
La radio anuncia la destrucción de Craiova. Sollozos de niños se entremezclan con sirenas y disparos mientras un reportero retransmite en directo la devastación de toda la zona este de Rumanía. Una pausa publicitaria interrumpe la comunicación. Carglass cambia, carglass repara. Cambio de emisora mientras atravieso los páramos desérticos de Teruel. Busco una emisora de música. Los Eagles suenan y subo el volumen. There’s gonna be a heartache tonight, a heartache tonight. Saco el brazo por la ventanilla y navego las pequeñas lomas que me acompañan. El aire es cálido. Los marrones ancestrales se ven mancillados por matorrales verdes, de un verde tímido que apenas destaca en la planicie reseca. Un azul difuminado cubre la línea del horizonte. La guerra se extiende como un cáncer viscoso por todo el mundo. Los conflictos diplomáticos se convierten en escaramuzas bélicas y estas, en guerras declaradas. La metástasis se contagia por el aire.
No recuerdo cómo empezó; probablemente, no lo recuerde nadie, tan solo que fue muy lejos de aquí. La guerra lo cambia todo. Primero, las palabras: con el paso de los días, mutan, mudan como serpientes. Lejos cada vez estaba más cerca, pero nos seguía pareciendo lejos. Seguro, hostil, inaceptable pronto dejaron de tener sentido.
La destrucción y el caos se instalan en el comedor de tu casa y aprendes a convivir con ellos, a seguirlos, hipnótico y paralizado en un scroll infinito que alterna destrucción de ciudades con videos de gatitos. La violencia y la muerte se remezclan con los cereales del desayuno, se instalan a la hora de comer y nos acompañan a dormir todos los días. Cuatro misiles tiene mi cama. Los Eagles siguen aullando mientras en mi cabeza resuena la última conversación antes de huir de la ciudad.
– Me voy, Pablo; me vuelvo al pueblo.
– ¡No me jodas! No puedes hacerme esto, Mario, lo tenemos todo a punto. Tan pronto como nos envíes el original, ponemos la impresión en marcha; dos semanas a lo sumo para la primera edición.
– No lo entiendes… todo esto se va a la mierda ¿Es que no lo ves? ¿A quién le importa un puto libro? Esto se acaba, no hay marcha atrás.
– ¡No me seas agorero, tío! La gente va al fútbol, compra el pan, sigue su serie… esto no es el fin del mundo, por más que algunos se empeñen.
– Cuando esto se acabe no quiero que me pille aquí, quiero estar con los míos.
– Esa es otra… ¿Desde cuando tienes tú pueblo? ¿En serio quieres acabar tus días en Gea? ¿Dónde coño está Gea? ¿Qué se te ha perdido a ti allí?
El desierto estepario parece no acabarse nunca. La carretera zigzaguea como una culebra a lomos de una alfombra raída. Unas pequeñas nubes dibujan insectos y brujas en un cielo cegador ¿qué es eso? ¿un niño comiendo una sandía? El aire desmenuza la nube levemente. La radio interrumpe la música para anunciar que otra bomba termonuclear, la tercera en Europa, ha caído en Amberes. Imagino a la población deshaciéndose en pequeños átomos sobre el rio Escalda, como cuando mi hija borraba un dibujo y aún quedaban unas pequeñas líneas, dos manotazos, una pasada más de goma y ya no quedaba nada ¿Qué estará haciendo Lucía ahora? Estará con su madre, en Comillas. Espero que estén bien. Nuestro hogar también saltó por los aires hace tiempo. No hubo bombas, ni sangre, pero sí palabras cargadas de reproches, acusaciones armadas con una violencia contenida, y luego, el silencio. Un silencio incómodo y devastador que atronaba en todos los rincones de la casa, especialmente por la noche, en nuestra cama. Un silencio frío y hostil que era mucho peor que los gritos. Dejé que se fueran sin luchar. Me pareció lo mejor para Lucía, pero también lo mejor para mí. Huir. La respuesta más fácil, la más cómoda ¿es lo que estoy haciendo ahora? El paisaje sigue, imperturbable y sofocante, y no puedo evitar comparar mi vida con este secarral que me rodea.
