Que la tierra te sea leve

Que la tierra te sea leve

En su deambular por uno de los edificios del parque empresarial, Atilano Bonacci se acompaña de Menecio, un canario al que transporta en una jaula tunecina con forma de globo. Ignora el señor Bonacci que, en realidad, es una hembra, razón por la cual no canta. Sin electricidad ni ascensores, avanza por la escalera despacio, debido a su edad y a una rodilla a la que tilda de malvada. El señor Bonacci aún viste la bata de trabajo de cuando lo contrataron como conserje. Los martes, según rigurosa planificación semanal, le toca subir a la segunda planta donde, dejando hueco para la jaula, coloca en el carro de limpieza tubos de silicona industrial y recorre las salas vacías. Las paredes del edificio están rellenas de un extraño material que se hace bolitas y que, a cada momento, se oye caer por los huecos con un clo-clo-clo. Un río de lamentos, según explica a Menecio. Antes de abandonar el inmueble, los ingenieros elaboraron un plan de recuperación que consistía en inyecciones de silicona en calas hechas por las paredes. Dejaron en el almacén varios palets de Sikaflex, pero el plan se suspendió por la evacuación del gobierno y eso, junto a todo lo demás, se fue al traste.

—Eres un japetónida, Menecio —dice al canario y aprieta uno de los cartuchos junto a la pared—. Tu nombre significa fuerza arruinada. Luchaste con arrojo defendiendo a tu hermano Atlas en la Titanomaquia.

—Pii-pii.

Aficionado a la mitología, el señor Bonacci atesora en la portería de la planta baja una colección de clásicos de Cátedra y Gredos sobre la que ilustra a su alado acompañante.

—Pero Zeus te castigó por audacia desmedida y te dejó aquí. Encerrado conmigo en este Tártaro desierto.

Con el avance de la desertización del año veinte y el aumento de las temperaturas, la meseta se vació. Lo llamaron saharización. Cambios migratorios masivos hacia estrechas áreas litorales dejaron ciudades y pueblos deshabitados junto a extensiones baldías donde no crecían especies vegetales. Junto al petrificado cauce del Henares, el parque empresarial San Frumencio fue también abandonado, mientras el señor Bonacci, a pesar de los esfuerzos del hijo, decidió permanecer en su puesto de conserje del edificio Chiloeches 2.

Las luces de emergencia de la portería permiten, de noche, releer clásicos y aún le quedan bastantes conservas que encontró en una nave cercana. Del grifo del sótano, cada dos días, rezuma un hilito de agua con lo que se arreglan hombre y canario. Aseo y limpieza, en estas circunstancias, resultan lujos algo olvidados. Visitas, salvo algún perro enfermo, no hay. En ocasiones recuerda con pesar al hijo, cuando huyó con los demás, y acaba sintonizando un viejo transistor para escuchar noticias de la costa.

—Menecio, no tenemos alpiste. Mañana saldremos a explorar.

No quedan nubes en esta parte del mundo, con lo que el sol molesta desde el amanecer. Por una carretera llena de socavones, el señor Bonacci empuja un carrito de compra con Menecio en la jaula, una ración de agua y alguna herramienta. Se dirigen hacia lo que fue un área comercial de grandes superficies hace tiempo abandonadas.

Cenizas por el aire entre contenedores de basura volcados y restos de hogueras. Un gato muerto. Cables que cuelgan de postes y ropa por los suelos.

—¡Zalata, zalata! —exclama el señor Bonacci—. Amigo Menecio, eso gritaron los guerreros de Jenofonte al ver el mar que los llevaría a casa. Ahí tenemos una tienda de animales.

El señor Bonacci, destornillador en mano, forcejea con la cerradura. Entran. Mezcla de tufos rancios, porquería y un póster colgado de Royal Canin. Con la nariz tapada, se asoma a la trastienda, donde distingue, entre dos jaulas apestosas, una bolsa abierta: alimento para jilgueros, 1 kilo.

—Estamos salvados, Menecio.

Rellena el comedero del canario y echa un vistazo a las estanterías. Salvo unas pilas usadas, no hay mucho más aprovechable y salen al exterior.

Al inicio de la tarde, las temperaturas superan los cincuenta grados y al sol implacable se unen ventoleras de cenizas que secan la garganta. En el camino de vuelta, el señor Bonacci, con la boca seca, empuja el carrito que vibra al rodar sobre las grietas del asfalto. Más allá, socavones de tierra agreste y arbustos resecos. La jaula se ha calentado y al canario, acurrucado junto al bebedero, las alas se le llenan de polvo.

Junto al borde de la carretera, un pequeño saltamontes parece observarlos y el señor Bonacci aprovecha para dar un descanso a su dolorida rodilla:

—Escucha, buen Menecio. —Sin dejar de mirar al insecto, apoya la pierna en la rueda. —Has de saber que, en su día, la diosa Eos, enamorada locamente del mortal Titono, pidió a Zeus que lo hiciera inmortal.

El canario con el pico abierto parece mirar el suelo de la jaula manchado de cenizas.

—Y así fue, pero nada pidió sobre la eterna juventud y Titono se fue encorvando y aviejando —se pasa la manga por la boca—. Y se convirtió en un saltamontes arrugado e insignificante. Solo servía para hacer ruido y la diosa lo abandonó —señala—. Como ese de ahí.

Agotados, llegan antes del anochecer. Todo está igual en Chiloeches 2. El señor Bonacci, sin fuerzas, se derrumba en su catre mientras Menecio jadea junto al comedero sin tocar.

Cuando por la madrugada cesa la tormenta de ceniza, al conserje le duelen las piernas, pero nada comparado con el dolor de descubrir, al fondo de la jaula, caído como un titán extenuado, el cuerpo inerte del canario.

Abre la jaula y toma a Menecio, poco más que unas plumas. ¿El último pájaro?

—Marchas con los tuyos. Y me dejas aquí.

Arrodillado junto al único áloe reseco del antiguo jardín, el señor Bonacci deposita el cuerpo del canario en un pequeño agujero. Lo cubre con cuidado y coloca a su lado una piedra hermosa que lleva inscrita STTL Menetio.

—Hesíodo te llamó muy ilustre. Sit tibi terra levis —añade—. Que la tierra te sea leve.

Sin su compañero, los siguientes días se le hacen al señor Bonacci más tediosos, más pesados. Con una hoja despegada del Tristia, fabrica un ave de papel que coloca en la jaula. Ni los dísticos de Ovidio sirven de consuelo. Tampoco olvida el saltamontes de la carretera y empieza a sentirse más viejo y quejoso, con nuevos dolores, sabiendo además que no volverá a ver a su hijo.

Una mañana especialmente calurosa y tras comentar junto a la jaula sobre la mors voluntaria, el conserje sube, renqueante, pero convencido, hasta la azotea. Lleva las epístolas morales de Séneca en la mano y ha decidido no continuar como ese eterno Sísifo que arrastra su piedra sin siquiera recordar la lluvia.

Junto al borde bajo de la terraza, el señor Bonacci, sin soltar a Séneca, se encarama al pretil dispuesto a dejar de ser ese saltamontes arrugado y sufriente. De pie en el parapeto, distingue, tres pisos más abajo, la piedra de Menecio junto a la planta muerta.

—Mi último día, Menecio. Cumpleaños de la eternidad.

Como anunciando algo, un remolino de ceniza y polvo se estrella entre los terraplenes cercanos para llevar hedores hasta las alturas.

Clo-clo-clo-clo.

El edificio suelta su reclamo y el señor Bonacci se baja del pretil pensando en su olvidada planificación.

—Como dijo Marco Aurelio: limítate al presente, Atilano.

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