Una vez más me estreno como seño, igual que siempre al reiniciar el ciclo en la clase de tres años. Este curso nos llamaremos Caballitos de mar. Nuevo grupo, nuevas familias, nuevo reto. El periodo de adaptación está siendo un valle de lágrimas: los niños y sus madres tratando de superar ese primer desgarro y yo añorando a mis Delfines, que ya han pasado al cole de mayores.

Hoy, para celebrar que por fin parece que nos vamos acomodando, he decidido empezar el día abriendo mi cofre del tesoro, mi viejo baúl lleno de disfraces, telas, bolsos, sombreros, zapatos… recogidos año tras año y que suele convertirse en su juguete favorito.

Saco tres o cuatro cosas, me pongo un pañuelo de pirata y simulo un parche en el ojo. Van acercándose, al principio con precaución, las cosas nuevas les dan un poco de recelo; enseguida los más atrevidos empiezan a repartir por la clase todas las maravillas que encuentran. Me pinto bigotes y al momento tengo una cola pidiendo flores, corazones o mariposas. Nada que no haya vivido mil veces.

Poco a poco se va perdiendo cada uno en su fantasía y puedo centrar mi mirada en el grupo, observándolos. Me llama la atención ver a Andrés extasiado ante un tutú de color lila. Lo tiene colocado sobre la mesa y trata de alisarlo con sus manos, acariciándolo con suavidad, como si fuera un sueño.

Me acerco a él:

—¿Quieres que te ayude a ponértelo?

Me mira de soslayo, dudando, un poco avergonzado.

—Mmmm… Me parece, me parece que sí que quieres. ¿Lo ponemos?

Me sonríe y levanta los bracitos.

Le queda perfecto, igual que si lo hubieran hecho para él. Corre a mirarse en el espejo y viene a pedirme que le ayude a desabrochar el botón de los pantalones. Se quita las sandalias y empieza a correr por la clase dando saltos y vueltas. De vez en cuando, se para a mirarse y ensaya pasos. Encuentra también una diadema de flores y una varita mágica que le parecen el mejor complemento.

Pongo música de ballet y empezamos a bailar a lo loco.

Llega la hora de recoger, les explico que hay que guardar las cosas bien ordenadas para poder seguir jugando otro día.

Andrés se quita el tutú y lo cuelga con sumo cuidado en su percha. Me mira, pidiendo permiso, y yo no le digo nada.

Cada mañana, cuando llega, vuelve a ponerse el tutú, y no se lo quita hasta la hora de sentarse, a la espera de que lo recojan.

Nadie en la clase se ha extrañado por esto. Algunos han protestado porque también quieren tener su disfraz favorito. Se lo he permitido.

No es la única vez que he tenido alumnos que se disfrazan con tules y dibujan princesas, y niñas que se pelean por hacerse un hueco jugando al futbol. Nunca había visto a nadie así de feliz cuando se viste casi con solemnidad cada mañana con su tutú.

En el primer trimestre, entrevisto a todas las familias para cumplimentar la historia personal de cada alumno. También a la de Andrés. Me lo he pensado mucho. Este es un tema muy delicado y todavía no los conozco demasiado. No estoy segura de que tenga que comentarles nada. Tengo dudas sobre cuál será su reacción y de ningún modo le quiero perjudicar; sé muy bien el significado de ese tutú.

Considero importante hacerles ver que podría tratarse de una seña de identidad que es muy probable que tengan que saber encajar en su vida. Aprovecho aquella pregunta del cuestionario:

—Andrés, aquí en clase, es muy activo en el juego. Sobre todo, le gusta disfrazarse y su disfraz preferido es un tutú. ¿Cuáles son sus juegos y juguetes favoritos en casa?

Los padres se miran interrogantes, pidiéndose permiso para hablar. Se adelanta Aurora.

—Verás, Ana. Aunque nosotros le compramos juguetes de chico, cuando vamos a casa de sus primas parece que disfruta jugando a muñecas. Y en casa le veo a veces poniéndose una toalla o cualquier tela que encuentra por encima y bailando delante del espejo. Yo lo encuentro gracioso.

El padre me mira incómodo.

—Es verdad que, en ocasiones, nos ha pedido muñecas y cocinitas y nosotros estábamos preocupados; el pediatra nos ha dicho que a esta edad aún no tienen muy claro lo que son.

—Yo lo que he observado es que cuando se pone ese disfraz se transforma, brota de él otro Andrés, más seguro, más alegre, más abierto.

—Nosotros en casa no le permitimos esa clase de juegos.

—Puedo equivocarme, aunque no es el primer caso que tengo en mis clases y les aseguro que de nada sirve prohibir. Encontrará otra manera de expresar lo que siente.

—Esa es solo su opinión, yo no voy a discutirle, pero, por favor, no le confunda más y haga desaparecer ese disfraz de la clase. Preferimos que no participe en ese tipo de juegos.

—¿Habéis pensado que igual es otra ayuda la que necesita de vosotros?

—¡No pretenderá saber mejor que yo lo que necesita mi hijo!

Al día siguiente me encuentro frente a la percha coronada de flores, me duele deshacer aquel pequeño altar que Andrés deja cada tarde listo para continuar su sueño; siento en mi piel que le estoy cortando las alas; no tengo claro si es mejor evitar problemas. De momento lo guardo todo en el baúl.

Al llegar a clase su madre lo acompaña para comprobar por sí misma que el tutú ya no está en su percha, que ahora es una más, con su babero de cuadros, igual que todas. Con una sonrisa entre resignada y culpable trata de buscar mi complicidad; no obtiene respuesta.

Él se queda allí en silencio mirándome como si toda la tristeza del mundo se hubiera posado en sus ojos.

Durante la semana lo veo ausente, sin jugar, apartado, evitándome.

He resistido unos días y al final he decidido volver a sacar el baúl.

—Hoy es viernes y vamos a abrir nuestro baúl mágico de los tesoros.

Lo coloco sobre la alfombra.

—Venga, Andrés, ¿a qué esperas?

Me mira con un gesto de incredulidad, tratando de asegurarse, y salta como un rayo a buscar aquello que siente tan suyo.

Lo veo desplegar más que nunca su vuelo y, a la hora de recoger, me mira y parece entenderlo todo, sonríe, se desprende del tutú y lo guarda de nuevo bien escondido en el fondo del baúl.

Terminó el curso entre silencios y complicidades. Hoy empieza uno nuevo. Andrés Martí, ya no está en mi lista.

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