
El mal
Aquel pollito era uno de esos, tintados con colorantes, que vendían en la entrada de los mercados. A veces los vendedores los sustituían por patitos; pasaban por los barrios, domingos y festivos, con el armazón de un carro de la compra y un barreño repleto de las coloreadas criaturas.
El nuestro era azul y nos lo compró mamá en la calle , con tal de no escuchar los llantos de mi hermana. Y ahora estaba muerto.
No solían sobrevivir más de unos días en las casas, pero al nuestro lo habíamos matado nosotros. Mi hermana, la eterna instigadora, me había retado a retorcerle el cuellecito mientras estábamos con él a solas en nuestra habitación. Mamá trajinaba en la cocina.
Una vez cumplida la sentencia, mi hermana empezó a llorar, a voz en grito, con desconsuelo. Mamá trató de calmarla y de reanimar al finado metiéndole un grano de pimienta negra en el pico entreabierto.
—Cuando yo era pequeña, casi todos los pollitos se morían por el frío de las casas y vuestra abuela conseguía reanimar a algunos poniéndolo cerca del fogón, envueltos en un trapo y aplicándoles este remedio— nos contó.
Al cabo de media hora se comprobó que el remedio había fallado estrepitosamente; es difícil tragar con el cuello retorcido.
No lo sabíamos en ese momento, pero en nosotros había empezado a germinar la semilla del Mal. Algo debió de ver mamá, ¿quizás la extraña posición del cuello?, porque juró que no nos volvería a comprar ningún pollito.
Después de aquel episodio, éramos muy pequeños, quise que en esta ocasión fuera ella la ejecutora de nuestra siguiente víctima. Habíamos crecido y, seguramente, el Mal con nosotros. Con el paso de los años seguía latente, enquistado como una cigarra a la espera de su renacimiento.
Supo mostrarme su frialdad y que no se achantaba por nada: el gato del vecino siempre se paseaba sobre la valla que separaba nuestros patios. Presumiendo, como todos los gatos, de su aptitud para el funambulismo.
Habíamos sabido ganárnoslo ofreciéndole alguna golosina para gatos que robamos al descuido en un puesto para mascotas del mercado. La puerta del garaje escapaba al control directo de mamá que, a pesar del tiempo pasado del deceso del pollito, nos vigilaba con una actitud insultante.
El cebo lo colocó mi hermana dentro del garaje, justo pasados unos treinta centímetros de la caída de la puerta. Quizás el pobre bicho se merecía lo que le ocurrió, por su gula desmedida.
Mientras saciaba su apetito, la puerta cayó con estrépito y le seccionó en dos. Los ojos de pánico permanecieron en su rostro hasta que se fueron apagando tan rápido como su vida.
Mi hermana pudo verlo, desde el interior del garaje, luego retiramos el cebo y huimos a nuestra habitación. Cuando salió mamá corriendo hacia el garaje solo pudo ratificar el desgraciado accidente y decirle a papá que arreglara de una vez la puerta.
¿Por qué continuó mirándonos con desconfianza? ¿A qué venía ese resquemor con la sangre de su sangre que jugaba entretenida en su habitación? Ese recelo nos obligó a hibernar nuestro instinto durante unos años. Creo recordar que tanto mi hermana como yo nos mantuvimos alejados de nuestro juego, aunque cada uno lo sació con pequeñas acciones que nunca llegamos a confesarnos. Y las víctimas, las que fueran, perdieron la capacidad de acusarnos: algún perrillo, una tortuga, varios pájaros…
Pasados unos años me saqué el carnet. Nuestro campo de acción creció exponencialmente.
De cualquier manera, mamá estaba bastante enferma. Su corazón se resintió cuando nuestro padre nos abandonó. Ya hacía tiempo que había bajado la guardia con nosotros. Como no estaba para emociones fuertes, nos dio mucha libertad salir de su campo de influencia.
Aquel ciclista fue una pieza fácil: la carretera comarcal, tan solitaria, la mala iluminación (una luz rota de una pedrada oscureció providencialmente el lugar) y la ausencia de chaleco luminoso por parte del confiado paisano…Había comprobado previamente que cada día, al oscurecer, volvía a su casa desde un pueblo vecino por la misma carretera. Tras el atropello di un volantazo y estampé el coche contra un árbol del arcén. Todo a pedir de boca.
