Son tres puñeteros peces

Son tres puñeteros peces

Me ha costado mucho encontrar una tienda de animales donde haya acuarios expuestos. Antes ibas a El Corte Inglés y había millones. Ahora es dificilísimo perderse en una pared entera de acuarios. Deben de haber pasado de moda. He llamado una por una a todas las tiendas que aparecen en Maps. La mayoría ya ni los venden. Tienen pienso, correas, juguetes para gatos y hasta abrigos para perros. Incluso algún dependiente me despacha con alguna página web y se queda tan ancho. Pero he dado con una que todavía los expone y allí que me he plantado. Nada más abrir la puerta escucho el ruido de los filtros. Pienso llenar el acuario de ruinas griegas, plantas, arrecifes e incluso un cofre de esos que tiran burbujas. Y muchos peces. Muchísimos.

No recuerdo la última vez que mi hermana me pidió que la pasease con un carrito de muñecas donde no le cabía el culo. Peseaméame, me decía. Tampoco sabría decir cuándo fue la última vez que me arropó mi madre ni cuándo hice los últimos ejercicios de mates con mi padre. Creía que a nadie se le podían dar mejor las divisiones con decimales. Lo que sí recuerdo bien es la primera vez que pedí algo que quería de verdad. Algo que quería más que cualquier cosa y no tendría.

No sé qué año fue. Tendría unos nueve o diez años. No más. Quería unos peces como los de Manuel. La pecera aquella no tenía nada especial. Era un rectángulo de plástico transparente con tres peces naranjas que daban vueltas alrededor de una piedra blanca. Soñaba con tener lo mismo. Me daba igual si eran naranjas, azules o aquellos negros con ojos saltones. Quería unos peces. Nunca había querido nada así.

Después de comer solía jugar con los Lego, tenía un aeropuerto precioso donde recreaba accidentes impresionantes. Todo acababa bien porque mis pilotos sabían aterrizar y los protocolos de emergencia de la terminal eran muy precisos. Normalmente algún rayo les partía las alas o la cola y aterrizaban llevándose por delante la torre de control. Nadie moría y todos se ponían muy contentos. Luego siempre lograba montar todo de memoria, sin instrucciones. Pero desde que quería los peces, ni los accidentes me entretenían. No podía pensar en otra cosa. ¿Por qué Manu sí y yo no? Desde la cocina se escuchaba el casete de mamá bajito. Yo tumbado en la cama con la cabeza colgando bocabajo no sabía si acercarme o dejarla tranquila. El Último de la Fila sonaba después de una canción de Gloria Estefan. Las cintas de mi madre eran un viaje muy raro. Allí, entre el humo del único cigarro que fumaba al día, el aguarrás y los óleos, el aire siempre olía rico.

—Mamá.

Mamá canturreaba aquello de las flores raras que crecen en las aceras para ti.

—Mamá —insistía con algo de miedo— necesito una cosa.

—Cuidado, no te manches que esto no sale con nada.

Conté hasta tres y los pedí.

—Quiero unos peces como los de Manu.

Mamá estaba muy concentrada pintando la catedral.

—Son tres, —titubeé— no son muchos.

Mi madre sujetaba el pincel con cuidado. Pintando no le temblaban las manos.

—Unos peces —no levantó la vista—. ¿Qué te ha dado ahora con unos peces? ¿Para qué quieres eso? Son muy aburridos.

—No son aburridos.

—Bueno, luego lo vemos con papá. En un rato merendamos, ¿qué vas a querer?

—Nada.

Tenía hambre, pero quería estar enfadado. Me marché a otro lado. No recuerdo si a seguir con los accidentes o ver los dibujos. Da lo mismo.

Por la noche llegó mi padre. Hoy tocaba el papá que no para de hablar. Hoy tocaba mucho Alfa Romeo. Se iba a comprar un 155, que era más grande que el 33 y tenía no sé qué tecnología Twin Spark que por lo visto era una pasada. Muy deportivo. Más que el 75 y mucho mejor que el Renault 11 que teníamos. Decía que en marzo se lo iban a dar. Mi madre trataba de quitarle la idea, pero en esos momentos era como intentar parar un tren a 300 por hora. Ya había dado la señal. Yo no tenía ni idea de qué era una señal pero parecía algo serio. Casi me gustaba más cuando papá se quedaba quieto en el pasillo con un plato en la mano sin saber a dónde iba. A ella, creo que también.

—Papá…

—Un momento, Javier.

—¡Mamá!

—Come.

No hubo momento. Hubo terminar de cenar, lavarse los dientes, Mortadelo y apagar la luz.

—Ale, a dormir, cariño.

—Pero entonces, ¿lo de los peces, mamá?

—Lo de los peces… estoy yo para peces.

—Pero si es que no son tan caros.

—¿Pero para qué quieres eso, hijo? Otro que tal…

—¡Mamá, porfa!

—¿Pero tú has visto a tu padre? ¡No fastidies tú también, hombre!

Mi madre se marchó y cerró la puerta del pasillo. A mí siempre me costaba dormir. Me hacía un fuerte con cojines o me cantaba canciones de Mecano bajito para no despertar a mi hermana. Ese día no. Escuchaba la tele y los platos de lejos con la esperanza de que mamá o papá abrieran la puerta y hablaran conmigo. ¿Por qué era tan difícil tener una cosa tan pequeña? Los peces no son tan caros como un coche de mierda. Apreté mi cara en la almohada para que no me oyeran llorar.

—¿Y cuánto dice que cuesta todo esto?

—Pues con los peces, el filtro y toda la maquinaria, las ruinas, el cofre, las plantas de agua cálida, la luz…

He dejado de escucharle. No me interesa nada de lo que veo.

—Perdone.

—Dígame.

—¿El barco hundido ese cuánto cuesta?

Le señalo otro acuario y miro de reojo la calle. 

—¿El de esa pecera? No sé, creo que no lo tenemos en venta.

—¿Puede mirar en el almacén?

El dependiente me mira con cara de resignación. Se gira y entra por una puertecita hacia la trastienda.

Me doy la vuelta y salgo a la calle.

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS