
La inminencia del ataque hace saltar las alarmas y los enormes cruceros espaciales encienden motores. El capitán decide adelantar el despegue. En pocos minutos alcanzamos la estratosfera mientras miles de personas se quedan atrás, en los puertos de embarque.
Miro por la ventana de la cubierta de observación de popa al igual que todos. A lo lejos, las líneas de costa dibujan continentes. Busco el punto en el que debería estar mi hogar. Una onda de fuego nuclear está arrasando esa zona. Alguien rompe a llorar a mi lado. Otros señalan diferentes sitios de la superficie, aquí y allá aparecen grandes explosiones.
Un poco más atrás nos acompañan otras dos naves, tampoco han esperado. Por el lado de babor, la Minerva, a estribor, la Ítaca. La nuestra, el Agamenón, es la más grande de las tres.
Deberían ser muchas más.
No lo han conseguido.
La tierra pronto se hace pequeña. Dejamos la Luna atrás y el capitán empieza a organizar la tripulación. Solo él, algunos soldados y el equipo de técnicos nos despertaremos cada cierto tiempo para comprobar que todos los sistemas funcionan. El resto de los pasajeros se sumirá en un profundo sueño.
La gente llora y se despide antes de entrar a sus cápsulas. El viaje es muy largo. No saben si volverán a abrir los ojos. Un niño pregunta a su madre si al despertar se habrán terminado las guerras. La madre lo besa en la frente, le dice que sí y lo ayuda a entrar en su tubo antes de cerrarlo. Pulsa el botón de inicio. El niño se duerme enseguida.
Yo no duermo. Soy del equipo de ingenieros. La premura del despegue nos obliga a realizar algunas comprobaciones. Van a ser meses de mucho trabajo.
Al pasar la órbita de Saturno, miro una última vez al Sol y entro en animación suspendida.
Despierto cien años después. Tenemos una hora para comprobar los sistemas de la nave y hacer posibles reparaciones. Tras cada ciclo de hibernación, cada minuto perdido podría resultar en años al llegar a destino.
Duermo otros cien años, el Sol es una estrella lejana.
Vuelvo a despertar. Regreso a la cápsula. Despierto. Duermo. Cada vez es un siglo. Una y otra vez. Pensar en todos los años que ya he dormido me provoca vértigo. Hasta que la veo a ella. Junto a mí. En su lecho de cristal. Como si de un viejo cuento se tratara. Antes de dormir le hablo. ¿Podrá escucharme en sueños? Le cuento las reparaciones que hemos hecho en este ciclo, le confieso que me aterra haber vivido más tiempo que generaciones de mi propia familia he llegado a conocer. Al despertar la saludo. Un pequeño alivio en el vacío infinito. Le revelo qué cosas me gustaría volver a desayunar o los sitios que me hubiera gustado visitar en nuestro ya lejano planeta.
En la pantalla de constantes vitales aparece su nombre. Se llama Helena. Nunca contesta. Junto a su nombre aparece el icono de personal científico. Será necesaria en destino. Para ella el viaje será un parpadeo.
Despierto. Tres compañeros de ingeniería se quejan de que unos pocos consumen su vida mientras el resto duerme. El capitán los escucha. Quince minutos después están flotando en el vacío.
¿Cuántos ciclos han pasado ya? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta?
Antes de volver a dormir beso el cristal que la protege. Puedo verla uno o dos minutos cada ciclo. Así que cambio la programación de mi tubo, solo diez minutos más. Cuando todos duermen yo me quedo observándola, contándole lo bonito que creo que será el nuevo planeta. Solo diez minutos cada cien años. Solo una hora y cuarenta minutos cada mil años. Solo seis días, veintidós horas y cuarenta minutos cada cien mil años.
Diez minutos cada cien años en el vacío infinito. Solo para nosotros.
Observo su pelo castaño. Sus mejillas ruborizadas. Las manos cruzadas sobre el vientre.
Despierto. Hemos perdido la Ítaca. No hay información de lo sucedido en los registros automáticos. Tampoco aparece nada en ningún sistema de ubicación o rastreo. Hablamos con los compañeros de la Minerva, tampoco saben nada.
Todos duermen. Excepto yo. Solo una hora y cuarenta minutos cada mil años. Me embelesan sus labios carnosos y el cómo su boca quedó un poco entreabierta. ¿Estará soñando con la vegetación y animales de ese nuevo mundo que conseguimos encontrar en la distancia?
Despierto. Un oficial ha descubierto que se habían modificado partes de los registros automáticos de la nave. El capitán de la Minerva mandó asaltar el tercer crucero y robar los suministros. Después lo hicieron desaparecer. El motivo, no tuvieron tiempo de cargar todo lo necesario para el viaje. Jamás habrían llegado. En medio de la desesperación decidieron asaltar la Ítaca. Nosotros les hacemos lo mismo. Mientras duermen, asaltamos su nave. Nos llevamos todo lo posible y saboteamos sus motores.