Como en un trampantojo travieso, Gea se aparece a la vuelta de una curva. Escondida en un pequeño humedal, invisible hasta que no estás muy cerca, la fértil vega de chopos parece un collar de esmeraldas en un cuello reseco. La torre de la iglesia de San Bernardo se erige con garbo de vedete trasnochada, mientras la cúpula del antiguo convento de las monjas grita desdentada a las avutardas que buscan anidar en sus fauces.
A la entrada del pueblo, una mujer con más raíces que flores empuja pesadamente una carretilla llena de patatas y coles. Ralentizo la marcha y saco la cabeza por la ventanilla.
– ¡Buenos días!
La mujer me mira frunciendo el entrecejo. Entre las milenarias arrugas que rotulan su rostro apenas puedo distinguir un par de ascuas vivarachas que me observan con curiosidad.
– ¡Válgame, Señor! Si es el hijo de Enrique el Triparrota, el escritor ese…pero ¿qué haces tú por aquí, maño? Con este calor ¿cómo se te ocurre venir? ¿Para cuánto te quedas?
Le contesto que para un tiempo y le voy a explicar por qué no he venido antes cuando la mujer vuelve a coger la carretilla y se aleja dejándome con la palabra en la boca. Bueno, bueno, ya me cuentas, que no tengo todo el día y hoy Lorenzo está que arde.
Las casas encaladas parecen cerrar los ojos tras las ventanas para no ver el ridículo que me colorea la cara. Llego a la plazoleta y aparco el coche sin dificultad. Una cruz de piedra, jurásica y resquebrajada, preside una fuente seca de cuatro caños que en su día aliviaba la sed de los niños y hoy sirve de escondrijo a las lagartijas. En los soportales, sombreados y frescos, el bar se entrevé como un espejismo en el desierto. Atravieso la cortinilla mosquitera y, en la penumbra, distingo a un anciano haciendo un crucigrama en el periódico del día.
– Marcial, sabía que te iba a encontrar aquí.
El hombre me observa en silencio. Se ajusta los anteojos y vuelve la mirada al diario.
– Acción con que alguien procura la mortificación de sus sentidos. Diez letras.
Me desconcierta y no sé si está hablando conmigo o con la chica que acaba de asomar tras la barra del bar.
– Para ser un escritor famoso no estás muy ducho en esto de las palabras. Ponle una cerveza bien fría a mi sobrino, Estela.
La chica no se mueve, tararea una canción y mira distraídamente un punto indefinido a través del ventanuco del bar. Carteles de fiestas pasadas decoran las paredes como cromos de una colección a medio completar. Toros embolados se mezclan con vírgenes llorosas, santos beatíficos y mozos corriendo vaquillas. Fiestas patronales de San Bernardo, 1992, una joven vestida con el traje regional, desde un cartel ajado y descolorido me guiña un ojo. Un joven vestido con un mono de trabajo se come un bocadillo con mordiscos grandes y en silencio, como si estuviera comiéndose la vida. En el techo del bar, un ventilador hace más ruido que viento y un grupo de cuatro abuelos, en una mesa más alejada, juegan al dominó.
– Muy mal tiene que estar la cosa por la capital para que tú te dejes caer por aquí.
– Está mal en todos los sitios, Marcial.
– Aquí, no; ya lo ves, estamos como siempre – le da un largo sorbo a un café amarronado – ¿dónde te has dejado a tu mujer y a Lucía?
– Nos separamos… hace un tiempo ya.
– ¿Antes de la novelita?
El tono de la pregunta me hiere como un zarzal. La voz de Estela, jugosa y selvática, interrumpe mi respuesta. Se ha quitado los auriculares que llevaba puestos y los ojos se le han llenado de lágrimas.
– Lima ha caído; la han arrasado… ¡esos hijos de puta!
– La leí ¿sabes? – mi tío no se inmuta ni cambia su voz cavernosa – No es la gran cosa, no entiendo tanta fama ¿un taxidermista con problemas familiares? ¿eso le interesa a la gente?
– No es eso, bueno, no es eso solo, va de la herencia y del conflicto de…
– Ya, ya…
Estela se ha sentado en el suelo y llora inconsolable con quejidos y lamentos que se amplifican con la acústica del bar. Por encima de los llantos, los ancianos del dominó alzan las voces en un griterío cada vez más confuso. ¡Pito doble! ¡Pito seis, por listo! ¡Seis doble y a callar! Marcial me mira, pega otro sorbo del brebaje espeso y sonríe.
– Últimamente, todos estamos un poco alterados. La guerra se contagia.
La guerra se contagia. En mi mente vuelve a relampaguear la imagen de un todo, un cuerpo, un mundo invadido lenta e inexorablemente por una plaga de insectos negruzcos y famélicos que devoran todo a su paso. Como en una reacción febril, cada momento se vuelve más intenso. Cada amor, cada disputa, cada fiesta se vive como si fuera la última. Esperaba que la gangrena no hubiera alcanzado todavía a un pueblo perdido en la sierra, pero quizás sea tarde. Estela sigue sollozando detrás de la barra y yo me despido de Marcial. Penitencia, Marcial, la palabra es penitencia. Uno de los ancianos arroja con saña una ficha de dominó a otro. Salgo del bar con la imagen del rostro sangrante.
Me dirijo a la casa de mi infancia. Unos niños juegan con un balón en la plaza. Un perro mea en una esquina. Alguien bate huevos en un plato y el sonido martillea el silencio del mediodía. Cloc, cloc, cloc, cloc. La imagen se rompe con el sonido del móvil. Miro la pantalla. Mi editor otra vez. No contesto. Me siento observado desde las ventanas cerradas. Reconozco persianas, grietas en las fachadas y un olor impreciso, entre ovejas, moho y resignación. Cuando llego a mi antigua casa, abro la puerta y toda mi infancia sale a recibirme. Los gritos de mi padre, las sandalias que me regalaron para mi comunión, la colección de Clásicos Juveniles, mi madre estrujándome la cara con fuerza y diciendo pero que niño más guapo tengo, los toros en la plaza, el Lingotín en el pan, Julia en las eras. El ruido que inunda todo desde hace varios meses parece haber respetado aquellas habitaciones frescas y silenciosas. Todo está en penumbra. Levanto las persianas y la luz barre de un manotazo polvoriento todos mis recuerdos. Un olor reconocible en la casa mezcla el guiso de patatas de mi madre y el plumier con lápices nuevos de los deberes que hacía en el comedor. Las poesías que nos obligaba a copiar con letra minuciosa don Manuel y que luego recitábamos delante de toda la clase. Por entre unas matas, seguido de perros, no diré corría, volaba un conejo. Los versos vuelven a mi memoria como una cascada sin contención, inundando mi cabeza de imágenes de babis y colores Alpino, de sonidos de niños pegando patadas a un balón y madres gritando desde una ventana. ¡Mario Enriqueee! ¡Sube para casa que es hora de cenar! Me pregunto si todos, como en la fábula de Iriarte, nos hemos enzarzado en discusiones de poca importancia y ahora nos han pillado los perros.
El mundo se ha vuelto loco por un barril de crudo, por una línea fronteriza, por una cruz, una estrella, una media luna. Nuestro hogar se hizo añicos por unos calcetines en el suelo, una tapa del wáter sin bajar, un vamos a dejarlo para otro día. Siento que he hecho bien al venir aquí. Si tengo que morir sepultado bajo unos muros, prefiero que sea bajo estas paredes que en las ruinas de un edificio de ocho plantas.
