
La casa de mis abuelos, como cualquier hogar de Limeria que se preciara, no tenía váter. Tenía bañera, y lavamanos, e incluso un bidé de cerámica rosa empolvado, pero no váter. Así que, si te cogían las ganas en mitad de la noche, no había más remedio que cruzar el huerto hasta la letrina. Al principio no era más que un enorme agujero en el suelo; un honrado portal a la fosa que contenía la mierda de generaciones. Con el tiempo le añadieron tres paredes de madera, y una puerta, e incluso un banquito con un orificio en medio, para que pudieras hacer tus necesidades con dignidad. Así fue como encontraron una buena mañana a mi abuelo: dignamente despatarrado, rodeado de moscas y muerto en la letrina.
Yo todo eso no lo vi. Me lo contó mi primo en el velatorio. Era mi primer funeral limeriano, y la verdad es que andaba bastante perdido. Habían colocado el ataúd abierto sobre unos caballetes en mitad del patio, entre el huerto y la casa, bajo la pobre sombra de las vides secas del emparrado. Los dolientes se acercaban a mi abuelo para susurrarle al oído, o ponerle una mano en la frente, y luego serpenteaban hacia la mesa ataviada con un mantel de girasoles, sobre la que descansaban pilas de frutas, finos pasteles de carne y patata, y un cordero entero asado a la brasa.
Solo nos faltaba la plañidera. O alhel-ïa, como la llamó mi primo mientras esperábamos junto a los portones de la entrada, «porque el difunto debe ser bien llorado, ya sabes, para la prosperidad en la ultratumba y eso». Mi abuelo era un lunático de las tradiciones de Limeria, en especial las relacionadas con la muerte. Tal vez por eso no se agobió mucho por ser una gran persona en vida, ocupado como estaba en ahorrar para su funeral. Dejó instrucciones minuciosas en su testamento: ramos de claveles rojos y blancos, siempre en números pares, una lápida de mármol de dos metros con su retrato tallado, y la mejor plañidera de la comarca.
Por lo que me contó mi primo, me esperaba a una señora mayor, con velo negro y voz imponente, que nos recitaría lamentos y discursos emotivos. En lugar de eso, llegó una mujer de unos treinta años, con leotardos verde fosforito y un gran danés sujeto con una correa de piel de borreguito que, de alguna manera, acabó en mi mano. Llevaba un velo negro, eso sí; un velo corto de tul cogido por debajo del moño, como los de las novias.
Se abrió paso entre la multitud hasta el hermano de mi abuelo y, tras dedicarle unos susurros, este le entregó un sobre rechoncho y le señaló a la letrina. La plañidera se internó entre las zarzamoras, sus tacones hundiéndose cada pocos pasos en la tierra removida. Rodeó la letrina por un lado, luego por el otro. Apoyó la mejilla y las manos sobre la madera desconchada. Finalmente, se metió dentro y cerró la puerta con fuerza, provocando una lluvia de escamas de pintura turquesa.
El patio estaba en silencio. Intercambié una rápida mirada con mi primo, y luego con el gran danés, y descarté los pensamientos intrusivos sobre montarlo como si fuera un poni. Las perspectivas ecuestres del perro se vieron truncadas por una serie de golpes provenientes de la letrina, como si alguien estuviera aporreando la pared, a los que se unió una especie de llanto de telenovela, interrumpido de vez en cuando por un leve carraspeo.
Pasados unos minutos, la plañidera asomó la cabeza por la puerta; tenía marcas de rímel en los pómulos y se le había torcido el velo. Pidió un mechero y unas rodajas de naranja. Me preparé para algún tipo de ritual de purificación, pero simplemente encendió un cigarrillo y lo fumó con calma mientras comía la fruta, con piel y todo. Ese momento zen debió reavivarle el alma, porque reinició las histerias con mayor intensidad, de modo que con cada impacto toda la estructura parecía tambalearse un poco.
En una de esas, se escuchó un grito y la puerta de la letrina salió volando de sus goznes. Las piernas verde fosforito de la plañidera aleteaban en el aire, en medio del banquito que se había partido por la mitad. Mi primo se lanzó a ayudarla, pero no llegó a tiempo. Las llamativas extremidades desaparecieron por el agujero y la mujer aterrizó en el foso con un suculento ¡plaf! que se escuchó en toda Limeria.
Fue como si el mundo se hubiera quedado paralizado y de golpe recuperara una velocidad normal. Algunas personas se precipitaron hacia la letrina, otras hacia la casa. Se oían gritos pidiendo una cuerda, una escalera, una cámara de fotos, mientras la plañidera chapoteaba, maldecía y lloraba. Lloraba de verdad. El gran danés percibió el alboroto como una invitación y yo, de la sorpresa, no conseguí retenerlo. Salió corriendo con trote mastodóntico, llevándose por delante una maceta de geranios, una silla de plástico y el ataúd con mi abuelo dentro, que solo llegó a dar media vuelta en el aire hasta aterrizar con un ruido húmedo en el suelo.
Conseguimos sacarla. Tardamos un par de horas, pero lo conseguimos. Se nos fueron cuarenta minutos solo en intentar cazar al gran danés, que parecía decidido en derribar lo que quedaba de la letrina. La plañidera emergió con la cabeza alta y seca de lágrimas, aunque era difícil verle bien la cara dadas las circunstancias. Había perdido un zapato en todo el embrollo y cojeaba al andar. Tiró de la correa de borreguito del gran danés y juntos se encaminaron hacia los portones de salida, sin dirigirnos ni una sola mirada.
De una zancada, pasó por encima del ataúd, que seguía volteado en el suelo. Nadie lo había tocado. Creo que nos daba miedo ver qué había debajo. Lo rodeamos en silencio, observando la partida de la plañidera tras su chapuzón en la mierda generacional, y yo no pude evitar pensar que quizás mi abuelo le habría sacado más provecho a sus ahorros de haber invertido en un váter.
El libro del taller
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