«Somos eso que vuelve siempre: sombras con memoria, monstruos discretos cuidando ruinas que aún llaman hogar» (Alex Roch).
Al principio fue solo una idea, una de esas ideas que se dicen en sobremesas como palabras lejanas que uno recuerda no haber escuchado del todo: “los cuentos de hadas superan la realidad, no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos”. La escuché de alguien en la sobremesa de La Flaca, una tarde en la que la lluvia había decidido inundar Madrid. Eran nuestros viernes en el bar La Flaca, en los que nos reuníamos para hablar de la semana, de los libros leídos y de las frases destacadas. Alguien dijo esa frase que se me quedó grabada. No sé por qué, desde ese día, empecé a ver dragones.
No en el sentido estricto, claro. Nadie en su paseo diario espera encontrar un dragón cruzando la Puerta de Alcalá ni destellos de fuego en las estatuas del Retiro. Pero había nacido algo en mí, una especie de visión diferente de las cosas, como si la realidad estuviera ligeramente desenfocada. Las sombras se volvían más espesas. Árboles que se proyectaban sobre el camino con una profundidad extraña. Sombras con memoria.
Empecé a sospechar que los dragones no eran lo que nos habían contado en los cuentos de niños. Tal vez no eran seres que escupieran fuego ni tuvieran a las princesas prisioneras en sus cuevas. La idea empezó a preocuparme: si los dragones existían, entonces aquella frase venía con una condición implícita: “que esos dragones podían ser vencidos”.
No es fácil explicar el punto exacto en el que se pasa de observar una anomalía de la realidad a anotar cosas en una libreta: “sombras del árbol del Retiro a las 19:10”, “reflejo en el espejo de la tienda de la esquina, 14:15”, “ondulación en el ascensor a las 8:45” ¿eran las notas de una loca? puede, quizá. Pero había un orden analítico en mi estudio, lo cual me tranquilizaba.
Una noche, sin embargo, la libreta dejó de ser suficiente. Estaba leyendo en el salón cuando oí un ruido en la cocina. No fue un ruido fuerte; más bien sonó como una vibración, como la que produce una copa de cristal cuando alguien la golpea. Me levanté y caminé hasta la puerta. La cocina estaba en penumbra. La luz que entraba desde la calle dibujaba una especie de luz borrosa sobre los azulejos amarillos. Durante unos segundos no vi nada extraño. Todo parecía estar en su sitio: la nevera, la mesa, el fregadero, la ventana. Sin embargo, había algo, como una distorsión del espacio, que se desplazaba lentamente por la mesa, rozando apenas la superficie, como si examinara el terreno.
Me quedé inmovilizada.
—No es nada —dije en voz alta, no sé si para mí o para la sombra— sólo es una sombra, repetí.
La ondulación se detuvo. En ese momento me di cuenta de que no estaba sola en la cocina. En unos segundos cambió levemente de forma y tuve miedo. Creí distinguir algo parecido a una cabeza sin ojos que me miraba.
—¿Eres un dragón? —pregunté con un tartamudeo irónico.
Silencio. Observé cómo la vibración se desplazaba en el aire. Me sorprendí de haber usado la palabra “dragón”, como si con solo nombrarlo pudiera encajarse en una sensación real. La ondulación se acercó unos centímetros más. Se percibía un ligero cambio en la luz, como si la absorbiera de un modo extraño.
La frase regresó a mi cabeza: “los dragones pueden ser vencidos”. ¿Era una metáfora? ¿Cómo se vence una metáfora?
No hice nada heroico. No desenvainé la espada como las heroínas de los cuentos; ni siquiera tenía espada. Lo que hice fue dar un paso adelante y aproximar la mano como si fuera a tocar la piel de algo viscoso. No sentí resistencia. Fue como si mi mano entrara en un agujero muy frío. Noté un escalofrío que me subía por el brazo y una sensación de pérdida en mi cuerpo. Retiré la mano de golpe y la ondulación retrocedió, o eso me pareció.
Tal vez —pensé— el dragón necesitaba que yo lo considerara un dragón para existir como tal. Parecía una idea absurda, pero que podía ser aquello.
—No eres un dragón —dije en voz más alta, casi con rabia—. Eres solo una sombra desenfocada de mi mente.
Silencio. La ondulación se volvió más oscura. Me pareció que la cocina vibraba ligeramente, como si mis palabras hubieran tenido algún efecto. Me quedé quieta. Pensé que, si me desplazaba a otro lugar, quizá la cosa perdiera su consistencia y desaparecería.
—No eres nada —le grité— una sombra sin importancia.
La sombra se deshizo. Y luego, la nada.
Desapareció.
Silencio.
Me quedé con la mano levantada, una mano inútil.
Durante los días siguientes, la ciudad me pareció distinta. Empecé a ver sombras por todas partes. No eran tan evidentes como la de mi cocina. Algunas apenas eran perceptibles.
Una noche volví al bar La Flaca, esta vez sola, sin mis amigos tertulianos de los viernes. Me acerqué a la misma mesa, pedí una cerveza y me quedé observando el reflejo de las luces en el cristal. Durante un minuto, creí ver una ligera ondulación que no correspondía al movimiento esperado. Dejé el móvil sobre la mesa y me recosté sobre un cojín viejo y deformado. Un cojín de terciopelo rojo que guardaba en su interior el peso de tantas historias. Historias y sombras con memoria.
Primero llegó el cansancio y después debió de venir el sueño. Era mi habitación de entonces. La cama parecía más pequeña y fría, una cama que parecía tener vida. El armario de un color oro viejo parecía estar más lejos. La pared se veía de un azul desgastado. La ventana… me fijé que la ventana era la misma con una luz verdosa que no podía dejar de mirar. A los lados las cortinas abullonadas, detrás se veía la persiana de un color pálido y al frente los cordones de las cortinas con borlas colgantes que chocaban con la pared y emitían un sonido apagado. Un lugar vivo con crujidos y roces que se movían sin dueño. Los cuadros me observaban silenciosos. Un paisaje oscuro y el retrato burlón de un arlequín. La ventana verde rechinaba. Las paredes de color azul se veían ahora de un púrpura brillante.
Luces que se reflejaban en la pared.
Ruidos.
Dragones en la ventana.
El miedo.
Dragones en la habitación.
Una voz desconocida me despertó sobresaltada. Era el dueño del bar. Respiré profundamente. Una, dos, tres y otra vez, una, dos tres.
Cuando salí, anochecía. Caminé con una sensación extraña de calma. Entré en mi casa despacio, sin encender la luz. Había algo reconfortante en ese gesto, como si caminar en la oscuridad fuera una forma de aceptar que no todo necesita estar iluminado para existir. En la cocina todo permanecía en orden. Abrí la ventana y dejé que entrara aire fresco de la calle.
Luego, la noche.
Antes de dormir anoté algunas frases en mi libreta: “tal vez el dragón no sea un ser, tal vez solo una sombra en mi cabeza”. El miedo.
Me quedé un instante mirando las paredes de mi habitación. No ocurrió nada. Apagué la luz. En la oscuridad, durante un segundo, creí sentir de nuevo esa ondulación del aire. No me moví. No dije nada. Dejé que el dragón siguiera ahí.
El libro del taller
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