¿Qué habrá hecho para estar aquí?

¿Qué habrá hecho para estar aquí?

Franck

07/06/2026

Después de un lamentable caso en la cárcel de Valdemoro me permitieron continuar mis prácticas de Psicología en la cárcel de mujeres, o mejor dicho en el Centro de Inserción social Victoria Kent. Parece que algunos de los presos me cogieron cariño y dieron buenos informes sobre mí.

Con la intención de acercarme a las nuevas “compañeras de trabajo” les preguntaba sobre quién fue o es Victoria Kent, ninguna de ellas sabía un carajo. ¿Quién era? Me preguntaban ellas a mí. Tuve que ponerme al día sobre una pionera de las cárceles españolas y de las políticas sobre inserción en tiempo de las repúblicas.

Lo primero que hice fue comprobar el interés que pudiera sugerir grupos de terapia compartidos, ya había habido algunos por allí. Lo comenté previamente con el responsable del área del centro, quien me dio plena libertad. Me encontré con la sorpresa de que ocho de las reclusas mostraron interés y se presentaron en la sala que habían habilitado.

¡Tendrías que ver las pintas! ¡y las caras! Me arrugué un poquito, respiré hondo, miré a una que me sonreía y me rehíce.

―Vamos a ver, gracias por venir a este encuentro, lo explicaré del modo más sencillo del que sea capaz. Os invito a sacar cualquier angustia, problema o tensión que tengáis dentro, porque si se queda se deteriora, se pudre. ―Respiré un momento y miré sus caras ― Si sale fuera se airea, se cura. La invitación es a compartirla en este foro, a expresarla, una angustia tirará de otra quizá más profunda, las historias de las compañeras también nos ayudarán a encontrar las nuestras. Es una manera, no demasiado difícil, no creáis, de sanar, de estar más a gusto con nosotros mismos.

―Si eres un puto niñato ―dijo la del pelo rubio rabioso.

―¿No serás un boqueras? ―dijo la del pelo rizado.

―¿Qué coño nos vas a enseñar tú, beibi? ―dijo otra.

Risas, alboroto, aquello no había por donde cogerlo.

―Venga entremos en faena, os voy a hacer una pregunta para que la que quiera empiece a contarnos: ¿Cuál ha sido el castigo más desproporcionado en vuestras vidas?

―¿Castigo? ¿quieres decir la mayor paliza que me hayan pegao?

―Podría valer, claro que sí ―dije, contento de entrar en materia―. Siempre tenemos algún momento en nuestra vida, concreto, en el que nos resultó especialmente injusto el trato, el pago, el castigo, también puede ser una paliza. No todas las palizas son iguales ni en las mismas circunstancias. ¡La que más rabia te dio! ¡Lo que más ira o miedo te generó!

Empezaba fuerte aquello. Se miraban unas a otras, aún había algunas risas, el silencio sobrevoló de pronto en aquel grupo. Muchas agresiones, muchas frustraciones, muchas injusticias empezaron a asomar en las mentes de aquellas mujeres. Sus ojos mostraban dolor y rabia. No era un grupo de personas maltratadas, era un grupo de convictas.

― Mi primer novio …

― Si quieres nos dices primero como te llamas y te presentas ―le dije.

― ¡A ti qué coño te importa! ―me cortó y continuó hablando ―Me pillé un rebote que aún me hierve la sangre. El Toni, el hijoputa, iba de gallito y de macarra pasado de vueltas, justo de esa que me pone y me ha puesto siempre. Cuando el nota me echaba el ojo se me erizaba hasta el pellejo. Yo tendría dieciséis tacos. Cayó el Pelos aquella tarde; habían quedado para asaltar una gasolinera. Yo voy con vosotros, les solté. ¡Que tembleque llevaba con el chopo apuntando al gasolinero! Y los cabrones se repartieron la pasta entre ellos como si nada. Me quedé con unas ganas locas de cortársela allí mismo. Me la pagó más tarde… otro día os suelto la movida.

Había de todo, de las que recibían y de las que daban. Víctimas y verdugas. Siguieron historias, más o menos inconexas, se explicaban mal, pero se entendía muy bien. Me sorprendió el silencio con el que se escuchaban, es que cada historia era una película, de acción o de miedo.

A la semana siguiente se presentaron doce personas atraídas por el boca a boca de las primeras asistentes. Era muchas para un grupo de este tipo, solicité generar dos grupos de unas seis personas y las que pudieran venir o salir. Ese día mantuvimos el grupo grande, ruidoso, imposible de callar.

