Greta aprendió primero a no mirar. No fue algo que decidiera, como cuando eliges no pisar las rayas del suelo o no comer lo verde del plato. Fue más bien una sensación que le subió desde el estómago, como cuando te mareas en el coche, y que le dijo: no mires ahí.
El hueco del ascensor estaba justo enfrente de la puerta de casa de su madre. Un rectángulo oscuro, profundo, con una barandilla baja que no servía para nada porque el vacío empezaba justo después. Cuando el ascensor no estaba, se abría como una boca sin dientes. Greta sabía que no tenía fondo. No lo había visto nunca, claro, pero lo sabía.
La primera vez fue la pelota. Era amarilla, con una cara dibujada medio borrada de tanto jugar. Se le escapó de las manos cuando volvía del parque. La vio rodar, rebotar una vez contra la pared y luego… desaparecer. Sin ruido. Como si el hueco se la hubiera tragado con cuidado.
Greta no lloró en ese momento. Se quedó mirando, con la bolsa del pan en una mano y la otra aún en el aire, como si todavía pudiera agarrarla. Esperó a que la pelota volviera a subir. Esperó bastante. Nadie le había dicho cuánto tiempo tardaban en devolver las cosas los agujeros. Pero no volvió.
Esa noche soñó que la pelota estaba abajo, en un suelo que no existía, rodeada de otras cosas que tampoco conocía. Todas quietas, esperando.
Después vino el carnet del autobús. Ese sí le dolió más: su madre se lo había dado esa misma mañana. “Il faut prendre soin de ça”, le había dicho, sonriendo. Greta no entendía todas las palabras, pero sí el tono: orgullo, un poquito de emoción… hacerse mayor.
Lo perdió igual. Un descuido, un segundo. El hueco siempre estaba ahí, esperando como un perro paciente. Cuando el carnet cayó, Greta sí hizo un sonido, pero fue pequeño, como si se lo hubiera tragado ella también.
No se lo contó a su madre. Ella siempre les hablaba en francés; decía cosas que su hermano y ella a veces entendían a medias y otras no, pero siempre sabían cuándo estaba preocupada. Y últimamente lo estaba mucho. Desde que ya no vivían con papá.
Ahora tenían dos casas. Dos camas. Dos rutinas. Y dos huecos del ascensor. El de la casa de papá era distinto, pero igual de profundo. Eso fue lo peor: Greta pensó que en la casa de papá estaría a salvo, que ese agujero sería otro, uno bueno o uno normal. Pero no. Era el mismo, o al menos así se sentía. Igual de oscuro. Igual de silencioso. Igual de atento. Como si la siguiera.
Javi no tenía miedo. Tenía cuatro años y decía que el hueco era un túnel para monstruos dormidos. A veces se asomaba más de lo que debía y hacía ruidos, como si quisiera despertarlos.
—No pasa nada, Greta —decía—. Están abajo.
Pero ella sabía que no estaban abajo. Estaban en todas partes.
El tercer objeto fue el cronómetro. Era pequeño, de plástico rojo, y lo usaban para jugar a carreras en el pasillo. Javi corría y Greta apretaba el botón. A veces al revés, aunque Javi no sabía contar bien el tiempo.
Ese día estaban en casa de papá. El ascensor no estaba en su sitio. El hueco estaba abierto, respirando. Greta sujetaba el crono fuerte, muy fuerte, porque ya sabía. Pero Javi la empujó sin querer, jugando, riendo, y el crono saltó de su mano como un pez. Desapareció igual que todo lo demás.
Greta sintió algo distinto entonces. No solo miedo. Algo más pesado. Culpa. Porque ya eran tres. Tres cosas que el hueco había cogido de ella. Tres cosas que no le había contado a nadie.
Esa noche no soñó con el fondo. Soñó con algo que subía.
Pasaron los días. Greta aprendió a pegarse a la pared contraria cuando pasaba cerca del ascensor. A no correr. A no llevar nada en las manos. A no respirar fuerte. Pero el hueco seguía ahí. Y lo peor no era cuando estaba abierto. Lo peor era cuando el ascensor sí estaba. Porque entonces parecía normal. Como si no hubiera nada detrás. Como si no estuviera esperando.
Un día, su madre la llamó desde la cocina.
—Greta, viens ici, ma chérie.
Greta fue. Su madre estaba cortando pan. Tenía ojeras y el pelo recogido de cualquier manera. Le sonrió, pero era una sonrisa cansada.
—Tu as perdu quelque chose?
Greta se quedó quieta. Sabía lo que significaba. Lo había oído otras veces. ¿Has perdido algo? Pensó en la pelota. En el carnet. En el crono. Pensó en el fondo que no existía. Negó con la cabeza.
—No.
Su madre la miró unos segundos más, como si pudiera ver dentro de ella. Greta sintió que el hueco del ascensor estaba también en la cocina.
Esa noche, cuando se levantó para ir al baño, el ascensor no estaba. La luz del pasillo parpadeaba un poco. El hueco parecía más grande que nunca. Greta se detuvo. No quería mirar. Pero algo la hizo hacerlo.
Se acercó un paso. Luego otro. Y otro. Hasta que estuvo lo bastante cerca como para ver… algo. No el fondo. Nunca el fondo. Pero sí movimiento. Muy lento. Como si algo estuviera subiendo.
Greta dejó de respirar.
Entonces lo vio. Primero la pelota amarilla, girando despacio, sin caer. Después el carnet, flotando, torcido. Y detrás, el crono rojo. Subían. No como si alguien los empujara. Como si el hueco los devolviera.
Pero no estaban solos. Había más cosas. Muchas más. Cosas que Greta no conocía. Cosas que no eran suyas. Cosas que parecían demasiado viejas, demasiado quietas. Y entre ellas… algo que no era un objeto. Algo que también subía.
Greta retrocedió de golpe. El ascensor llegó en ese momento, con un ruido seco, tapando todo. La puerta se abrió. Normal. Vacía. Como siempre.
Greta no entró. Se fue corriendo a su habitación y se metió en la cama sin hacer ruido.
Al día siguiente, cuando su madre le habló en francés, Greta lo entendió todo. No porque supiera más idiomas, sino porque supo que el miedo de su madre era el mismo que el suyo: el miedo a que las cosas importantes simplemente dejen de estar.
Esa tarde, al salir hacia el colegio, Greta se detuvo ante el vacío. Tenía un lápiz azul en la mano. Sintió la tentación de soltarlo, de alimentar a la bestia para que la dejara en paz. Miró el hueco. Miró a Javi, que intentaba asomarse.
Greta guardó el lápiz en el bolsillo y agarró a su hermano del abrigo, apartándolo del borde con una fuerza nueva.
—No —susurró al oscuro.
El hueco no respondió, pero Greta supo que ya no sería su guardiana. Porque hay cosas que, si no se dicen, crecen hasta tragarse la casa entera. Y ella ya había decidido empezar a hablar.

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