Henchido. Esa es la primera palabra que le vino a la mente. No orgulloso, triunfante, campeón o cualquier otra. Henchido. Juan se sentía henchido. Ni siquiera estaba seguro de poder explicar el significado de esa palabra. Quizá completo, relleno de satisfacción y de autocomplacencia, con un matiz de gordura. Como quien se acaba de zampar el festín del siglo y lo ha disfrutado más que un niño un regaliz. O como una araña que ha devorado a una presa el doble de grande.
Juan acababa de finalizar su primera novela. Después de pulsar la tecla Intro por última vez, lloró un poquito. Lloró de fatiga, de emoción y de pena por la despedida. Y luego se sintió henchido. No había estado seguro de poder hacerlo. Nunca, ni cuando la empezó ni cuando estaba a punto de terminarla. Pero aquel día estaba poseído por la historia, los dedos bailaban sobre el teclado como las patas de una araña envolviendo a su presa. Se sentó frente al ordenador antes de que amaneciera, desvelado por una idea, y siguió sin parar hasta que el sol empezó a ocultarse de nuevo. De repente, escribió “Fin” y se recostó sobre la silla. Ahí estaba, frente a él: su primera novela completa.
Se levantó para ir al baño, secándose los ojos con el dorso de la mano izquierda. Estaba adormecida: demasiada tensión en las últimas horas o días. Movió los dedos de la derecha, pero no tuvo la misma sensación. Quizá escribía más con una que con otra. Cerró la izquierda en un puño muy apretado, como si quisiera aplastar un insecto. O una araña. Le dolió levemente. El dolor del escritor. Se sintió aún más henchido, si es que aquello era posible. Sufría el esfuerzo físico de haber trabajado como un psicópata en las últimas páginas, y se dio cuenta de cuánto empeño había puesto. Era su primera novela, pero no era solo eso. Era una obra maestra, él lo sabía y pronto lo sabría el resto del mundo. El orgullo le llenaba los pulmones. Notaba cómo caminaba más erguido y, aunque lento y pesado, con el pecho inflado como el de un palomo. Henchido, al fin y al cabo.
Después de orinar durante lo que calculó que debía de ser entre un minuto y una hora, se lavó la cara en el lavabo. Vio en el espejo unas mejillas enrojecidas y una sonrisa que abarcaba la mitad de su rostro. Se peinó con una mano, la que no le dolía. Apenas notó el pelo escurrirse entre sus dedos adormecidos. A pesar de sus muchos kilos de más, se veía guapo. Atractivo. El escritor henchido, pensó. Quizá sería el título de su próxima novela. Llevaba meses sin ver a nadie y sin hablar prácticamente con nadie, salvo el repartidor de pizzas. Miró a su alrededor, a todas las cajas vacías amontonadas y esparcidas por el despachito y por el salón. Captó por primera vez el olor a cerrado, a cartón húmedo, a queso pasado y a pepperoni rancio. Ni siquiera había salido a comprar comida ni a tirar la basura. Quería, necesitaba acabar su novela. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Semanas? ¿Meses? No estaba seguro. Había luchado contra el folio en blanco durante mucho tiempo y por fin lo había vencido. Eso era todo, lo único importante de aquel proceso casi interminable: había salido victorioso. Como una araña enfrentándose a una avispa en su tela. Había conseguido esquivar el aguijón y la había atrapado, la había envuelto y había succionado todo su jugo. Jugo de palabras. Puede que ese fuera el título de su próxima novela. Se rio.
Fue al salón y sacó una botella de bourbon y un vaso de su minibar con forma de bola del mundo, comprado por internet. En las fotos de la tienda virtual parecía muy realista, pero, en persona, el mapa era un puzzle de varios mapas antiguos mal escaneados. Se sirvió una copa y se sentó en el sillón de cuero de imitación. Miró por la ventana. La gente caminaba por la calle ignorante de lo que acababa de suceder, del hito literario que se acababa de fraguar en ese piso genérico, indistinguible desde la calle de aquel donde ladraba un perro, o de ese otro donde una señora tendía su ropa interior beige. Gente que desconocía la obra que acababa de parir Juan. La novela del siglo, pensó. Bebió, y el vapor del whisky entró de lleno por sus fosas nasales, desplazando el olor a pizza antigua. Notó el calor del alcohol bajar por su garganta. Se preguntó si habría espacio suficiente en su cuerpo para algo más. Sentía que todo el hueco estaba ocupado por su henchimiento. Le pareció que el bourbon trataba de abrirse paso por las vísceras, entre la piel y los músculos, buscando una manera de llegar al estómago. Empezó a sudar y lo atribuyó al calor de la bebida. Debería haberle puesto hielo. Volvió a beber.
Dejó la copa en la mesita que tenía junto al sillón y se desabrochó la camisa humedecida y ligeramente apestosa. Sentía su cuerpo gordo aún más gordo. Inflado. Estaba henchido hasta límites casi insoportables. Una alegría inmensa lo llenaba todo. Un orgullo de padre que acaba de parir a su criatura a través de sus dedos rechonchos. El gozo del cazador que por fin ha conseguido atrapar a su presa. Atraparla en su hilo de seda.
Algo le hizo mirar al techo. En un rincón, lejos de su alcance, una telaraña se agitaba. Vibraba reflejando en los hilos la luz anaranjada del sol poniente. Entrecerró los ojos para enfocar mejor. Vio que la araña estaba envolviendo algún insecto. Notó un pinchazo en su mano y miró esperando, sin mucho sentido, encontrar allí a la araña. No había nada. Solo henchimiento, una sensación que le desbordaba el corazón. Le apretaba el pecho, podía sentirlo. Estaba cada vez más lleno de satisfacción, de alegría, de orgullo. De plenitud. Tanto que dolía.
Miró de nuevo a la araña, que empezaba a alimentarse de su presa. Le pareció que comenzaba a inflarse. Se está hinchiendo, dijo intentando dibujar una sonrisa en su cara roja y sudorosa. Orgulloso de su ingenio, empezó a sentir que su propio henchimiento le oprimía los pulmones. Quiso levantarse, pero apenas sentía las piernas. Siguió mirando a aquel rincón sin fuerzas para moverse. Creyó ver que el tamaño de la araña se duplicaba, se triplicaba, se cuadruplicaba… Cada vez más llena, más henchida. Comenzó a ver cada detalle de su cuerpo con más definición: las patas negras y peludas, los pequeños garfios en sus extremos, los ojos, múltiples ojos que parecían mirarle a él también… Ojos que se iban haciendo más y más grandes. Y su boca, aquellas mandíbulas potentísimas acabadas en astas de toro que se clavaban en su presa.
Cuando Juan dejó de respirar, la araña, ya llena, había dejado de succionar a su víctima, tres veces más grande que la cazadora. Tendría para alimentarse hasta reventar.

El libro del taller
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