Y Hopper pintó a Lucía

Y Hopper pintó a Lucía

Aliste

19/06/2026

Tienes dudas hasta última hora. Tenías previsto aprovechar el fin de semana para ir a esquiar con Lucía, mejor dicho, para aprender a esquiar. Hasta habías comprado el equipo completo, salvo los esquíes. Lucía dice las tablas. Pero el viernes comenzó a llover y la nieve desapareció. Se suspendieron las clases y la oferta de conocer las pistas y unas explicaciones teóricas te pareció un sacacuartos para tontos. Además, sin nieve, Lucía no quiere saber nada de la sierra. Luego pensaste llamarla para ver la exposición de Hopper que inauguraron hace unos días, pero imaginas que tal vez tenga otros planes y cuelgas el teléfono antes de marcar.

Por eso, cuando Roberto te dice que van a abrir una nueva ruta en la Cueva de los Lobos decides ir. Acordáis que, como eres profano en espeleología, permanecerás en el campamento base para dar apoyo a los que intenten abrir una nueva ruta. Dar apoyo es una bonita forma de decir que no molestes, que estés quietecito donde te digan. La entrada de la cueva está en la ladera de una loma, por la parte norte, donde el hielo es constante hasta la primavera. Sudas mientras subes el sendero que lleva hasta la caverna, te ayudas de las manos cuando nadie te mira y luego te las limpias a las perneras del pantalón. Resbalas porque tus botas no son adecuadas y quedas algo rezagado de los demás. Un resbalón y una marca en tu rodilla. Llevas el pantalón de esquiar, porque te han dicho que hace frío en las entrañas de la tierra y resulta que acabas de romperlo, pero no dices nada porque odias que se rían de ti. Aguantas el dolor y aceleras para situarte junto a los demás. Simulas despreocupación y alegría, igual que todos, como si te emocionara caminar bajo tierra, conocer las maravillas que dicen permanecen escondidas para los cobardes, donde no sabes si será fácil respirar. Debías haber seguido tu primer impulso. Hopper es luminoso y, sin embargo, pasarás el día bajo tierra. Además, la sonrisa de Lucia tiene un efecto balsámico para guardar en la memoria toda la semana. Sus manos, trazadas con precisión milimétrica se mueven como las alas de un pájaro. Hay momentos que parecen flotar independientes del cuerpo. Cuando entráis en la cueva la sorpresa es lo primero que viene a tu cabeza. Aquello parece un refugio de pastores por la suciedad que se acumula junto a las paredes y los restos de fuegos antiguos. Tropiezas con bolsas de basura en descomposición y huesos blanquecinos. En las paredes hay conchas incrustadas, como restos de mares ancestrales ricos en animales vivos, ahora muertos, calcificados. Continúas como si tu vida buscase un origen oculto en los recovecos de la cueva mientras procuras no perderlos de vista,

