
Empezó sutil, en una puerta. No en cualquiera: en la de entrada. El marco desbarajustado. No giraba la llave. Raro. Cómo vamos a dejar la puerta abierta. Martillazos, golpes. Y varias preguntas.
En esa época todo era danza. Nada, no me pasa nada. La garganta se atora, pero no me pasa nada. Por qué no iba a oscilar también el piso. La ilusión de que todo ―después de pintar y amueblar, después de soñar― sigue igual aunque la puerta no cierre. Tocar un solo punto para moverlo todo, como en danza.
Vivíamos en un piso antiguo al interior. Patios de blanco, azul, huecos pequeños. También luz y nubes y lluvia en el tejado. Con la emoción del inicio salíamos casi cada día como gatos por la velux. Nos acomodábamos entre las tejas, miles de ellas. No necesitábamos ninguna: nos salían alas. Vivamos aquí para siempre, dijo uno de nosotros.
De la entrada el problema pasó a la cocina. El sonido de los martillazos y el olor a humedad ya no nos resultaban extraños. Misterio resuelto: los del segundo habían quitado una viga al reformar. Tocarles las vigas a seres de más de cien años que fueron árboles es cosa seria. Los vecinos, no. Nos inclinaron a todos. A él y a mí nos perseguían las estructuras de madera. Viejas. Húmedas. Podridas. Nosotros también con estáticas antiguas caladas en el esqueleto de nuestra historia.
Nos quedamos sin cocina. El suelo era feo, los muebles viejos, todo bien. Serán dos semanas, dijo el casero. Fueron seis. Al abrir la puerta de la cocina nos podíamos asomar al piso de abajo. Quitado el suelo emergió el vacío bajo nuestros pies. El agujero se lo tragó todo. Desaparecieron las mañanas lentas. Cocinar con un vino. Invitar a gente. ¿Bajamos al bar a desayunar? No, no quiero el café con leche en vaso de caña. Ya no quedó la vuelta a la cama tras el desayuno ni el calor del sofrito de ajo y cebolla para la cena, ni el esfuerzo de subir cinco pisos con la compra los sábados. Sorprende lo que desaparece junto con la rutina.
A veces al entrar en casa me envolvía un aroma dulzón, a vainilla, sobre el olor fresco de la colada y el áspero de la madera. Olor catapulta de un cuerpo al encuentro del otro. Acercamiento torpe y nuestras miradas color oliva que no se sostienen. Sí, salgo esta noche otra vez.
En algún lugar del mundo alguien guarda ropa en bolsas de basura, alguien corre bajo la lluvia, alguien usa masilla para cerrar un nicho.
Volvió la cocina. Ilusión, ¿no?, dijo el casero. Sí, bueno, claro, por supuesto, dijimos nosotros. El suelo quedó más bonito, vale. La puerta terminó algo chueca. Pero ahora que se nos había olvidado preguntar ¿cómo estás? ―y nos peleábamos porque te toca a ti fregar, porque quita tus cosas de la silla, porque no me escuchas cuando te cuento―, ahora podíamos cocinar a deshoras mirando al blanco del patio.
De forma casi imperceptible nos dividimos el piso. Mucho curro, hoy ceno frente al ordenador, me decía las noches que nos quedábamos los dos en casa. Pausa, cinco segundos de titubeo, de ojos al suelo buscando una salida. Él solía acabar las frases con nena. Los dos nos dimos cuenta de esa ausencia. Le miro queriendo decir algo, atrapada en lo que ni sé pero en realidad ni hablo ―¿no quería? ¿no podía? Vale, me quedo escuchando música en la isla. Buhardilla para el trabajo. El sofá chaiselongue, primer sofá grande y cómodo que por fin tuvimos y al que llamábamos isla, en el salón. Arriba él, abajo yo. Miraba desde mi naufragio, cambiando vinilo tras vinilo, hacia un rincón bajo la escalera metálica de caracol. El rincón del gato. Pero no había ningún gato. Él tenía asma. Yo lo tenía a él. El sofá había conocido mejores expediciones.
A oscuras en el dormitorio descubrí que el suelo de la buhardilla dejaba filtrar la luz a través de los listones de madera. Y crujía. Cada vez que él se movía en su silla de oficina, crujía el suelo y yo no podía dormir y pensaba en esa canción de Cohen, there is a crack in everything.
Nadie más podía dormir. La obra del segundo nos descubrió a todos que vivíamos en un colapso inminente. Yo seguía viendo ―necesitaba ver― a la casa en danza, en el instante del salto que transforma al bailarín en personaje ingrávido que espera el roce con otro cuerpo. Ellos, los técnicos, vieron, siguiendo el camino vertical ascendente de los pilares de madera que el agua, sorpresa, seguía el mismo camino descendente. Nuestras tejas. Nuestra velux. Al abrirla se escuchaba el murmullo de la Gran Vía. Salgamos una vez más, dijo uno de nosotros. De nuevo la vacilación, la mirada en desequilibrio. Vale, salgamos. Uno primero, el otro después. Un abrazo con medio cuerpo dentro, medio cuerpo fuera. Se abre paso un te quiero. Nos sorprendemos los dos. Por razones distintas.
Ahora tocaba el tejado. ¿Nos imita o se burla de nosotros? Sí, las casas no se empiezan por el tejado. Sí, las casas terminan por el tejado. Las cosas terminan.
Tres semanas nos prometieron esta vez. A cielo abierto no os podéis quedar, nos advirtieron. Hicimos una maleta con lo básico. Dos maletas. Llenamos mochilas con libros. Va a haber mucho polvo. Buscamos esos plásticos enormes para proteger, los mismos que usamos dos años atrás al pintar, entre risas y a brochazos, aquella pared del salón en naranja Pantone PMS 1585 y la del dormitorio en burdeos Pantone PMS 1787. No habían perdido todavía la calidez al reflejar el sol. Los plásticos ahora me hacían pensar en el rostro de Laura Palmer, cuando el policía bajaba la cremallera de la bolsa para cadáveres. La cama, los cojines de Marrakech, el tocadiscos. La isla. Todos cubiertos. Los cuadros, ¿los descolgamos? Los metemos en una caja. ¿Y el que nunca supimos dónde colocar? Sí, mejor todo en cajas. Todos cuerpos fríos y azulados. Los momentos que pasamos, ¿también envueltos y sin aire?
Era una mudanza que no era mudanza. Fueron tres meses. Tiempo suficiente para volver todo recuerdo.
Volví sola. A separar el contenido de las cajas. A llevarme mis libros con esquinas dobladas, los cómics que me regaló, los vinilos de nuestras noches. Le dejé el sofá. Abrí la velux una última vez: las tejas nuevas, el ruido. Ya no había danza. Sólo el crujido de las grietas que ya no compartimos.

El libro del taller
OPINIONES Y COMENTARIOS