Tania siempre le decía a Laura que tenían que sacarse el carné de conducir para salir de una vez por todas de ese pueblo de mierda. Salir del pueblo se convirtió en una obsesión para Tania. No tanto para Laura, que, en el fondo, disfrutaba de las tardes de los domingos en los soportales de la iglesia comiendo pipas con su abuela o de juntarse en la plaza del pueblo con su mejor amiga, porque era el único lugar con cobertura. Pero nunca se atrevió a confesárselo a Tania. En un pueblo como aquel, todo era compartido, hasta los sueños.

Seis meses después de que Tania aprobase el examen práctico, le tocó a Laura el turno de presentarse. La noche anterior apenas durmió. Su miedo al fracaso se juntó con el vértigo a aprobar. Notaba el miedo de su abuela y la presión de Tania.

A las ocho en punto de la mañana, Txema le esperaba en la puerta de casa de su abuela. De mirada amable, pero de espíritu vasco, “me cagüen Dios es que no sabes distinguir el embrague del freno, ¿o qué?”, Txema se había ganado el corazón de los jóvenes del pueblo. El billete a la gran ciudad pasaba por que Txema les explicase en qué momento concreto había que pisar el embrague. De camino al encuentro con el examinador, Txema insistió a Laura en que tenía que estar tranquila. “Si tienes que respirar ocho veces antes de entrar en una rotonda, pues respiras, y si es hasta sesenta y cuatro, pues mejor, pero ni se te ocurra entrar si aparece un tractor, ¿me oyes?”. Laura no oía y hacía ya meses que había dejado de sentir, pero se secó las manos sudadas y ajustó los retrovisores mientras el examinador se subía al coche. Era el mismo que le había tocado a Tania. Se acordaba perfectamente de la descripción.

–Bueno, a ver, eeehhh… ¿Señorita Gutiérrez? Ah, no, González. Perdone la confusión. Podemos dar comienzo al examen cuando usted quiera. Primer giro a la derecha y luego ya le voy dando más instrucciones.

Laura miró a Txema, que asintió para darle ánimos. “Pie izquierdo, embrague y vamos soltando poco a poco”, pensó Laura. Nada más girar a la derecha, se enfrentó con la rotonda más transitada del pueblo. Respiró ocho veces cuando se cruzó un tractor y dieciséis cuando lo hizo un camión. Vio por el rabillo del ojo cómo Txema se agarraba al asa con disimulo. El asa ese de los examinadores cagones, como le gustaba decir a Tania. Solventada la rotonda, Laura tuvo que pegar un frenazo brusco porque una liebre decidió cruzar la autovía. Aquí ya las respiraciones fueron treinta y dos. Oía al examinador tomar notas sin descanso.

–Y en el siguiente cruce giramos a la izquierda –dijo el examinador.

Laura mantuvo la cabeza fría. Notaba la mirada de Txema sobre ella. ¿Y si se desmayaba justo en ese momento? Tania se hubiera muerto de la risa.

A medida que se aproximaban al cruce, Laura redujo la velocidad. Las flores seguían ahí.

–¡Vaya! ¿Y todas estas flores? –preguntó entonces el examinador.

–Es por una chica del pueblo –Txema carraspeó–. Sufrió un accidente terrible.

–¡Ostras! Ya me acuerdo. ¿No la examiné yo días antes del accidente? Pobre alma. Matarse tan joven, con toda una vida por delante. A qué velocidad iría. ¿Cómo se llamaba? ¿Tamara? ¿Tatiana?

–Tania –respondió Laura con la boca seca–. Se llamaba Tania.

La vio ahí, a su mejor amiga, con su sonrisa, diciéndole que no hiciera caso a ese examinador viejo y feo. Tantas ganas de salir del pueblo, y al final se salió en esa curva. Maldito carné de conducir.

Una vez superado el cruce, Laura se sintió más ligera. Sabía que solo faltaba aparcar en paralelo, pero lo había entrenado cientos de veces con el Cuatro Latas de su abuelo.

–Bueno, pues, felicidades, señorita González, ha aprobado usted el examen –dijo el examinador cuando Laura aparcó a la primera–. Ha superado todos los obstáculos que se han presentado y ha sabido frenar en los puntos críticos. Una vez reciba el carné provisional, puede usted circular sin problema, pero con precaución.

Laura musitó un gracias y Txema le puso la mano en el hombro. Para bien o para mal, la aventura había llegado a su fin. Lo había conseguido. Iba a salir de ese pueblo.

Su abuela la esperaba con una gran tarta, porque ya sabía que su niña iba a aprobar. El sabor agridulce de la tarta las envolvió a las dos. Laura no tenía dinero para comprarse un coche, pero confiaba en poder utilizar el Cuatro Latas, esta vez sin ocultárselo a su abuela.

Dos semanas más tarde, llegó el carné provisional y su abuela le permitió dar una vuelta por el pueblo. “Pero sin salir de la rotonda grande, eh”. Laura subió al Cuatro Latas y apoyó las manos en el volante. Respiró sesenta y cuatro veces, como Txema le había enseñado, y enfiló hacia la salida del pueblo.

–Mira, Tania, ¿has visto? –le dijo a su amiga–. Por fin las dos tenemos el carné.

La volvió a ver, esta vez sentada en el asiento del copiloto. Misma sonrisa de siempre. Misma determinación para salir de ahí. O los sueños eran compartidos o no eran sueños. Le dio la mano a Tania.

–No me sueltes –susurró.

Aceleró. La curva la estaba esperando.

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