Dejo sobre la mesa el borrador de mi segunda novela. No me veo con fuerzas para terminarla. Tampoco quiero. El final va a llegar sin necesidad de que yo ponga un punto a una última frase. Una caja metálica que reconozco al instante llama mi atención tras la cristalera del aparador. Con curiosidad e incertidumbre la abro y me reencuentro con viejas fotos en blanco y negro, amarillentas y acartonadas, que me evocan momentos que observo como si nunca los hubiera vivido. Reconozco lugares. La casa de mis abuelos, el huerto de mi padre, la iglesia del pueblo y en un impulso macabro que no acierto a controlar me dedico a repasar mentalmente todos los que ya están muertos, pero que en esas fotos sonríen y miran a la cámara como queriendo tender un puente con un futuro que no verán. Mis abuelos, mis padres, mi hermana Marisol, mi tía Consuelo, el párroco mosén Jesús, mi amigo Gregorio… Alguien me contó que había muerto arrollado por un tren ¿o le pasó a un primo lejano?
Unos golpes en la puerta de entrada me hacen salir de mis divagaciones.
– ¡Hola! ¿Mario? ¿Estás ahí?
Cierro la caja de las fotos y abro para descubrir a una mujer con una camisa clara y melena rizada que me sonríe y me abraza antes de que yo pueda reaccionar.
– ¡Qué alegría! Me lo ha dicho la señora Benita, que te ha visto al llegar al pueblo… No me lo podía creer ¡Qué bien que hayas venido, Mario! ¡Cuánto me alegro de verte, maño!
Al separarse tardo unos segundos en reconocer esa cara y esa voz. Veo unas arrugas que no estaban antes, algunos kilos nuevos que han redondeado su rostro, pero esos rizos indómitos, esos hoyuelos y esos ojos ansiosos de comerse el mundo son los mismos.
– Julia… ¡Cuánto tiempo! ¡Estás igual!
La mujer me habla atropelladamente mezclando vivos y muertos, su historia y la mía, anécdotas que no recordaba, preguntas sin esperar respuestas. Me dice que le encantó mi novela, que está esperando la segunda y que sabía que yo llegaría muy lejos.
– Me la leí dos veces.
Me pregunto si con muy lejos quiere decir a la ciudad o al parnaso de los escritores consagrados. Mientras parlotea sin dejarme intervenir sobre su marido muerto y sobre su hijo que estudia en Zaragoza a mí me vienen imágenes congeladas de Julia en las eras, sudorosa y anhelante, de unos pechos que yo solo había imaginado en sueños húmedos y culpables. Olores a colonia barata de los domingos, a banco de iglesia y vino de garrafón en las fiestas. Me enseña orgullosa una foto de su hijo. Tiene sus mismos ojos. Me pregunto si en algún universo paralelo el padre de ese chico que sonríe incómodo a la cámara seré yo. Si existirá otro Mario que no haya abandonado el pueblo, que no sueñe con libros que no existen, que no forme un hogar y una vida nueva para después dejar que se alejen. Un avión a reacción pasa por encima del pueblo, atronándolo todo y haciendo ladrar a los perros en la plaza y revolotear asustados a los vencejos. Los dos miramos al cielo para apenas distinguir una columna de vapor que desaparece a cámara lenta
– ¡Qué raro!
Julia se despide rápidamente y emprende la vuelta a casa sacando el móvil. Me imagino que está llamando a su hijo. En el pueblo quizás no lo sepan, pero el fin se precipita. Cuestión de días, puede que de horas. Entro en la casa y cojo perezosamente de la mesa las páginas mecanografiadas. En la última de ellas una última frase sin terminar parece suplicarme una continuación. En un momento, todo el ruido.
Con determinación, busco un boli en los cajones del aparador. Le echo el aliento a un viejo Bic para hacer que reviva y escribo con mayúsculas la palabra FIN después de ruido.
Unos aviones vuelven a sobrevolar el cielo con estruendo de motores y silueta de buitres. Un resplandor amarillo y violento inunda la línea del horizonte. En un momento, todo el ruido del mundo acumulado en los últimos meses se concentra en el comedor de mi casa familiar. Las ventanas implosionan en un espasmo colérico y, por fin, llega el silencio definitivo.
El libro del taller
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