
Aunque los limones aún estuvieran verdes, con aquel calor raro de mayo Licerio pensó que ya era época de hacer limonada. Fue al limonero y al pasar por la galería vio una manchita en la pared. La rascó con la uña, pero como no logró nada, fue a buscar un paño de cocina. Lo untó con un poco de saliva para limpiarla, pero recordó que podía ser sangre de Jobardo, de cuando mataba mosquitos a toallazos, jorobado de que solo le picaran a él. Se arrepintió y, como las madres hacen con sus crías recién paridas, supo que era mejor lamerla directamente. La humedeció con la lengua y se concentró en notar de nuevo el sabor que tenía Jobardo en vida, pero no notó nada. La frotó con el paño pero como la mancha no se borraba, fue a buscar papel de lija entre los trastos de debajo de la escalera. Lijó la pequeña mancha hasta que se fue haciendo traslúcida y sopló la cal desprendida. Funcionaba. Dio otra pasada, volvió a soplar y pasó los dedos creyendo que la mancha habría desaparecido, pero parecía que de nuevo era más oscura y un poco más grande.
—No fastidies, Jobardo…
Lijó con más fuerza, sopló y pasó los dedos con más impaciencia. ¡Más oscura y más grande! Se acercó bien. Parecían números o letras. Había oído que a veces se intercalaban páginas de periódicos viejos bajo la cal para evitar humedades, pero no recordaba esa costumbre en su casa. ¿De qué fecha serían? ¿De qué sucesos hablarían? Apartó la butaca y llenó un balde con agua para limpiar el polvo del suelo y no esparcirlo por toda la casa. Intentó leer, pero la vista ya no era la de siempre. Se puso las gafas de lectura de Jobardo. Lo que iba desentrañando no era ni una noticia ni una esquela. Era un billete que pudo desprender sin problema de la pared. Lo frotó contra su pecho para eliminar el polvo y sí, era un billete auténtico sin ninguna esquina rota. No recordaba haberlo escondido allí, ni siquiera como un juego, ni tampoco que Jobardo lo hubiera hecho. Recorrió la pared con la mirada para intentar recordar algo con algún detalle. Sólo estaba el gancho donde algunos años habían colgado el laurel bendecido los Domingos de Ramos y el arcón con la ropa de invierno. Parecía que había algo más donde había estado lijando. Una línea recta, oscura. Un borde. ¿El borde de otro billete? Lijó de nuevo y otro billete apareció de la pared. ¿Dos? Lijó alrededor y fue apareciendo un tercero y un cuarto. Se separó un poco y miró la pared de punta a punta por encima de las gafas veladas por el polvillo. Siguió lijando hasta donde le daba el brazo y fueron apareciendo por lo menos una docena de billetes más.
—¿Qué?
Desprendió los billetes con cuidado, sin creerse que alguien hubiese escondido así sus ahorros. Se quitó las gafas y los contó. Catorce. ¿Debió ser Jobardo para darle alguna sorpresa? Como la de aquel cumpleaños que le organizó una fiesta en la antigua Casa Gomorra, con la banda Municipal, las travestis aquellas, tan viejas, cantando rancheras y Mirinda Schweppes, como dueña y matrona de toda aquella colla de atolondrados, amañando el bingo para que el afortunado de la noche fuera él, mientras todas las trabajadoras de la fábrica de talco le besuqueaban y le dejaban la cara llena de carmín rouge.
Preparó la limonada, la dejó en la fresquera y se fue a dormir sin barrer la polvareda. Se aseó un poco y se guardó los catorce billetes en el bolsillo de la pechera del pijama.
A la mañana siguiente barrió antes de que pasara el cartero y con el paño húmedo repasó el suelo con esmero, sin dejar de pensar en la ocurrencia de Jobardo. ¿Para comprar unas mecedoras para el patio? Arrastró de nuevo la butaca a su sitio y entonces vio que la pared lijada no se veía del todo blanca. Había como otra gran mancha debajo. ¿Más billetes disimulados con cal? Se puso de nuevo a lijar con fuerza, a toda velocidad, todo lo que pudo hasta empezar a sudar. Siempre aparecían nuevos billetes. Lijó y lijó hasta que se le pasó la hora del almuerzo. Paró solo a tomar un vaso de limonada y contar el dinero. Sesenta y tres. Sopló el polvo que había caído encima del arcón y los dejó ordenados en un fajo.
Siguió extrayendo billetes hasta que escuchó las campanas del convento vecino de los cartujos tocar a muerto y se acordó de que aquella tarde enterraban a Palquinio, el del estanco. Fue a lavarse la cara, los brazos y se afeitó. Se adecentó el pelo con aceite de Macasar y agua de colonia. Se vistió por primera vez en el día. Tenía la cara colorada y la boca reseca. Se bebió de un trago el final de la limonada directamente de la jarra y salió de casa.
