Bruna finge descansar en el sofá del salón mientras las dos nonnas acechan al bebé. Cada una a su manera.
Su madre, derrumbada en una silla a los pies de la cuna, monta guardia solícita y enlutada, casi sumisa, plegada a las necesidades del crio. Bruna se pregunta cuanto le durará la energía antes de necesitar a alguien en la cabecera de su propia cama. Mezza sega.
La madre de Piero, en cambio, pasea por el salón cambiando los adornos de sitio a su antojo. Con la autoridad de saberse la dueña y señora acaba de ordenar abrir uno de los balcones y destapar al niño porque, a su parecer, hace demasiado calor en el salón donde se encuentran las tres mujeres.
Impicona. Grita Bruna para sí misma mientras se arropa con el echarpe.
Si la bruja supiera. Bruna sonríe.
No han pasado ni dos años desde que le fuera presentada antes de la boda.
Fue en este mismo salón, en el que están ahora, el que sería su futuro hogar. Sirvieron una cena de compromiso para algunos familiares y amigos. Recuerda como si fuera ayer el asentimiento escueto que le brindó tras una mirada por encima del hombro a sus caderas anchas y pechos generosos, valorándolos como aptos a la maternidad. Caffona arrichita. Susurra con resentimiento.
La vieja no hizo el más mínimo intento de disimular que la pobretona de Civitavecchia, que le traía su amado Piero , no le parecía una buena opción.
Sin embargo en aquel primer encuentro, enamorada como estaba, Bruna solo sintió gratitud ante la aprobación tácita de su suegra, y es que ella también quería formar una familia. Darle a Piero un hijo lo antes posible, un varoncito que heredase los ojos de miel de su padre . Un niño de posibles, que no necesitase mancharse las manos en la central o haciendo recados en el puerto como ella.
Que cándida era por aquel entonces. Sonríe.
En la repisa de la chimenea, iluminada por el sol que entra por el ventanal abierto, la nieve de la bola de cristal se mueve agitada por el último cambio de sitio al que le ha sometido la suegra.
Es una preciosa esfera sobre un pedestal de madera tallada. Una obra de arte, le dijeron. Dentro, oculta por la nieve, una bailarina de puntillas eleva los brazos y la mirada hacia el cielo.
Fue un regalo de Andrés, el mejor amigo de Piero, aquel primer día de
presentaciones. Hubo más regalos, pero Bruna solo recuerda ese.
Andrés sí la saludó de forma cercana mientras le entregaba con cierta pompa el bonito regalo.
Ya ese primer día hubo de reconocer Bruna que Andrés era más guapo que Piero. Mucho más galante con su tupido cabello rubio, más apuesto tras aquellos ojos de color mar que le daban una bienvenida sincera. Bruna se avergonzó de sentir un privado cosquilleo.
Ahora sonríe y el recuerdo se entremezcla, como enganchado con un resorte, con la imagen de Piero, apenas un mes después de la boda, suplicándole en aquella plaza. Lo había descubierto y le pedía a Bruna que no se fuera mientras le sostenía la mano distante y fría.Mientras repetía incansablemente que la quería.
Sobre la chimenea preside el salón una foto de Piero y ella del día de
la boda. Ella sentada sosteniendo un ramo de flores y él a su derecha con la mano apoyada en su hombro. Su vestido blanco fue la envidia de todas sus amigas del pueblo acostumbradas a casarse de negro.
―No puedes relajarte con el servicio, esto está lleno de polvo―dice la suegra, y la mira esperando una respuesta.
Su madre, enlutada y menuda, se apresura a acercarse a la repisa que señala la señora, saca un pañuelo doblado de su manga y se pone a limpiarlo.
La madre de Piero da un respingo y Bruna siente una punzada de vergüenza.
―Hay gente que no vale ni para mandar―rezonga lo suficientemente bajo para no tener que disculparse y lo
suficientemente alto para que la madre de Bruna vuelva cohibida a su silla sin respaldo a los pies de la cuna.
