
Mientras caminaba segura, con mi maleta, por la Estación de Austerlitz, poco intuía yo el giro que estaba a punto de dar mi viaje. El elegante vagón azul de la Wagon Litz Cook me esperaba a pocos metros. Regresaba a Madrid. Entregué mi billete al revisor.
─Señorita, este billete de tren no es para hoy
─ ¿Cómo qué no? ─contesté entre indignada e insegura.
─Tiene fecha de mañana, ¿lo ve? 24 de marzo de 1977─ me dijo mientras agitaba el billete delante de mis ojos, con cierto aire de superioridad.
Pero yo miraba sin ver. Era tal la sorpresa y el estupor que sentía. Mis pensamientos volaban a velocidad sideral… ¿Qué hacía yo ahora…en Paris, 20 años, sola y sin dinero? ¡¡¡Diossss mío!!!
Un sollozo de angustia me subía desde el ombligo hasta los ojos. Pensaba: ¡Qué vergüenza, me va a ver llorar! Se me nublaba la vista mientras intentaba articular alguna palabra coherente. Por fin, logré decirle:
─ ¿Y ahora qué puedo hacer?
─Pues tendrá que esperar a mañana─ me espetó con cierta sorna.
─No puede ser… dónde me quedo yo esta noche, no tengo francos…apenas hablo francés…
El hombre -por cierto, condenadamente atractivo, cuarenta y pocos, canoso, elegante y con unos preciosos ojos azules- debió notar mi angustia y tras regodearse un poco en ella, (que yo se lo noté), durante unos segundos que me parecieron eternos, me dijo con mucha autosuficiencia:
─Déjeme ver si puedo hacer un cambio. Llevo algún compartimento vacío…
Pasados unos minutos apareció, algo más sonriente, en lo alto de la escalerilla. ¿He mencionado ya que tenía una dentadura blanca y perfecta y una sonrisa muy seductora?
─Todo resuelto. Vamos, la instalaré en su compartimento. Estará sola.
Suspiré aliviada, me había quitado un peso de encima. Cogió mis maletas y me guio al primer compartimento del pasillo, justo al lado del baño y de su puesto de revisor, un sillón extensible y una mesa plegada en la pared para controlar el vagón.
─Ha tenido suerte de que el tren no vaya lleno esta noche.
La verdad es que no me sentí totalmente tranquila hasta que me senté en la mullida cama del compartimento. Una suerte ir sola, así no tenía que ser amable con una extraña. Agradecidísima le dediqué al revisor mi mejor sonrisa, lo cual pareció gustarle porque me guiño un ojo. Al rato el tren arrancó deslizándose lenta y majestuosamente por la Estación de Austerlitz. Asomada a la ventanilla del pasillo miraba a la gente pasar, mientras la estación se iba quedando atrás, y la luz del atardecer se iba apagando sobre los tejados de las últimas casas parisinas.
Doce horas de viaje por delante.
Estaba leyendo cuando el revisor llamó a mi puerta para traerme una botella de agua mineral de cortesía. Tenía ganas de charlar y empezó a preguntarme por mi viaje, qué hacía sola en Paris, etc. Estará aburrido pensé yo, pero me agradaba la compañía y seguí la conversación. La máscara de frialdad del revisor había desaparecido. Se llamaba André y era hijo de españoles emigrados a Francia.
Cerca de las doce, aburrida de leer y de pasear por el vagón, y después de comerme unos sándwiches que llevaba en la bolsa, me dispuse a acostarme. Pensaba en el atractivo revisor cuando, de repente, sonaron dos golpecitos suaves en la puerta.
─ ¡Entrez! – dije un poco sorprendida en mi mejor francés. Era tarde.
La puerta se abrió y en el marco apareció André con una botella de champán francés y dos copas.
─ ¡Cortesía de la casa! ¡Te apetece? ─Me dijo guiñándome nuevamente un ojo.
─ ¿Y eso? – pregunté entre sorprendida y divertida.
─Estamos los dos solos ¿no? Pues nada mejor que compartir la soledad y el champán. La noche es larga y fría en el tren…
Me miraba con ojos pícaros llenos de deseo. Un calorcillo conocido y agradable me subía por el cuerpo y no pude evitar ruborizarme.
─ ¡Adelante! Le dije con mucha seguridad─ Seguridad que no sentía porque en el fondo, mi conciencia, un poco puritana, tenía todas las señales de alarma encendidas. ¡Inconsciente! me gritaba. Pero, mi parte romántica estaba encantada ante la posibilidad de una aventura en el tren. Como en las películas.
La botella de champán fue vaciándose a la misma velocidad que nuestra confianza y las risas iban aumentando.
No recuerdo bien en qué momento empezamos a besarnos ni cuando apagó la luz. Al principio, eran besos tímidos, suaves, lentos, dulces … Sentía su respiración en mi cuello y eso me excitaba. No eran solo sus besos lo que me ponía en ese estado sino el hecho de lo prohibido, que me producía mucho morbo. Y me lancé sin miramientos. Busqué sus labios y violé su boca con mi lengua ansiosa. Inmisericorde. No se lo esperaba y retrocedió un poco sorprendido, unos segundos. Solo unos segundos y después entró al trapo. Pasó a la acción. Sin piedad.
En el campo de batalla quedaron desparramadas las ropas, víctimas de nuestro desenfreno. Nos comíamos como dos náufragos frente a un suculento banquete. Ningún rincón, por oculto que fuera, quedó sin explorar, sin saborear como el más delicioso de los manjares, cada uno disfrutando del descubrimiento del otro.
El vaivén del tren se acompasaba al vaivén de nuestros propios cuerpos, o quizá fuera al revés, pero daba igual. El placer subía en oleadas a cuál más salvaje, una y otra vez, incansables.
El amanecer nos encontró uno en brazos del otro, exhaustos. Me dormí profundamente. Quedaban dos horas para llegar a destino. No sé cuándo se fue de mi lado. Solo sé que a las 7.30 la puerta se abrió y André, nuevamente en su uniforme gris, me comunicó en tono formal de revisor, que quedaban 30 minutos para llegar a Madrid.
Con los primeros rayos del sol el tren entró lento y pesado en la Estación del Norte. Había bruma matinal envolviendo los andenes y algunas personas bien abrigadas, que sin duda esperaban a los viajeros.
Perfectamente arreglada esperé en la puerta del vagón hasta que el tren se detuvo. El revisor, en su papel, me deseo una feliz estancia en Madrid, mientras dejaba mis maletas en el suelo del andén. Tan solo hubo entre nosotros un fugaz destello de sus ojos azules al cruzarse con los míos.
Allí en el andén, elegante como siempre, con su abrigo azul de cachemir, me estaba esperando con mirada ansiosa y una gran sonrisa, mi prometido.
─ ¿El viaje bien, cariño?
─ Un viaje perfecto, amor.
Mayra Flores Márquez
El libro del taller
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