Llegó con el tiempo justo a la misa de exequias, para tener que sentarse al final y evitar saludar a nadie. ¿Quería Jobardo cambiar todos los muebles de la casa? ¿Regalarle un viaje? Podía ser cualquier cosa… ¿Se lo habría confesado al padre Lustroso? No era de confesarse, pero se lo tenía que preguntar. Le entendería. Sabría que no podía vivir con esa duda. Le libraría de ese peso. Es que no podía dejarle así. Eso era hacer el bien al prójimo, ¿no? Tenía que hacerlo. Al infierno la chapuza del secreto de confesión. Si conocía cada una de las confidencias de las noches en la antigua Casa Gomorra, las de los más honorables y las de los más desamparados. Aunque… bueno… la gente le invitaba a coñac para confundirle y cambiarle las confesiones y a lo mejor el padre Lustroso no era el diablo todopoderoso y no tenía libretitas llenas de flechas que unían pecados y a lo mejor solo era un abuelo con cientos de nietos a los que confundía por su nombre.
Pasó la noche en vela, sin gota de saliva aunque bebiera. La calor y el hombro le estaban matando. Se levantó antes de clarear el día, muerto de hambre y pensando en acabar, en sacar el último billete y contarlos bien. Entonces le encajaría todo, se le ocurriría algo. Jobardo le enviaría una señal y él diría «¡Claro, qué tonto!»
Desayunó fuerte y con caprichos inusuales, mirando la silla de Jobardo. Se vistió con ropa vieja para el trabajo y miró la pared desconchada, plagada de billetes y arañazos. Se armó con el cepillo de alambre y la azuela de su abuelo Bidelio y siguió con el estropicio. Iba tirando los billetes al suelo, que se iban cubriendo de nuevo con el polvo de cal, como las aceras se cubren con las nieves de enero. Picaba con vigor, rascaba con rabia cada vez que descubría una nueva capa. Ya no importaba si se rasgaban al desprenderlos, los arrancaba. Y es que ¿cómo pudo Jobardo silenciar una cosa así? ¿Durante cuánto tiempo? Porque eso, ESO, no era cosa de unos meses. No, no… Eso eran años de aparentar tener lo suficiente como para vivir bien, de aparentar ser Jobardo el de la risa fácil y las canciones picantes, el que encandilaba con sus caderas sueltas. ¿Cuántas veces le había dicho «Si nos tocara la lotería, Licerio, nos iríamos a vivir a alguna ciudad grande, a algún sitio en el extranjero, con selva húmeda, donde no necesitaríamos nunca más crema de almendras para las manos»? Ahí había dinero como para comprar una casa en el paraíso, ¡qué digo!, ¡para comprar dos! Se lió con la escarpa y la maceta para avanzar más rápido. Arrancaba pedazos del tamaño de un ladrillo. Se desprendían amasijos como nidos de golondrina abandonados y volaban los billetes. Le caían costras gruesas en la cabeza. Dejó de arrinconar los montones de cal con la escoba. Excavaba y derribaba sin orden a izquierda, a derecha, a cualquier altura, agotado, revivido con nuevas fuerzas, consumido y al momento rejuvenecido, como le pasaba a todo el mundo en las noches de fiesta de la antigua Casa Gomorra. Cualquiera que se adormilara en los sillones desgastados se volvía a animar con una copita cortesía de la casa, o con una raya inesperada de las que Mirinda Schweppes preparaba con tanta pulcritud sobre la bandeja de espejo. A él mismo le pasaba cuando se quedaba un ratito dormido y perdía de vista a Jobardo. Se espabilaba con las chucherías de Mirinda y lo reencontraba después bailando sin camisa encima de la barra, o en los lavabos mixtos y sin pestillos de la casa Gomorra. Intentaba recordar sin inventar ¿Salía de los baños solo o acompañado? ¿Querías huir con otro, Jobardo? ¿Con uno de esos fariseos que cuando Jobardo murió, y que en paz descanse, no fueron capaces de invitarle nunca más a ninguna fiesta? Que ni siquiera se acercaron a su casa las primeras semanas, ni los primeros meses a preguntarle «¿Cómo andas, Licerio?» «¿Qué necesitas, Licerio?» «Te he traído unos nísperos, Licerio». Tenía que rebuscar bien en los bolsillos de sus ropas a ver si encontraba algún rastro o alguna nota olvidada. Y aquel túnel… ¿Cuándo acabaría? ¿Cuándo iban a dejar de salir billetes y aparecer la roca madre rodeada de raíces y arañas ciegas? Se tropezaba con los terrones de cal y pisoteaba los billetes. Las rozaduras de las manos empezaban a supurar. Los riñones, los hombros, las muñecas, los ojos resecos y aquella sed de mártir santo. ¿Santo? El Niño Santo podía darle respuestas. Decían que adivinaba pasado, presente y futuro a cambio de la voluntad.
Se sacudió la camisa y los pantalones y salió a la calle con el pelo revuelto y las pestañas llenas de poso blanco.
En las calles había pétalos de geranios que caían por culpa del calor demasiado alto para ser el mes de mayo. Se hizo a un lado para dejar pasar a los cartujos que volvían de sus misiones en silencio, con las cejas cubiertas de salitre del trópico y sus burros cargados de fardos.