Bruna se muerde el labio y aplaca el calor rojo que sube desde su entrepierna de recien parida y se aloja en algún lugar detrás de la garganta y los ojos. Aprieta los dientes.
Si la bruja supiera.
Después de la boda Andrés empezó a pasar mucho tiempo en casa. Bruna se
ponía nerviosa al verlo, con una humedad culposa, ante sus miradas
penetrantes y sus atenciones continuas.
Como el día de la boda en aquel salón fastuoso que le era tan ajeno a Bruna y los suyos. Su hermano, el que hacía de padrino,estaba más concentrado
en apurar el vino bueno de las botellas a medio terminar que en relevar a Piero durante el primer baile, así que lo hizo Andrés, siempre atento, cosi bello e attraente.
Mientras bailaba pasando de unos brazos a otros, Bruna se sintió deseada y bonita con aquel vestido de gasa blanca. Por fin en el lugar correcto.
El bebé se revuelve en la cuna y comienza un desgarrado llanto. Las dos abuelas la miran.
―¿Tendrá frío?― pregunta su madre destemplada.
―Tiene hambre―sentencia inquisidora la otra abuela —no tienes suficiente leche. Tendremos que buscar una nodriza. Ni para eso….
Bruna se levanta, mordiéndose el labio. Alza al bebé del capazo, lo arrulla
entre palabras bonitas y sentada en el sofá lo acerca al pecho.
La avidez del niño por su pecho contrasta con los acercamientos pausados y metódicos de su padre. Bruna recuerda la noche de bodas.Lo despacio y cuidadosamente que desabrochó aquel corsé blanco y la suavidad con la que besó su pecho virgen. Sonríe irónica a pesar de lo cual vuelve a sentir el mismo vuelco que sintió aquel día.
Fue amor a primera vista. Es lo que aún dice siempre Piero.
Ella trabajaba en una cadena de montaje de la central termoeléctrica, él visitaba las instalaciones como ingeniero.
Bruna se fijó en su traje claro y sus zapatos relucientes. En su bigotito encerado y su pelo escaso y moreno peinado hacía atrás. Jamás se habría fijado en él sin su aspecto de Signorino.
Pero él sí se fijó en ella, en su pelo oscuro cardado, en su lunar junto al labio y en su sonrisa. Y comenzó a cortejarla. Y la invitó al cine a ver la última de Sofía Loren.
Bruna no terminaba de creerse su suerte. De un plumazo, había pasado de
ser una solterona a ser la flamante novia de un ingeniero de la mismísima Roma. ¡Si hasta hablaba de que tendrían servicio!
Servicio. Ella que había sido siempre la criada perpetua de sus cuatro hermanos
varones y ya se había resignado a ser la enfermera de su madre hasta el final de sus días.
Su madre se ha levantado para arropar al bebé mientras mama y no puede ocultar un gesto de dolor y hastío. Ha venido a cuidarlos, a ella y al bebé, con la mejor intención, pero por mucho que lo intente ha nacido para ser cuidada, no para cuidar. No tiene la entereza que tuvo la abuela que sobrevivió a dos guerras y cuatro hijos sin perder la fuerza ni la sonrisa.
Aquel día venía de cuidarla. Era la primera vez que enfermaba desde la boda y Bruna sintió mucho tener que ausentarse tan pronto. A veces se pregunta que hubiese pasado si aquel día no hubiese visto a Andrés.
Aquel día Bruna se había levantado temprano. La mejoría repentina de su madre la hacía estar de buen humor. La tarde anterior había recogido limones del patio y había horneado los pastelitos de Limoncello que le gustaban a Piero. Preparó el desayuno y se lo subió a su madre.
—Hola madre —la despertó cantarina— ¿Cómo se encuentra hoy?
Dejó la bandeja sobre una silla junto a la puerta y se dispuso a correr
las cortinas y entreabrir la ventana.
—Qué contenta estás. Al menos podías disimularlo un poco.
—¿Y por qué tendría que disimular nada si la cosa es que está usted mejor madre?
— ¡Si claro! Lo estás porque dejas de cuidar a una vieja.
Era cierto.
Bruna no dejaba de pensar en el reencuentro con Piero. En su cara cuando llegase a casa y la encontrase de improviso. Planeaba esperarle solo con el corpiño y el liguero negro. Como Sofía Loren haciendo de Mara en aquella primera película que vieron juntos. Le ofrecería, seductora, uno de los pastelitos…
Aquel día, antes de partir hacía Roma, Bruna temió que los pasteles se estropease con el calor desproporcionado de aquel tórrido mayo. Lo recuerda como si fuera ayer.
Ya en casa no pudo evitar la tentación de coger uno de los dulces mientras entraba en el cuarto relamiéndose a la vez que
se desabrochaba la falda y sentía la caricia del encaje de su nueva lencería anticipando otra vez el encuentro.
En el dormitorio le sorprendió ver la luz de la mesilla encendida, las cortinas corridas, las persianas bajadas. Olía a calor y a cerrado.
Frente a la cama, mientras lamía una ultima gota de crema de su dedo, Bruna
vio la nuca arrodillada de Piero, inconfundible y desnuda. Frente a él un miembro amoratado, insolentemente enhiesto y fuera de lugar. Desde la cama el bigote poblado de Andrés le devolvió una mirada de placer, sorpresa y culpa.
Bruna tragó.
Definitivamente la crema de limón amargaba echada a perder.
Sin decir nada, cerró la puerta, cogió la cesta de bollos como podría haber cogido otra cosa y salió de la casa desencajada.
No vertió ni una lágrima aunque tampoco pudo dar muchos pasos. Solo se
sentó a esperar en un banco de la plaza, sin saber muy bien qué,
mientras despedazaba los pasteles de limón y se los arrojaba a las palomas.
El corsé nuevo comenzó a picarle. En su cabeza los bebés rubios se convertían en viejas enfermas y fregonas. La envidia se convertía en lástima.
Piero llegó enseguida, contenido pero lloroso, y se sentó a su lado. Y le cogió la mano inerte y fría. Le dijo que la quería, le pidió silencio. Formar una familia. Mantener la mentira. Ella sería la señora. Nada tendría que cambiar. Había más hombres como él en Roma. No era tan cínico como para pedirle fidelidad. Lo dijo con esas palabras. Había más mujeres como ella en Roma. Le prometió libertad. Repitió que de verdad la quería. A su modo.
El bebé se suelta de su pecho y duerme plácidamente en su regazo arropado
con la toquilla de punto.
—Hace calor— dice con desprecio la abuela paterna mientras arranca la toquilla del niño—no ha mamado suficiente. Despiértale.
La madre de Bruna recoge y pliega la mantita mientras le hace cosquillas en los pies al niño para despertarlo.
Bruna observa a las dos mujeres y se busca en ellas.
Tomó una decisión en aquella plaza. Ha cumplido su parte. No encuentra en ese reflejo la donna forte que se había prometido ser.
Relaja el labio. Recibir lo prometido también es responsabilidad suya. La señora es ella, la familia es suya. Sea como sea esa familia. Suya.
Ni enfermera ni insicura. Es una señora.
Despliega la toquilla con calma y arropa al niño. Lo acuesta serenamente en la
cuna y avisa al servicio.
—Estoy cansada, me iré a descansar. Acompaña a la señora a la puerta que
ya se marcha por hoy.
—Entiendo.
La criada vuelve enseguida con los guantes y la sombrilla de la nonna que no tiene tiempo ni osadía para protestar nada.
Bruna sonríe al escuchar como se cierra la puerta.
La nieve de la esfera de cristal empieza a calmarse sobre la repisa de
la chimenea y Bruna vuelve a ver con nitidez a la bailarina imponente que mira su futuro sin miedo.
El libro del taller
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