Un mes parados, con mínimos daños corporales, merecía la pena. Habíamos ascendido en el escalafón; adiós a los animales. Un par de visitas a la comisaría para ratificar nuestras declaraciones, idénticas, acabaron afianzando nuestra inocencia.
Mamá murió días después del suceso; su viejo y castigado corazón no resistió más; sus ojos, antes de apagarse, aún nos miraban con recelo. Al menos no pudo hablar para recriminarnos nada, aunque me parece que en su boca silenciosa se dibujó la palabra asesinos.
Ni siquiera su muerte hizo que papá se dignara a ir al cementerio; a nosotros no nos importó, desde pequeños le habíamos perdido la pista.
Aunque la presión de nuestra madre y su constante acecho nunca nos importó demasiado, ahora éramos totalmente libres. Mamá, la pobre, se quedó sola, dentro de una urna, en un columbario.
La casa paso a nuestra propiedad exclusiva. Ahora un armarito colgado en la pared del garaje, que siempre había guardado las herramientas, se convirtió en un armero con las piezas de nuestra recién adquirida afición. Lo cerramos con un candado del que solo mi hermana y yo teníamos la llave.
Pensamos en comprar un perro, pero al final nos dio pena el pobre animal; ¿quién sabe que le hubieran reservado nuestras mentes perversas?
Como teníamos dinero y edad suficiente, nos sacamos la licencia de armas y nos hicimos socios de un Club de tiro. Solo dos pistolas de Tiro olímpico tenían licencia…El resto de armas pertenecían a lo que nosotros llamábamos “nuestra colección secreta”
No me cuesta nada recordar aquellas tardes en las que, destrozadas las botellas y latas, la fauna autóctona desapareció en algunos puntos de la sierra norte de Madrid.
Aunque vivíamos en la misma casa, mi hermana comenzó a hacerse conocida en otros ambientes. Su promiscuidad sexual, su atuendo peculiar, sobre todo su pelo casi rapado y teñido de azul, sus chupas de cuero…Víctima de maltrato por parte de algunos tipos de gimnasio que volcaban sus frustraciones y su poca hombría sobre el cuerpo y el rostro de mi hermana. Nunca me dejó tomar parte de lo que hubiera sido una venganza justificada.
Se retiraba a casa a lamerse sus heridas. Yo tan solo conseguía animarla con la propuesta de pequeños viajes. La ciudad cada vez nos resultaba más agobiante.
Una tarde paramos junto a una granja de pollos, cercana a la carretera.
—Malditos bichos, ¡ojalá ardieran todos en el infierno!
—¿Por qué dices eso?
—¿Estás tonto? Sino hubiera sido por aquel pollito azul de nuestra infancia nuestra madre jamás hubiera dudado de nosotros…
—¿Y si le pegamos fuego a estos almacenes? Debe de ser muy agradable el olor a pollo chamuscado ¿no?
Dimos varias vueltas con el coche a las instalaciones. Estaba oscureciendo y el único guarda dormitaba en la garita de la entrada. Planeamos entrar por la parte trasera de la instalación.
Mi hermana se quitó la chupa y la dejó a los pies de la valla. Trepó con los dedos y cuando llegó a la alambrada de espino la tensó y paso una pierna al otro lado. Se disponía a bajar de un salto cuando una pernera del pantalón se enganchó en el espino y perdió el equilibrio.
Cayó al otro lado con el pantalón roto, pero, no fue lo único roto: su cuello sonó como un tallo de bambú al quebrarse. Y ya no se levantó.
A pesar de la escasa luz su cuerpo desmadejado y su estrambótico pelo no pudo por menos que recordarme a aquel pollito azul.
No podía rescatarla haciéndola pasar al otro lado de la cerca y, además todo sería inútil; estaba muerta.
Cogí el coche y me largué a casa. Tal y como esperaba, la policía llegó al día siguiente para comunicarme la noticia.
Desde entonces me siento como si me hubieran amputado un miembro.
A veces pienso si, una vez roto el vínculo que nos mantenía unidos, la tendencia al mal se ha ido extinguiendo. Sentí algo parecido a un escritor cuya inspiración se aleja caprichosa de él y ya nunca sabe si volverá.
Ahora paseo, más bien deambulo, por las calles y ni siquiera veo a los viandantes con los que me cruzo como posibles víctimas propiciatorias.
Estoy solo. Definitivamente solo.
El libro del taller
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