Pero un remonte inesperado y una abertura de apenas setenta centímetros conducen, por un estrecho pasadizo que se retuerce torturado como una vieja chimenea de volcán, a la Sala del Órgano. Aquí establecéis el campamento base. Cuando la luz de las linternas ilumina aquel espacio inmenso aprecias su belleza. Desde la bóveda, cayendo en una cascada compacta, observas el racimo de estalactitas que descienden como tubos hasta el suelo. Los hay de distintos colores y grosor variado. Una inmensa sala convertida en auditorio del silencio. Te sorprende la paciente constancia de la naturaleza y el laborioso proceso de cincelar sus entrañas en silente oscuridad. Deambulas ensimismado hasta una zona alejada cuando escuchas gritar tu nombre. Ante ti, está la sima que lleva al río subterráneo al que las lluvias de los últimos días han aportado un caudal profundo que llega mortecino a tus oídos. Un temor súbito acelera tu corazón y retrocedes asustado. La humedad que impregna las rocas y el aire de la cueva, parece que envuelve tu cuerpo como un paño abandonado. Permaneces callado para escuchar la naturaleza que deposita pequeñas gotas de agua en lugares escondidos, donde la negrura aguarda sigilosa, hasta las voces de los otros se amortiguan y rebotan en aquel espacio vacío. Por qué has venido, te preguntas mientras todos hablan y se preparan para explorar. Apenas llevas unos minutos en la cueva y ya sientes que este año tampoco aprenderás a esquiar, que Hopper no esperará tu regreso, y no alcanzarás a sentir, o a imaginar, lo que transmiten sus pinturas. Solo recuerdas uno de sus cuadros, que tú llamas, el óleo de Lucia. Aquella tarde, sentados uno al lado del otro, tu rodilla izquierda se apoyó en su rodilla desnuda, pues su falda se había recogido cuando ella cruzó las piernas bajo la mesa. El calor de su piel elevó una vaharada de perfume que cubrió vuestros cuerpos de certezas durante un instante. Tú viste su rodilla desnuda como si la mesa fuese de cristal y permaneciste muy quieto, porque temías acabar con aquel instante íntimo y subjetivo. Luego, acercó su taza de café y continuó hablando de pintura mientras te mostraba unas láminas de lo que llamó nuevo realismo americano. Ésta eres tú, dijiste sin pensarlo, y tu mano al señalar la mujer pensativa y solitaria, ocultó el radiador con manchas de óxido pintado bajo la ventana. Lucía te miró un instante y llenó tu espacio con su risa.

Recuerdas la mujer sentada que inclina su cabeza ante una taza, en una mesa aislada, en una estación perdida de la América profunda, que podría ser éste mismo espacio, real y metafísico a la vez, por el frío y la soledad y la negrura que todo lo rodea. Este mundo oscuro, como las ciudades luminosas de Hopper, sin multitudes, con seres aislados que intercambian unas monedas por un café en un expendedor automático, sin hablar con nadie.

Cuando el murmullo de sus voces se apaga tras una curva notas un ligero escalofrío por el hueco que su ausencia dejó a tu alrededor. Ahora que estás solo, entre mochilas, arneses y accesorios cuya función desconoces, con una luz mortecina, porque los demás se han llevado las voces y los cascos y las lámparas y la sensación de que algo importante puede acontecer, miras los reflejos en la cúpula de pequeñas estalactitas con caprichosas formas bulbosas, y la base circular de las estalagmitas que han sido arrancadas, a ras de suelo, para adornar las casas de recreo y los jardines de los chalets que se ocultan tras un muro en la zona residencial de la ciudad. Solo tu voz continúa pegada a tu cuerpo porque todo lo demás es extraño, como tu piel emitiendo calor por todos sus poros es ajena a ese mundo inmóvil. Piensas que, tal vez, todo forme parte de una belleza oculta, solo accesible para quienes desprecian la luz de la mañana, a espaldas del sol que hace brotar la vida. ¡Como si bajo tierra la oscuridad no formase parte de la vida! Cara y la cruz de la naturaleza, única y dual.

Sin embargo, no puedes evitar preocuparte porque Lucía tal vez sepa que preferiste una gruta salvaje y olvidada, un sonido de agua que resbala y cae en algún lugar remoto, a su compañía, porque será confesar que te importa menos su presencia que una cavidad, secreta y húmeda. No quieres pensar, y menos imaginar que tus amigos pueden haber encontrado otra salida, lejos de donde tiritas de frío, con la lámpara que pierde intensidad y pronto todo será negrura, y misterio, y pánico, porque no recuerdas los estrechos recodos y pasos que deberás atravesar de nuevo para ver la luz del sol. No es momento de ajustar cuentas con tus decisiones. Ni de olvidar a Lucía que espera el instante de imaginarse sentada, con la mirada perdida a través de la ventana, como Hopper sienta a sus mujeres, observando lo desconocido, la libertad. No habías pensado pasar esta mañana enterrado a escasos metros de la luz del día. Ni dejar a Lucía para acompañar a quienes te abandonan, porque ellos sí disfrutan de vivir como insectos mientras se arrastran por tubos de magma en total oscuridad. Espectros que reptan por las venas ocultas de la tierra con los brazos por delante, para no quedar atrapados y bloquear a los que esperan su turno de los que ya han pasado camino de esa ruta desconocida que no saben si existe o es una teoría inventada para justificar nuevos retos.

