porque cada vez tiene un moratón en un sitio distinto. No se dicen nada pero, a través del espejo, se lo dicen todo: su amiga se roza con el dorso de la mano el moratón que corresponde al día y hace un gesto de conformidad con los hombros. Ella la regaña en silencio: frunce la nariz, aguza la mirada y deja que su pupila brille un momento. Solo un momento, porque quién es ella para recordarle lo evidente. El último día coincidió allí, como otras veces, con la funcionaria de la Agencia Tributaria del edificio de enfrente. Siempre se saludan y, cuando su amiga peluquera las acomoda en sillas contiguas, hablan por encima del sonido de los secadores. La funcionaria es muy seria, o eso le parece, pero también muy educada. Una vez le contó que tenía dos hijos adorables y que le gustaba mucho su trabajo. Le agradó parecerse en lo del gusto por el trabajo y, sobre los hijos, ella también tenía dos, pero no quiso abundar en su carácter.

El día que se cortó el pelo instó a su amiga peluquera a que se diera prisa, que tenía poco tiempo, le dijo. A través del espejo la vio ponerse manos a la obra y sin cruzar una palabra, ni rozarse el nuevo moratón, la dejó, a su entender, monísima con las mechas bien teñidas y un corte muy juvenil. Con discreción, junto a la propina, le dio las llaves de su casa en una bolsita de plástico. “Por si acaso te hacen falta”, le dijo. Y las dos supieron a qué acaso se refería. Cuando salió de la peluquería tuvo la mala suerte de encontrarse con su jefe en el ascensor del edificio de oficinas. La miró de arriba abajo con cara de besugo y, sin saludarla, le informó de que ese tiempo fuera del almacén se lo restaría de la nómina.

Ve llegar una ola grande y piensa que de perdidos al río, o mejor dicho, al mar. Sujeta las gafas en una mano, mete la cabeza en el agua y se siente como una sirena, si es que las sirenas sienten algo que sea similar a estar lista para cualquier cosa. Como puede, sin soltar las gafas, nada varias brazadas, paralela a la costa, como una rana gigante que huyera de un tiburón. Pero las olas le pasan por encima y no hace pie, así que se relaja y se deja llevar boca arriba hacia la playa. Tiene la misma sensación que cuando prueba uno de esos sillones automáticos de masaje en un centro comercial. Los músculos de su espalda se mueven sin su control adaptándose a las olas, pero casi le gusta. Llueve, bastante y nunca había bebido agua dulce en medio del mar. Todo le parece divertido. Cierra los ojos.

Agua fue lo que bebió aquella tarde, después del episodio en el ascensor. Fue al baño y llenó un vaso largo que había recogido del despacho de su jefe. Un vaso largo que olía a alcohol y que lavó cuidadosamente porque lo iba a usar ella, no como los vasos que otras veces encuentra en la mesa baja junto al sofá o, incluso, en el suelo. Esos solo los enjuaga y vuelve a guardarlos. Allá él. Después, volvió a su almacén y en los dos días siguientes, apenas durmió unas horas sobre la mesa, tapada con la chaqueta que tenía por allí para los días de invierno. No comió nada, fue rellenando el vaso con agua porque no quería deshidratarse y dedicó toda su energía a terminar el maldito inventario y cuadrar la contabilidad. Concluyó todo antes de ir a comprar la toalla. Esa misma toalla que han arrastrado las olas y se mece feliz más allá, al compás de la marea que sube, a punto de ser absorbida por las aguas, o bien al contrario, de absorber tanta agua que su destino será el fondo del mar.

Cree que es probable que su jefe también termine en el fondo, pero no del mar, sino de una celda porque el mismo día en que ella se subía en el autobús dirección a este sitio encantador —donde en este instante el chaparrón arrecia, la arena se llena de puntos y ella flota en el mar bajo la lluvia, lejos de su toalla y su gorrito—; ese mismo día, con la maleta rodando detrás, pasó por su trabajo y fotocopió lo necesario de la contabilidad y del inventario que ella misma había cerrado, metió los documentos en un sobre, salió de la oficina y cruzó la calle hasta la Agencia Tributaria. Allí dejó el sobre a nombre de la funcionaria con quien coincidía en la peluquería de su amiga, con una nota fosforescente pegada con la indicación de que le resultaría interesante investigarlo. “Le resultará interesante investigarlo”, eso le puso en concreto, porque se llamaban de usted. Y con todo hecho, se marchó a la estación de autobuses.

Ahora mismo, aún en el agua siente un poco de fresco. Diferente eso sí, del que agradeció que hubiera en el autobús hacia la playa, que tenía aire acondicionado y todo. Allí conoció a otra señora que iba a ver a sus hijos al mismo pueblo donde ella se dirigía. “Si no voy yo, ellos se olvidarían de mí”, le dijo y le dio un poco de pena. Luego se le quitó la pena, porque en la única parada que hicieron, apenas le habló y no fue capaz ni de sentarse a su lado para tomarse el bocadillo de jamón y la coca cola. Un poco molesta, en el resto del viaje prefirió no dirigirle la palabra. A fin de cuentas, a ella sus hijos la habían olvidado hacía mucho y no se quejaba tanto. Menuda pesada.

Como ya no es fresco, sino que es frío lo que siente, decide salir del agua. En la orilla observa que la familia de antes se ha ido, que la playa está vacía y que al fondo, unos operarios recogen los columpios infantiles de plástico susceptibles de salir volando porque se ha levantado un vendaval. Aúpa su bolsa a punto de ser engullida por la siguiente ola y piensa que es hora de irse. Limpia las gafas con un pañuelito, se las pone. Cierra la silla que se mantenía impertérrita, se la carga en el hombro contrario al que lleva la bolsa. Coge como puede las zapatillas de plástico que han volado un poco más allá y, con todo ello, camina empapada a paso seguro. Vuelve la cabeza un instante para despedirse de la toalla y del gorrito. Le hicieron buen servicio. Comprará otros. Su siguiente objetivo es ir al hotel a secarse, subir a su lujosa habitación y cambiarse de ropa. Y mientras camina hacia el paseo marítimo, mientras hunde los pies en la arena, mientras llega a limpiárselos con agua dulce en la fuente, y se pone un pareo y las chancletas con cuidado de no volver a mancharse, durante todo ese rato, no se le van de la cabeza ni ese restaurante tan especial que ha encontrado por internet al que piensa ir después del hotel, ni las siete palabras del mensaje que recibió por la mañana: “Investigado y tramitado. Orden de embargo inminente”.

Al pisar las primeras losetas del paseo marítimo, su sonrisa brilla. Nada oscurecerá su plan perfecto para esta semana de octubre que piensa disfrutar como nunca, con o sin tormentas.

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