―¡Tú, chocho! ¿Cuándo empieza esto? ―se dirigía a mí.

Cuando os calléis un poco, pensé.

―De las que estuvieron en la primera sesión alguna que se quedara con ganas de contarnos algo. ¡Adelante! ―apenas me hice oír.

―Yo, niñato. ―Me parece que ese iba a ser mi nombre ―No sé cómo empezar …

―Por cuando te la metió ―dijo una de las nuevas.

―Pues eso, me violó. Me queda claro que me violó. Estaba super enamorada de Javi, estaba ya en COU, alto, guapo, listo como los ratones coloraos. Yo no había salido a penas de mi casa, catorce años, aunque las muñecas se me quedaron atrás hacía tiempo. Me llevó a su casa, embobada. No sé qué me dio, al anochecer me encontré sola, desnuda, mareada, con un fuerte dolor de cabeza… desvalida, decía mi madre. Ella sabía muy bien de lo que hablaba. Primer amor, primer desamor, última violación.

―Gracias por compartirlo con nosotras ―le dije.

―¡Que me hablen a mí del amor romántico! ¡Lo mato! ― dijo ella.

Las reuniones seguían su curso, los grupos ya definidos fueron tomando su propia dinámica. Uno era muy bullicioso, el otro más íntimo. Las historias todavía superficiales pero intensas se sucedían. Unas veces nadie quería hablar y otras se quitaban la palabra. ¡Yo alucinado!

Tomaba muy buena nota de todo para mi proyecto final, pero lo que estaba viviendo me impactaba mucho más a nivel personal. Debía tener mucho cuidado para no implicarme en exceso, realmente no sabía dónde me estaba metiendo, ni tenía suficiente experiencia para conocer a donde nos llevaría.

La del asalto a la gasolinera, Sonia, que ya sabía su nombre me recordó una de mis primeras «novias», compañera de trabajo. Una tarde me dijo: “Estudias, trabajas, eres demasiado formal para mí, me caes bien, pero no me pones”. Ahora lo entiendo mucho mejor.

Además, he de reconocer mi debilidad por algunas de ellas, especialmente Alicia, la de la violación. No pegaba nada, refinada, culta, delicada, de maneras suaves. ¿Qué habrá hecho para estar aquí?

Hoy me encuentro al grupo de “Las Desesperadas”, así se autodenominaron, a carcajada limpia. Un show de Sonia hablando de aquel novio.

―¿Lo dejaste así? ―dice una de ellas.

―Ahí, en mitad del baño de las tías, con la polla tiesa y los pantalones en los tobillos ―aclara ―. Y justo al pirarme entraba la de Naturales, la miré y le solté: “Mira un pingüino”.

Sonia anda con pasitos cortos y rápidos. Todas alrededor de ella partiéndose de risa.

―Aquí tenemos al niñato ―dice la del pelo rizado.

Se van sentando poco a poco y disminuyendo los comentarios entre ellas. Invito a Alicia a hablar porque en la anterior sesión había mostrado ademanes de querer contar algo.

―Alicia, ¿te animas? ―le digo.

Me mira angustiada, pensativa. Se le adelanta otra de las reclusas que también se había quedado con ganas. Comparte una historia personal de abandono de padres que nos deja a todos compungidos. Algunas lloran a escondidas.

―Lo de la violación que os conté el otro día fue fuerte claro no se olvida, pero se asume, lo que me angustia dentro viene de otro lado y no soy capaz de asumirlo. No soy capaz ―Alicia con voz ahogada mira al grupo, me mira ―. Mi padre solía visitar mi cuarto de pequeña, no venía a contarme cuentos sino a generar pesadillas, imaginaros la culpa y la tristeza de esa niña que era yo. Esa vez que recuerdo, esa que no se me va, ocurrió que me dejó llorando semivestida en la cama, salía de la habitación y al abrir la puerta pude ver a mi madre, me echó una mirada fugaz, cambió la vista y vi sus brazos abiertos para abrazarle mientras se cerraba la puerta.

Alicia empieza a llorar desconsolada, se tapa la cara con las manos, trata de sobreponerse, le cuesta unos minutos. Todas calladas mirando sus manos, su desesperación, su llanto.

―Esa cara, esa mirada, esos ojos… se repiten cada vez que cierro los míos.

                                                                            

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