En lo íntimo de tu cerebro la decisión está tomada, tienes que intentar salir de ese encierro ahora que la luz está débil, apenas unos destellos, como llamadas sigilosas en tu boca abierta. Y cierras los ojos, porque ese gesto inútil crees que te permite orientarte, recordar los pasos que seguiste al entrar en la cueva, los giros, el tacto áspero de la roca, la liviana humedad deslizándose por la pared, el frío que se acerca para rodear tu cuerpo, para estremecerte, para acrecentar la soledad y el silencio. Ese mutismo que aturde tus sentidos como una tormenta en la cumbre de una montaña bajo árboles centenarios, con la soledad como única compañía. Pero, ¡caminar hacia dónde! Si contienes la respiración te llega un murmullo de agua que todo lo envuelve. Estás desorientado y no te atreves a moverte. Sabes que la sima espera con infinita paciencia, y te llama en un murmullo que el eco amplifica con falsa voz.

A tu mente regresa la mujer solitaria, Lucía sentada, Hopper trazando, con un pincel liviano, los dedos de su mano derecha sobre el asa de la taza; la mano izquierda oculta por el guante de cuero que contrasta con el verde de su abrigo, porque Lucía siente el frío que ocupa tu cuerpo, y junta sus piernas bajo la mesa solitaria en un gesto íntimo. Y tú no puedes abandonarla en la oscura noche que la rodea, en el solitario paraje donde no sabe que te espera. Tienes que regresar junto a ella, dejar atrás todo lo que te llevó a este encierro.

Caminas a gatas para buscar el camino de regreso; arrastras una mano y otra mano, mientras tanteas el suelo frío. A veces, cambias de dirección porque parece distinguirse un destello, o un soplo de aire que indica la salida. Y avanzas y retrocedes; y tiemblas y lloras y te deslizas por espacios que apenas permiten el paso de tus hombros. Y tropiezas y caes en una oquedad que maltrata tu cuerpo hasta que lo deja abandonado en una posición inverosímil. Tu pierna cuelga inerte de un reborde donde tu mano no encuentra el suelo áspero, ni el barro endurecido, solo el vacío y el viento que asciende de un espacio hueco y tu mano, temerosa, se recoge en un gesto incontrolado junto al pecho, y quedas inmóvil, con la respiración que te impide escuchar si al fondo está el sonido lejano del río tumultuoso y oculto.

Podrías saltar a la oscuridad, como en un sueño. Tu cuerpo, un cuerpo ajeno con girones arrancados por las aristas de la oquedad que, como un embudo, tal vez conduce al torrente oscuro. Mientras, Lucía, inmóvil donde Hopper la pintó, hermosa como una diosa abandonada, presiente marchitarse la fruta roja y amarilla en el alfeizar de la ventana.

Sabes que no has cumplido las reglas. Abandonaste el lugar establecido, el campamento base, donde todos esperaban encontrarte, la estación donde Lucía soportaba la soledad de la espera con la liviana protección de su sombrero de fieltro sobre sus ojos entornados y su boca roja sin una mueca de disgusto. Su boca roja y las rojas manzanas al alcance de su mano. Apoyas tu cuerpo en la roca húmeda rodeado de vacío, incapaz de moverte. Esperas que vengan a tu encuentro, porque quieres imaginar que vendrán en tu busca, su sorpresa al no encontrarte, sus voces inaudibles, su rabia por estropearles este día. O tal vez, el agua mineralizada que empapa tu ropa y deja a su paso un perceptible rastro de calcita, cubra tu cuerpo poco a poco, opacando tu mirada, mientras transforma tu figura de atlante, definitivamente olvidado, y lo preserva de la nada.

Muy lejos, Lucía, sin soltar su taza, ve que llegas sofocado, con tu sonrisa para iluminar la noche, y abres la puerta, y te sientas en la silla colocada frente a ella para acariciar su mano desnuda y fría por la espera.

La autómata (1927), Hopper

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