El gran portón de madera con aperturas en la mitad para ver al ganado ha sido sustituido por una vulgar puerta de aluminio.

El caserón familiar donde antaño vivieron mis padres con sus seis hijos y los gorrinos ha sido dividido en tres partes, una por cada planta. Soy la única superviviente, la hija más pequeña, y hoy cumplo 84. Al abrir la puerta donde se guardaba el ganado, ahora hay una estancia compuesta por salón y cocina. El frío almacenado en la piedra se cuela en mis huesos. No me desagrada, es un aliento conocido, revitalizante. Las casas antiguas respiran, laten y murmuran igual en todos lados. A sus dueños les susurran secretos que nadie más escucha. Yo escucho. Y sí. Alguien había estado allí antes.

Mi marido siempre tuvo muy buen gusto, pero una memoria pésima. No volveré a insistir en el tema del cuadro. Él es incapaz de acordarse de cuál era el color del marco. Habíamos decidido pintarlo de blanco para resaltar el dibujo, pero la pintura blanca había desaparecido y ahora el marco lucía simplemente la madera en su tono natural. No es que me guste más o menos, eso no importa, pero cada vez que entro y veo el cuadro, me agarra una cólera que no puedo remediar. No me gusta que no me consulten estos asuntos, así que procuro pasar de largo lo más rápido que puedo. Hay más cosas que han cambiado, y cada vez más. Sé que la familia que ocupa la casa en nuestra ausencia tiene una niña pequeña. He visto algunos de sus juguetes por ahí y ropa que no me pertenece. De hecho, he visto su sombra correr a esconderse. No sé por qué me tiene miedo, nunca le haría daño.

Pronto llegarán mis hijas. Como todos los años, la temporada de verano se cierra con la fiesta por mi aniversario. Setenta años ¡madre mía!

Marcelo y mi yerno Antonio se ocupan de la barbacoa. Marian y Nines, mis hijas, vendrán conmigo de paseo al pinar a recoger niscalos. Es la única seta que sabemos coger y una buena excusa para quedarnos solas las tres.

Ya estaban listas con sus canastos esperándome fuera, discutiendo como siempre:

-Nines, no puede ser que solo vengas a ver a tus padres una vez al año, ¿no te das cuenta de lo mayores que están?

-Bueno hija, cómo te pones. Yo los veo bien. Si tú crees que tengo que venir, me lo dices y vengo, pero no me montes el numerito hoy, por favor te lo pido.

Me fui acercando ruidosamente para poner fin a sus disputas sin tener que intervenir.

– ¿Habéis cogido un sombrero? Anda, entrad dentro a por uno. El sol es peligroso a esta altura. No lo parece, pero estamos a …

– ¡Mil doscientos metros sobre el nivel del mar! -gritaron al unísono sin dejarme acabar.

-Además, estáis guapísimas con los sombreros de paja.

No me han dado nietos ninguna de las dos. No sé por qué. Hay tantos temas que en esta familia no se hablan que tan solo es uno más. Hacemos como que nos conocemos en profundidad, pero en realidad cada uno de nosotros oculta al menos un gran secreto al resto. Yo solo quisiera saber por qué Marian me oculta lo de la niña. Sé que es ella la que le da las llaves a sus padres. Siempre ha sido tan mentirosa… Si confiara en mí, yo estaría encantada de ayudar al matrimonio ese que viene y a la niña pequeña. No tendrían que ocultarse más. Pero no hay caso, me lo negará, lo sé.

Siempre cuchichean mucho entre ellas dos, piensan que no las oigo. Se equivocan. Hablan de mí.

– ¿Os he contado lo del alcalde? Me devolvió el euro el muy canalla. ¿Os lo podéis creer? Yo compré el boleto, yo puse los tres euros. Y tocó. Tocó la cesta. ¡Tocó!

-Sí mamá, sí nos lo has contado.

-Pues me tuve que ir antes del sorteo y le dejé el boleto a la mujer del alcalde y su hermana. Menudas dos gurrapias.

– ¿Gurrapias? Qué palabra es esa.

-Reíros, reíros, gurrapias, arrastrás, comeliendres, eso es lo que son. Unas comeliendres.

Mientras les cuento la historia del boleto ganador y el euro devuelto trato de encontrar los níscalos, pero no tengo tanta suerte como ellas, mi cesta sigue vacía.

El olor del sofrito que Marcelo y Antonio están preparando llega hasta aquí, el arroz estará pronto, será mejor que volvamos. Hoy cumplo sesenta.

– ¡Volvamos ya! Si queréis seguimos esta tarde. Vamos a ayudar a estos dos, no me fío de que no quemen algo.