Llamó a la puerta y le abrió una de las mujeres de la casa secándose las manos en el delantal. Licerio le dio un puñado de billetes sin saludar para que no pudiera ponerle excusas. Que no se quejara del infortunio de la hora de la visita. Que le iba a ensuciar el suelo recién fregado.
—Vengo a ver al niño.
Empezó a subir las escaleras.
—No está en su cuarto. Lo están bañando.
Fue al corral y la mujer corrió detrás suyo. Alrededor de la tina estaban las otras mujeres vertiéndole con suavidad cazos de agua tibia por la cabeza, sujetándolo por las costillas y frotándole el cuerpo retorcido con esponjas de lana y jabón de Alepo. El Niño Santo, con sus dientes separados y su sonrisa de bostezo, chapoteaba en el agua con sus espasmos. La mujer que le había abierto la puerta se adelantó:
—Viene a preguntarle al niño. Le he dicho yo que pase.
Las mujeres apartaron las esponjas y se quedaron en silencio. Parecían asustadas. ¿Tenía mirada de perturbado? ¿Parpadeaba con naturalidad? Licerio se sacudió las mangas de nuevo y dijo:
—He estado haciendo pan.
Se acercó al niño sin saber qué preguntarle. De una sacudida el niño le agarró la mano y se la llevó a la boca. Empezó a lamerle las uñas y a chillar, salpicándole con el agua perfumada. Apartó la mano llena de babas.
—Disculpe. No muerde…
¿Había reconocido el sabor de Jobardo en su mano? Se chupó los dedos para comprobar si él también lo notaba. Sólo ese sabor terroso que le adormecía la lengua. ¿Tanto venía Jobardo a preguntarle cosas? ¿Qué cosas? ¿Preguntabas cosas sobre mí? ¿Qué tramabas, Jobardo? Necesitaba a alguien que pudiera responderle aunque fuera a punta de cuchillo. Así que salió hacia donde Mirinda. Esa maldita que escuchaba con paciencia forzada a los borrachos. Que aconsejaba como si hubiera vivido ya la vida de todos. ¿Qué ibas contando por ahí de mí, Jobardo, para que nadie, y repito: nadie, me dijera nunca «vente a echar la tarde, pago yo». Ella sabía. Y no, no valía que le dijera «no me acuerdo» ni «¿para qué quieres saber?».
Llegó a la antigua Casa Gomorra y después de tantos años, ¿ocho?, después del ansia por entender, no se atrevió a entrar. Por la ventana vio a Mirinda barriendo los excesos de la noche anterior, haciendo montañas de colillas, bragas y coca desperdiciada.
—Como en casa… ¿Como en casa?
Se aspiró la manga. Volvió a casa apoyándose en los muros, por el camino más corto. Se arriesgó a pasar por delante del reformatorio, a que los gamberros le escupieran desde las ventanas enrejadas por confundirlo con un fantasma blanco. Tenía que cavar hasta el final de esos años de mentiras y de conchabanzas, porque esos billetes eran años y años de.. de engaño…, de…, de… ¡burla!
Entró al túnel y picó con furia y a gritos, sin pensar en un derrumbe que lo sepultara para siempre en ese tesoro ruin y asqueroso, pensando en los finales de las fiestas en la antigua Casa Gomorra, en los abrazos de despedida de todos aquellos fulanos que le decían «querido», en Mirinda Schweppes con su «adiós, pareja», en Jobardo achispado y feliz, cogiéndole por el hombro, cansado de la juerga «Licerito, vámonos para casa». Notó que el pico se hundía con más facilidad. La pared se hacía blanda, más dócil. A cada golpe, la punta salía llena de grumos y billetes apelmazados. Empezó a excavar con las manos, cubriéndose los brazos con aquella pasta húmeda y billetes empapados. Paró de golpe. Oía voces. Oía voces y risas. Se filtraba algo de luz. Se restregó las manos en la camisa. Apartó con prudencia lo que parecía el último recubrimiento y pudo ver. ¿Era el patio de los cartujos? Le llegó olor a cochinillo a la brasa. Vio a los frailes brindar con cerveza. Escuchó un eructo. Después alguien tapó su agujero con un nuevo billete y lo cubrió con ese yeso bendito. Quedó a oscuras un rato, sin moverse para no hacer ruido. Volvió a gatas entre los escombros, esquivando los cascotes hasta su galería. Destartalado se sentó en el arcón de la ropa de invierno. Pasó un dedo por la superficie y se lo llevó a la boca. El mismo yeso bendito que tanto les gustaba rebañar con el dedo de las bandejas de Mirinda, que Jobardo se untaba en la punta de la lengua y le invitaba a lamer. Afuera amanecía y Licerio seguía encogido encima del arcón, como un polluelo de golondrina caído del nido que todos miran con pena y nadie sabe alimentar.
Sin Jobardo. Sin saber qué creer. Con toda una casa por barrer.
El libro del taller
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