Un proyecto duro

Un proyecto duro

En la tribu de las mujeres jirafa, ella habría sido la más guapa de todas. ¿Cuántos collares podría haber llevado de forma natural, unos veinte, quizás? Tenía un cuello largo, delgado, de piel perfecta. Cada mañana, nada más llegar al trabajo, se recogía el pelo con una goma. Era un momento tremendamente erótico.

Por lo demás, no era demasiado guapa, sino una chica normal, del montón. Era joven, eso sí; ambos lo éramos. Jóvenes y tontos perdidos. Trabajábamos unas doce horas diarias por un sueldo mínimo, y tan contentos.

El gilipollas de nuestro jefe, que trabajaba lo mismo por un sueldo bastante mejor, también parecía haber reparado en la carga erótica del cuello de Marga.

Todas las mañanas, en cuanto ella terminaba de recogerse el pelo, él iba directo a su mesa. Una vez allí, se le acercaba demasiado y le echaba el aliento en la mejilla. Aunque yo estaba sentado justo enfrente, nunca lograba oír nada de lo que le decía tan cerca de su oído. Por fin, él se retiraba un poco para escuchar su respuesta:

—Enseguida termino y te lo envío, Miguel.

—Muchas gracias, guapa.

Eso era lo poco que yo conseguía oír. Eso y los halagos con que él solía volver al poco rato:

—Excelente trabajo, Marga. No sé qué haríamos sin ti.

O bien:

—Mil gracias por el informe; era impecable. Creo que los jefes se han quedado impresionados.

Etcétera.

Los viernes salíamos a tomar algo todos juntos. Esa era mi oportunidad para acercarme a ella. Pero siempre tenía al capullo de Miguel alrededor, como un moscón pegajoso. Solía acorralarla contra la máquina de tabaco, y solo se despegaba de ella para ir hasta la barra a pedirle otra copa.

Entonces Marga reparaba en mi presencia y me comentaba cualquier novedad de esa semana. Yo le seguía el rollo, le daba coba, intentaba hacerla reír. Me encantaba esa sonrisa que ponía mientras ladeaba un poco la cabeza, dejando más al descubierto la parte izquierda de su cuello.

En ese momento solía volver Miguel con su copa. Al vernos hablando, sin ningún pudor, introducía su cuerpo entre los nuestros y me pasaba el brazo por los hombros. Sabía bien que ese gesto me incomodaba tanto que pronto me retiraría hacia la barra para pedir otro whisky.

Así que al final acabé desistiendo.

De todas formas, las cosas se pusieron más y más chungas con el proyecto, y cada vez teníamos que meter más horas, con lo que la libido se me bajó bastante. En mi poco tiempo libre prefería dormir y descansar antes que gastar más energías. Sin embargo, Miguel parecía cada vez más excitado. Igual por eso había llegado a jefe, porque el exceso de curro le ponía.

Y fue justo entonces cuando Marga empezó a ablandarse. El acoso al que había sido sometida empezaba a dar sus frutos. Cuando hablaban, el cuerpo de ella también buscaba al de Miguel. Por la noches, cuando nos íbamos, él fingía que justo en ese momento tenía que hablar con ella de algo urgente relacionado con el proyecto.

Supongo que se la follaría contra la mesa de su despacho, o alguna asquerosidad por el estilo. Espero que no tocaran nada de mi puesto. Por si acaso, disimuladamente, cada día, al llegar al trabajo, sacaba un kleenex y lo pasaba por mi mesa, mi silla, mi cajonera y mi ordenador. Por si acaso nada más.

La presión del proyecto se prolongó más de lo habitual, y de lo necesario también, probablemente. Al cabo de unos meses, Miguel se cansó del jueguecito y empezó a perseguir a Gloria, la recepcionista, que era cuellicorta, pero tenía una cara bonita y unas tetas bastante grandes. Marga parecía más y más cansada cada día. Todos lo estábamos. No parábamos de trabajar ni siquiera los fines de semana.

Por las mañanas, yo no podía evitar mirarla fijo mientras se recogía el pelo con gesto triste. Luego empezaban las miradas a la puerta del despacho de Miguel. Primero ella, luego yo, pero él nunca aparecía. Sus órdenes nos llegaban por email, por lo que nos pasábamos las horas tecleando. Sobre las once venía un compañero:

—¿Os venís a tomar un café?

Yo me levantaba como impulsado por un resorte. Él insistía:

—Anda, Marga, vente…

—No puedo, de verdad, tengo mucho trabajo.

Y ella, al final, nunca venía.

Empecé a tomar pastillas para aguantar mejor el tirón. Las primeras semanas me ayudaron bastante. Después tuve que combinarlas con somníferos, porque me encontraba tan activo que no dormía ni cuatro horas diarias. No sé si Marga también recurrió a los químicos. No sería extraño: media planta lo hacía y hablaba de ello abiertamente con los más cercanos. Cada día estaba más ojerosa y demacrada. Además, había tomado la costumbre de llevar el pelo suelto y de ponerse jerséis de cuello alto o pañuelos.

Un sábado pasé por la oficina para recoger unos papeles que me había dejado, y necesitaba leer al día siguiente. Los guardias no estaban en el mostrador. Se habrían metido en la habitación de al lado a jugar a las cartas. Era lo habitual los fines de semana por la tarde.

Nada más llegar a mi puesto olí el humo. Parecía venir del despacho de Miguel. Me asomé, y vi que ardían la papelera y las carpetas de encima de la mesa. Como jefe de emergencias de la planta, comprendí que esos fuegos se apagarían solos al poco rato.

Así que saqué de su armario los informes del proyecto y los encendí con el mechero que siempre llevo en el bolsillo. Repartí los papeles por todo el despacho y, en cuanto los estores y el sillón comenzaron a arder, salí corriendo. Tenía que bajar bastantes plantas.

Al llegar a recepción aflojé el paso para no hacerme notar. Y de pronto vi a Marga, con el pelo recogido, como en los buenos tiempos, saliendo tranquilamente por la puerta. Me hice el distraído unos segundos más para evitar cruzarme con ella y después salí lo más despacio que pude. Los guardias ni se enteraron. Estarían ya en la fase de apostar dinero y de acusarse unos a otros de tramposos.

Evité el metro; sabía que Marga solía cogerlo, y, en su lugar, me metí en el primer autobús que pasó por allí. Me bajé en Sol, entré en un bar con tele y pedí un cubata. Estaban dando la noticia de que había un incendio en el edificio Windsor.

Apenas había dado un primer, largo trago a mi bebida cuando me sonó el móvil.

—¿Mamá? ¿Cómo estáis?

—¿Cómo estás tú, hijo? ¿No estarás cerca de la oficina, que dice la tele
que está incendiada?

—No, mamá, estoy en un bar del centro.

La música ambiente sonaba a toda pastilla.

—Gracias a Dios, hijo, gracias a Dios…

—Bueno, mamá, tranquila. Ya ves que no tenías por qué preocuparte. Te dejo, que no se oye bien. Un beso.

Colgué y me quedé mirando al móvil, donde se acumulaban los mensajes de amigos preguntándome si me encontraba bien.

Por fin me decidí a teclear: «Marga, ¿estás bien? Espero que no estés por la oficina. Si no sabes de qué te hablo, busca una tele. Lo están dando en las noticias». Seleccioné «enviar», y fue como si rozara con mis labios la suave piel de su cuello perfecto.

Entonces suspiré. Y apuré el cubata. Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí de puta madre.

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