No hemos andado mucho, pero la casa me parece lejana, demasiado lejana. Corriendo hacia ella va una niña ¡la niña! Quiero alcanzarla.

– ¡Mamá! No corras tanto, te caerás.

Nines tan pesada con los peligros. Aflojó el paso. En medio del camino un árbol caído nos impide la vuelta.

– ¿Cómo es posible que no viéramos el árbol al subir? – pregunto a mis hijas.

-No hemos subido por aquí, este es un atajo.

No voy a discutir con Marian, pero claro que hemos subido por aquí. No sé por qué les gusta confundirme. Conozco estos caminos mejor que nadie.

La casa parece más lejana cada vez, tengo frío. El sol se ha metido entre las nubes y no parece que vaya a volver a salir.

-Debemos darnos prisa, Marcelo y Antonio ya habrán terminado el guiso, ya sabes lo nervioso que se pone tu padre si se le enfría la comida. El día de mi cumpleaños es el único en el que él se hace cargo. ¡Cincuenta años ya!

Siguen cuchicheando a mis espaldas. Creen que no las oigo. Entre los pinos veo la sombra de la niña esconderse.

-Mamá, ponte mi chaqueta, te estás quedando fría.

Dejo que Marian me arrope con su chaqueta. Me gusta como huele. De niña siempre me gustaba olerle el pelo.

Nines me tiende el brazo para que me apoye en él. No necesito ni apoyo ni su brazo, pero le cojo la mano. Cuando era pequeña nunca me dejaba cogerle la mano. Quería ir siempre suelta. ¡Cuánta guerra me dio de chica!

– ¿Sabes que de niña nunca me dejabas cogerte de la mano? No sé ni cómo no te atropelló un coche. Eras tan rebelde…

No veo a Marian, estará ya en casa.

– ¿Sabes lo que está preparando para comer papá? No me gusta dejarlo solo demasiado tiempo. Seguro que termina quemando algo.

-Mamá, una barbacoa es lo que preparan. Estará para cuando lleguemos. No te preocupes.

De repente me encuentro muy cansada. Las piernas no me aguantan. Necesito parar y sentarme un rato.

-Nines, cariño, déjame descansar un rato.

-Soy Marian, mamá.

Les gusta confundirme. Le sigo la corriente.

-Sí claro, Marian.

– ¿Crees que el sofrito para el arroz le quedará bien? No me fío mucho.

-Sí mamá, verás como todo sale bien.

Reanudamos la marcha. No debería quedar mucho. No estábamos tan lejos. Los efluvios del guiso llegan hasta aquí.

La puerta de aluminio ha sido sustituida por el portón de madera dividido en dos. La parte de arriba está abierta. Se podrían ver los cerdos si no fuera día de matanza y se los hubieran llevado. Hoy se asará la carne y se prepararan morcillas y chorizos. En vez del calor animal, una bocanada gélida exhalada por las piedras nos recibe. Me hace estremecer. El frío se cuela en mis huesos.

No sé quién ha colgado ese cuadro. No me gusta nada. Parece viejo y carcomido. En cuanto pueda lo tiro.

Veo a una niña pequeña correr hacia el patio. Atravesando la casa por dentro se llega a él. De allí viene el olor a barbacoa. Le suelto la mano a mi hermana. Me venía cuchicheando no sé qué del alcalde y un euro. Siempre le ha gustado el chisme.

– ¡Marian! No corras cariño, te estropearás el vestido si te caes.

Esta niña siempre va corriendo a todos lados, es como si no supiera andar.

Mi Marcelo está tan guapo… Le favorece lo moreno que se ha puesto aquí en el pueblo. Pasa demasiado tiempo en la oficina trabajando. Estas vacaciones le están sentando de maravilla. No sé quién es el hombre mayor que le ayuda con el asado.

– ¡Nines! ¡A comer! ¿Dónde se esconderá esta cría? Nunca me deja que le coja la mano.

La nube que tapó el sol hace un momento lo está envolviendo todo. La oscuridad se ha apoderado del patio. Deberíamos volver dentro.

Lo digo, pero parecen no entenderme.

-El sol es peligroso, estamos a mil doscientos metros.

Nada, no entienden.

-Y el alcalde me devolvió el euro. Me había tocado a mí la cesta.

No sé cómo decirlo.

-Nunca me deja cogerle la mano.

Se han ido todos. No sé quién es esta gente.

– ¿Quién se ha ocupado de la matanza? Esa es labor de hombres y no veo a mi padre ni a mis hermanos por aquí.

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS