Anécdotas de mi pueblo

Anécdotas de mi pueblo

ANÉCDOTAS DE MI PUEBLO

Vivir en un pueblo puede ser muy bonito, pero también tiene sus inconvenientes. Y uno de ellos es que todo el mundo se conoce. Para que entendáis a lo que me refiero os contaré lo que pasó en la boda de Cristina y Marcos, a la que yo también asistí.

La ceremonia daba comienzo después de que la novia se hubiese retrasado diez minutos. Doña Inés y su hija Lucía se sentaban en la segunda fila, abuela y prima de la novia. Cristina y Marcos eran novios desde hacía tres años, y al fin tenían la estabilidad laboral que tanto buscaron, lo que les ha permitido comprarse la casa de sus sueños. Era el momento de casarse.

El tiempo pasaba lento dentro de la iglesia. Hacía mucho calor. Después de las lecturas, la homilía se hacía larga y aburrida. Algunos bebés lloraban, lo que fastidiaba sobremanera al sacerdote. Las mujeres entraban y salían de la iglesia cada cierto tiempo. Y muchos de los hombres se quedaban fuera con la escusa de fumarse rápido un cigarrillo, y no volvían al interior.

– Ese chico ya está cogío. – Susurró la anciana acercando sus labios al oído de su hija. Ella pareció despertar de su estado de somnolencia.

– ¿Qué dice madre?

– Ese chico ya está cogío. – Volvió a repetir doña Inés.

Lucía no entendía muy bien de qué estaba hablando su madre.

– ¿Quién está cogido, madre?

– Ese chico – Respondió doña Inés señalando al novio. Su hija abrió los ojos como platos.

– Madre, pero ¿ qué está diciendo?

– Lo vi yo. Sentao en el banco del parque con la hija del fontanero, la Julia. ¿Sabes quién te digo? – Doña Inés subió un poco la voz en esta última frase.

– Yo, Marcos, te recibo a ti, Cristina, como esposa… Proseguía la ceremonia.

– Madre, por favor, baje la voz. Susurró Lucía haciendo un gesto con la mano.

– Ese chico ya está cogío. – Insistía la anciana.

– Madre, por Dios. Ya me lo ha dicho.

– Lo vi yo. En la heladería. Con la Isabel, que le metía la mano por debajo de la falda a la muchacha.

– Madre – Lucía no sabía dónde meterse – Madre, por favor, calle. Y situó el dedo índice sobre sus labios.

– Cristina, recibe esta alianza en señal de amor y fidelidad hacia ti… Todos los invitados pendientes de la ceremonia, excepto Lucía, cuya capacidad de estupor estaba ya al límite.

– La pobre muchacha parecía incómoda. Miraba a todos laos, y no paraba de retirarle la mano. – Continuó la anciana, ignorando a su hija.

– Madre, pero ¿ qué dice? – Lucía sentía por momentos que su cara se estaba poniendo como un tomate.

– Lo que oyes, hija. Ese chico es mu fresco. No me gusta ese chico pa ella. Mu fresco.

– Yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.

Un momento después la ceremonia terminó. Los invitados salían en fila de la iglesia.

– Madre, levántese. La ayudo.

– ¿Nos vamos? – Preguntó la anciana un tanto confundida.

– Sí, madre. Vamos fuera. A esperar que salgan los novios.

– ¿Los novios? ¿ Que quién s’ha casao?

También puedo decir que en un pueblo a veces pasan cosas muy raras, como lo que me contó Doña Luisa, una vecina mía, que le había sucedido en su huerto.

Doña Luisa se acababa de levantar, se puso la bata y salió a la puerta de su casa. La mañana era muy fría. Entró de nuevo sin cerrar la puerta, fue hacia la cocina, y cogió la misma cesta que utilizaba todos los días. Se dirigió al huerto que ella y el señor Juan, su marido, tienen detrás de la casa. Quería coger algún tomate maduro para rayarlo y extenderlo en las rebanadas de pan recién tostado que prepara algunas mañanas para el desayuno. Al acercarse, una luz azul parpadeante salía de un objeto circular, similar a dos platos soperos unidos por el borde, de un color gris metalizado, y de tamaño considerable.

– Mira, esta luz es la que no me ha dejado dormir en toda la noche. Anda que…- comentó a un acompañante invisible.

Se acercó hasta unos pequeños ojos de buey situados a ambos lados de la esfera, y trató de ver a través del cristal.

– ¿Dónde estarán? – se preguntó. – Siempre había soñado con encontrarse con un alienígena para presumir delante de sus vecinos en el pueblo.

– ¿Qué buscas? – Le preguntó su marido.

– Nada. No hay nadie dentro de este trasto – Le respondió doña Luisa al mismo tiempo que, con su delantal, limpiaba una pequeña mota de polvo que había en el cristal.

– Me parece que ha aterrizado en mal sitio. Me va a estropear las zanahorias – comentó su marido después de unos segundos.

El matrimonio trató de arrastrar un poco el platillo hacia un lado, empujándolo los dos al mismo tiempo, pero enseguida se dieron cuenta de que era inútil, pesaba demasiado, y desistieron.

– Pues hala, esta temporada nos quedamos sin zanahorias. – se lamentó la señora.

– A ver si se va antes de que venga alguien, que si no se nos va a llenar esto de gente – comentó doña Luisa con una preocupación fingida. En el fondo a ella no le importaría ganar un dinerillo vendiendo entradas para los curiosos que quisieran verlo.

De pronto, el platillo volante emitió un breve pitido, se elevó unos centímetros del suelo, se desplazó varios metros hacia un lado y se volvió a posar, en una zona donde no había nada plantado.

– Muy bien, ahí mejor – aprobó doña Luisa.

– ¿Nos vamos a casa a desayunar? – preguntó su marido alejándose.

– Sí, vámonos, que luego me tengo que ir al mercado.

Y el platillo volante se quedó allí durante todo el día, mientras seguía encendiéndose y apagándose su luz azul.

Como veis, al vivir en un pueblo pequeño pueden suceder muchas cosas: agradables, divertidas, extrañas…Pero lo más importante de todo es que, te pase lo que te pase, puedes compartirlo con los vecinos que, al fin y al cabo, se convierten en parte de tu familia.

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