Los dejamos flotando a solas en el vacío, sin víveres, como ellos le hicieron a la otra nave.
Como planeaban hacer con nosotros en algún momento.
Hago cuentas con Helena y advierto una cosa. Ni la Ítaca, ni la Minerva, ni el Agamenón habría llegado a destino sin robar los recursos de las otras dos naves.
Todos duermen. Yo sigo despierto. Solo seis días, veintidós horas y cuarenta minutos cada cien mil años. El frío de la hibernación hace que la piel de sus piernas y brazos se erice. Yo le describo el terror que me produciría quedar a la deriva por cualquier pequeño fallo.
Despierto. Ella está de pie frente a mí. Estira los brazos. Mueve la cabeza de lado a lado. Describe círculos con sus blancos tobillos. Se frota las piernas, deja que la sangre vuelva a circular con normalidad. ¿Cuánto tiempo llevan dormidos sus músculos? Yo dejé de contar los años hace siglos. La miro sin parpadear. Ella lo advierte. Baja la mirada y camina hasta su taquilla. Allí se viste con un mono gris y se marcha de la sala. Yo me miro al espejo. Mi pelo canoso, las arrugas en mi rostro. Soy mayor de lo que debería ser. Mayor que ella.
¿Habrá huido de mí? Caigo en la cuenta. No me conoce de nada. Yo la miraba con el corazón palpitante.
El capitán nos llama a todos a la cubierta de observación de proa. Al otro lado, en el vacío del espacio, vemos nuestro nuevo hogar, el planeta brilla, verde y azul. Rebosante de vida. Rebosante de nuevos recursos. Se decide enviar un pequeño grupo de exploración. Vuelven unos días más tarde, cuentan que han encontrado humanos. Eso no es posible, no debería haber nadie. El capitán decide bajar a la superficie a conocer a estas personas. También Helena, como antropóloga le fascina la idea de encontrar una civilización más allá de las estrellas.
No me quito la idea de que podrían pasar días o semanas hasta que ella vuelva. O podría ocurrirle algo. Tengo que seguirla. Me presento voluntario, necesitan un ingeniero que conozca los transbordadores. En caso de un fallo mecánico o de cualquier otro tipo no podrían regresar.
Uno de los exploradores pilota el transbordador y nos lleva hasta el centro de una ciudad. Somos bien recibidos. Al principio nos cuesta entendernos, su idioma se parece al nuestro, aunque algo cambiado.
Pasan los días. Cada vez consigo pasar un poco más de tiempo con ella. Después de tanto tiempo observándola, mientras estaba en animación suspendida, sin que pudiera responderme, descubro que me encanta escucharla. Le gusta llamar a estos hombres «los que llegaron antes». Está aprendiendo su lengua. Dice que es una evolución de la nuestra y siempre bromea con que nosotros somos los que estamos obsoletos. Ha descubierto que llevan allí muchas generaciones y que sabían que algún día apareceríamos. Aunque decidieron dejar de lado la tecnología más avanzada y no consumir tantos recursos naturales.
Unos meses después, haciendo un vuelo de prueba, encuentro un gran crucero abandonado y cubierto por la vegetación. Consigo entrar al puente. Algunos sistemas todavía funcionan. Accedo al diario de a bordo. La nave se llama Perseida. Estas personas son supervivientes de la guerra que vimos asolar la superficie de la tierra cuando partimos. Provienen de los restos de nuestra antigua patria. Salieron muchos, muchos años después de nosotros, pero mejoraron la tecnología de su nave hasta niveles que me resultan incomprensibles. Consiguieron llegar antes.
Al día siguiente veo a Helena caminar de la mano de uno de los nativos. Se ríen de cosas que no escucho. Aproximan sus cuerpos, se susurran secretos al oído. Desaparecen de mi vista.
Las uñas se me clavan en la palma de la mano. El cuerpo me tiembla. Le digo al capitán que esta gente es medio salvaje y deberíamos tener cuidado. Le digo que no deberíamos mezclarnos con ellos.
Él contesta que tenemos mucho que aprender. Sus ciudades conviven en una armonía desconocida por nosotros.
Le discuto. Este mundo nos pertenece. Es nuestro.
Usa su rango para ordenarme callar.
Me recuerda a los tres compañeros que lanzamos al vacío por cuestionarlo.
Estamos a solas. Le corto el cuello.
Vuelvo en secreto al Agamenón.
Allí le cuento al resto que han asesinado al capitán y que yo escapé por poco. Les miento al contarles que estos humanos descienden del enemigo que comenzó la guerra nuclear en la Tierra. Que pretenden eliminarnos en cuanto bajemos.
Les digo que han secuestrado a Helena y que debemos rescatarla.
Tomamos las armas de la nave.
Me siguen hacia la guerra.
El libro del taller
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