LA CITA DE LAS SIETE

LA CITA DE LAS SIETE

Plácido y Constancia son novios desde hace sesenta años. Él ha vivido ochenta y dos otoños; ella, setenta y seis. Es Constancia apasionada, fantasiosa, alegre y segura de sí y de sus encantos. No esconde el amor que siente, pregonando su pasión por Plácido y dedicándole poemas que lee en público sin percibir la sonrisa torcida que provoca en quienes la oyen.

Él, tranquilo, callado y tímido. Tozudo y extraño. Nunca ha querido a nadie que no fuera Constancia. La desea, y el pensar en ella lo estimula durante todo el día. Ni él mismo entiende por qué hizo esa promesa.

Plácido trabaja en la tierra —así lo llaman por aquí—. Pasa toda la mañana en el campo. Después de comer duerme un rato la siesta y se prepara para ir a la cita con su novia de toda la vida. Inicia su rutina diaria de aseo y se prepara el traje que tanto le gusta a Constancia.

—Pero sin corbata, que me ahoga mucho y no puedo respirar.

Una vez que ha terminado, se abofetea por el mentón unas pocas gotas del Varón Dandy que ella le regala de vez en cuando.

Antes de salir de casa coge uno de los pequeños detalles que todos los días le lleva: violetas atadas con unas fibras de esparto, frutas, ramitas de lavanda…

En una ocasión muy especial se atrevió a regalarle unas arracadas de oro que ella siempre lleva puestas y brillan cuando mueve la cabeza y su pelo se va hacia atrás. Pero todavía guarda en la petaca de su padre el anillo que, hace tiempo, compró para Constancia.

Cada tarde y a la misma hora, Constancia se asea con parsimonia: se maquilla con precisión, abrocha con esmero el cierre de seguridad de los zarcillos que su novio le regaló, prepara el conjunto blanco, siempre blanco, que vestirá para él y se calza unos de los muchos zapatos bonitos que colecciona. Antes de vestirse, vierte unas lágrimas de Maderas de Oriente en sus manos. Previamente pone crema en ellas; después, las gotitas de perfume. A continuación, pasea sus manos desnudas por todo el cuerpo introduciendo la fragancia en su piel. Año tras año recrea este ritual, percibiendo la decrepitud que sufre su hermosura.

El padre de Constancia retiró la palabra a Plácido y estuvo en guerra siempre con él. No entendía la estupidez de su hija, que continuaba viéndose con un hombre acomodado en una relación a medias, negándose a proponerle matrimonio, quizá porque desconfiaba del amor que sentía por ella.

—¡No, señor! Ese no entra en mi casa. ¡Tan hermosa como tú eres! ¡Una mujer buena y decente! ¡Si se atreve a poner un pie aquí, lo echo a patadas! —repetía cada vez más enfadado.

—Nos queremos. ¿Qué importa si firmamos papeles o no? Ha hecho una promesa y lo sabes —con determinación decidió la hija no volver a discutir el tema con su padre.

Plácido nunca ha entrado en casa de Constancia: ella lo recibe cada tarde en la puerta de la calle. Aparece subido en moto unas veces, y otras en coche. Cualquiera que sea el vehículo que conduzca, ella lo espera con un quinto de cerveza y unos berberechos; a veces, mejillones en lata.

—¿Cómo te ha ido el día? Le pregunta Plácido mientras toma el aperitivo con deleite.

—Tranquilo, como todos desde hace sesenta años.

Ella no come en esos momentos porque se le correría el carmín de los labios que, con mucha paciencia y esmero, se ha puesto minutos antes de llegar él. Plácido bebe a pequeños sorbos su cerveza y ella le va contando alegremente cómo ha pasado su tiempo. Él la oye atento, pero no dice nada. Entre pinchazo y trago, la devora con la mirada y la desea. Ella, que lo sabe, hace un movimiento sugerente y entorna sus oscuros ojos mientras se tira con suavidad de la blusa y la ajusta intencionadamente a su cuerpo para destacar sus voluptuosos pechos y encender a Plácido. Meticulosa, se recoloca el pendiente, que se retuerce y oculta su brillo.

Constancia siempre soñó con casarse; especialmente cuando era más joven y su belleza resplandecía. Hubo un tiempo en que ansiaba ser madre y disfrutar de sus hijos con su marido, con su hombre —como ella lo llamaba con frenesí—. Fueron pasando los años y se resignó a la idea de no vestir nunca aquel velo blanco y ese anillo tan deseado. Tuvo que soportar las risas de unos y otras, que con malignidad la herían profundamente. No por ello rompió la relación con su novio ni ha disminuido su amor hacia él; al contrario, sigue soñando ilusionada y no ha faltado ni un solo día a la cita que ambos pactaron: en la puerta de su casa, a las siete de la tarde.

No salen en pareja a ningún lugar público, excepto a los toros. Cuando hay corrida, él la sube en su coche y la lleva a la plaza. En esas ocasiones ella se pone un sombrero cordobés, un mantón de manila y una flor en el pecho tapando el canalillo.

—Flor delante busca amante —le dicen con guasa.

—Yo ya lo he encontrado —cogiéndose altanera del brazo de su novio, sigue su camino canturreando unas sevillanas.

Plácido había prometido no abandonar la casa de sus padres hasta que ellos murieran. Tenía otros hermanos menores que él, por lo cual se sentía responsable de todos. Amaba a Constancia, pero veía el miedo del abandono en los ojos de su familia y no encontraba fuerzas para retarlos. Desde hace mucho tiempo, en su coche había pasado todo lo que tenía que pasar… y ya no era un jovenzuelo ansioso…

Fallecidos su padre y su madre, a Plácido le pesaba cada vez más la soledad. Sentía un hondo frío en aquella casa oscura y deseó que Constancia estuviera allí con él: hablando sin parar y riendo, provocándolo.

—Sí, ya quiero tomarme el aperitivo en casa.

Decidió que había llegado el momento de arriesgarse, y fue en busca de la petaca donde guardaba el anillo que compró pensando en la que era su novia desde hacía tantos años. Aquella tarde llegó unos minutos antes de las siete. Ella estaba esperándolo en la puerta de su casa, como siempre.

—Es hora de que vivamos juntos y nos casemos —emocionado, le propone él ofreciéndole el anillo.

Suenan siete campanadas en el reloj de la iglesia. Constancia levanta la cabeza con orgullo contenido.

—Ya no deseo casarme. Aquel anhelo ha ido muriendo cada tarde delante de ti. No quiero el anillo.

Al apartar una lágrima rebelde, la cálida luz del momento hace que las arracadas emitan un destello especial.

—Si uno no quiere, dos no se casan —responde Plácido contrariado —¿Seguiremos viéndonos cada tarde?

—Mientras esté viva acudiré a nuestra cita de las siete. Vengas tú o no.

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS