Aguadas sobre los cardenales del alma

Aguadas sobre los cardenales del alma

Pilar Riera Díaz

23/06/2026

    Los médicos me habían recomendado caminar. Como si fuese tan fácil; como si no fuesen conscientes de lo que suponía mover un cuerpo que hacía ya tiempo que deseaba estar muerto. Pero yo soy obediente. Siempre lo he sido.

    Aquel día, mis pasos forzados me llevaron hasta el casco antiguo de la ciudad. Me había dejado arrastrar sin propósito hasta el viejo barrio en el que viví veinte años atrás, pero del que la vida —esa que decide tantas cosas, que te empuja de aquí para allá sin preguntarte— acabó alejándome. Ahora que pisaba de nuevo aquellas callejuelas, evocaba rincones, olores, y sonidos, que poco a poco se acomodaban en mi alma con la misma facilidad con la que uno lo hace a la vieja cama de su infancia. Me reconfortaba encontrar espacios conocidos, aromas conocidos, sensaciones conocidas que me acunaban y me dejaban como mecido por el mar en una de esas pozas entre rocas donde bañarse a salvo de las convulsiones de las olas.

    Me llamó la atención el enorme escaparate abierto en la fachada del viejo anticuario: un gran ojo cuadrado por el que se podía atisbar parte de lo que guardaba dentro. Yo recordaba una doble puerta de cristales casi translúcidos por el polvo, que permitía apenas ver el interior: sobre mesas de diferentes alturas y estilos o en butacas atestadas, dormían acunados por el tiempo el plumín de oro de una estilográfica, un crucifijo de carey o una peana traspasada de túneles que la carcoma misma ya hacía tiempo que había abandonado. En mi memoria, la finísima capa cenicienta que cubría la variopinta maraña de piezas, armonizaba con el gris que diluía el color zanahoria del cabello del regente del local: un hombre de unos setenta años de gafas redondas y piel muy blanca sobre la que se pintaban pecas rojizas.

    El descubrimiento del nuevo ventanal que detuvo mi deambular constataba que en aquel rincón de la ciudad el futuro le estaba ganando el pulso al pasado. Había desaparecido el colmado, la mercería con estanterías hasta el techo adornadas con botones de todos los tamaños y colores, el zapatero cuyo pequeño cubículo desprendía aquel olor a goma que se percibía aún desde el exterior. Me dolió la certeza de todos esos cambios pues hacía tiempo que mi yo se había arrancado los ojos del mañana y en sus cuencas vacías ya no parecía querer entrar nada nuevo, nada nuevo tenía el brillo suficiente para ser visto. Pese a lo angosto de la calle, los rayos del sol entraban en la sala diáfana ganada por el derribo de tabiques, y arañas de cristal pendían de los techos alimentando esa claridad de lo moderno, ese blanco que, como anuncio del progreso, contrastaba con el gris amarronado y antiguo que aún destilaban muchos de los edificios del barrio. En la pared de enfrente, colgada sobre un canapé de formas curvadas y tapicería burdeos, y enmarcada por marinas, bodegones y retratos de diferentes tamaños, una pintura me sedujo. Sus colores me atraparon, evocaron de inmediato algo familiar y cálido, y tiraron de mí con un magnetismo al que no quería resistirme, en el que deseaba envolverme. Los tonos azules morían en magentas y morados, que se degradaban diluyéndose al límite del blanco; turquesas y cianes se iban velando como licuados, hipnóticos, hacia el exterior. Desde fuera, me pareció una acuarela, aunque me extrañó su tamaño desmesurado. Entré con la intención de averiguarlo. Al acercarme, constaté que se trataba de un acrílico sobre lienzo que jugaba con difuminados, transparencias y veladuras más propias de las aguadas. Ninguna figura me absorbió, solo los colores.

    No podía separar mi vista del cuadro. No quería.

    A medida que el color se diluía, mi alma se apaciguaba.

    El cuadro no estaba firmado y era parte del lote de una subasta de mobiliario y enseres de un coleccionista aficionado, me informó el regente del local mientras se me acercaba por detrás; ni su traje de alpaca ni sus zapatos caros, sino el tono anaranjado de su cabello cortado a navaja, me permitió reconocer al hijo del viejo anticuario. No fui capaz de atender entonces a sus explicaciones ni al precio, lo pagué y le pedí que me lo llevaran a casa.

    En ese momento no entendí demasiado lo que me invadía; solo era consciente de haberme sumergido en un pasado que, a fuerza de ser doloroso, estaba empezando a perder, poco a poco, su endiablada amargura. La rabia ya no me dificultaba la respiración, tuve la sensación de que me permitía aflojar la rigidez de la mandíbula y algún recuerdo dulce empezaba a aflorar con suavidad.

    Al salir, una lluvia fina que tamizaba la luz del sol humedeció mi ánimo.

    En cuanto llegué a casa me precipité a buscar entre sus láminas y sus cuadernos de dibujo con los que en las tardes de domingo le gustaba entretenerse. Me vino, nítido, el recuerdo: los dos en la sala, embriagados de la Glenn Miller Orchestra; aislados pero juntos. Mientras yo leía o escribía o preparaba clases, ella nadaba entre mil bocetos extendidos sobre la mesa, sus acuarelas, sus botes, sus pinceles, sus carpetas. Se entregaba con entusiasmo a esa actividad tan diferente a su trabajo diario de contable, como si aquella, y no su rutina laboral, fuese su auténtica historia; como si las pinturas que poco a poco iban quedando en el papel, en los pinceles, en sus dedos, la atasen a la vida, a aquellos momentos de aparente quietud. 

   Y todas aquellas horas, de tan sosegadas, me llevaron a creer que ahí estaba la realidad y que ahí iba a seguir estando.

    Nunca supe que hubiera vendido ninguno de sus cuadros, pero sí que regaló algunos a conocidos que se los apreciaron.

    Bajé al sótano donde había ido acumulando todo lo que mi vista ya no podía soportar. El haber relegado allí abajo sus pinturas y sus cosas no fue una decisión premeditada, sino la respuesta inconsciente a una necesidad de aire para calmar el ahogo que me atravesaba cuando me topaba con sus objetos por la casa. Por ello dejé que sus recuerdos fuesen ocupando allí el espacio que mi mente aún no estaba preparada para albergar.

    Mientras descendía por las escaleras, algo parecido al vértigo que se siente antes de lanzarse desde un trampolín elevado —temor y emoción— me obligó a agarrarme con fuerza al pasamanos. Una vez abajo, recorrí en desorden los caminillos que el caos construyó para poder ir alcanzando los rincones aún vacíos donde seguir archivando recuerdos, hasta que encontré sobre una de las cajas apiladas lo que aún no sabía que buscaba, como si el azar hubiera querido dejármelo a la vista: el cuaderno estaba abierto por una página sobre la que empezaba a acumularse el polvo que acompaña al olvido. Por los tonos, los degradados, los azules y morados, la acuarela pasando de lo vivo y real a lo disuelto y ya inexistente, no cabía duda de que lo que yo interpreté como unas pruebas de color o como reflejos en el mar de un cielo borrascoso era un boceto de aquel cuadro que desconocía y que ese día había recuperado.

    Y entonces rompí a llorar. Un llanto desesperado que fue tornándose en un sollozo acompasado y doliente.

     Mis lágrimas creando aguadas sobre los cardenales del alma.

Hoy me han traído el cuadro y, sin haber decidido antes dónde quería colocarlo, he pedido que lo dejaran sobre la chimenea. Ni siquiera quería ver cómo lo desembalaban. Temía volver a observarlo. Temía al dolor y al vacío.

    Y ahora está ahí, delante de mí. Y lo miro.

    Lo miro y escribo. Escribo y la veo a ella. No había vuelto a escribir desde su muerte.

    Y es como antes, cuando yo escribía y ella emborronaba cuadernos a mi lado.

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