

Néstor Luján, sentado en el borde de la cama, observa a Helena mientras duerme. Las sábanas revueltas y tibias de sueño cubren a medias la piel pálida de la joven, dejando a la vista la maravillosa curva de sus caderas.
El aparato de aire acondicionado está apagado desde hace varias horas. Lo desconectaron antes de quedarse dormidos, y el aire caliente, con olor acre a mar, se ha metido en la habitación por la ventana entreabierta. Néstor abre con cuidado la puerta que da al exterior del bungalow, que chirría con un quejido. El número de la habitación, quinientos seis, cuelga de la madera desconchada y falta de barniz. El seis se ha soltado a medias y se balancea levemente como si fuera un nueve. Néstor se apoya en la barandilla del porche, que cede levemente a su peso, y contempla la bóveda oscura del cielo y su continuación en el océano. No hay luna esa noche y apenas se pueden distinguir la playa y los cocoteros. Una brisa muy ligera arranca susurros de las hojas de palma. La quietud es tal que parece la premonición de algo maligno. En la madrugada de Playa Paraíso todo el mundo duerme menos Néstor, que enciende un cigarrillo con reflexiva parsimonia.
Justo antes del sobresalto es cuando la noche está más silenciosa. El timbrazo del teléfono le hace dar un respingo. El aparato está en una de las dos mesitas de noche y suena estridente, golpeando a Néstor en los tímpanos, como un martillo. Helena se remueve en la cama. Néstor se ha girado, pero no entra en la habitación. Los timbrazos resuenan con agresividad. Teme que Helena se despierte, pero teme más lo que pueda haber al otro lado de la línea. No le ha dicho a nadie que estarían en aquella habitación de hotel, ni siquiera que estarían en aquel país. Un escalofrío le recorre la columna, como la caricia helada de un muerto.
Lejos de ese momento y de ese lugar, cuando conoció a Helena, Néstor Luján trabajaba en el matadero de O Grove y ella era la hija del jefe. Una joven refrescante y sensual como la espuma blanca de las olas en verano. Helena tenía los ojos azules y llenos de peligro, un peligro de esos que no se pueden eludir, que atraen como el abismo atrae al suicida.
Cuando se vieron por primera vez, Néstor, recién acabada su jornada, salía de la sala de despiece con el mandil de cuero, la bata blanca, los pantalones y las grandes botas de goma cubiertos de sangre, igual que si saliera del rodaje de una película de terror gore. Llevaba las mangas de la bata remangadas por encima de los codos y Helena se fijó en sus antebrazos fibrosos y en los dos tatuajes, “amor” en el izquierdo, “miedo” en el derecho, y seguramente se preguntó en cuál de los dos tendría más fe aquel hombre que casi le duplicaba la edad. Sin embargo, Néstor, aquella primera vez que la vio, se fijó sobre todo en la perfección de las líneas de sus piernas, más que nada porque era un hombre tímido y después de saludarla con una mirada huidiza a la profundidad acuática de sus ojos, bajó la vista y no la volvió a subir.
La noche de aquel día en O Grove, Néstor regresó temprano a casa. Cenó con su mujer y sus dos hijos, dos niños pequeños, con la mirada fija en el fondo del plato de potaje. Su mujer le contaba trivialidades de su jornada en el supermercado mientras Néstor Luján contaba los garbanzos que se llevaba a la boca y rememoraba los centelleantes detalles de Helena como si la tuviera delante y ella le permitiera contemplarla sin que él se ruborizara. A sus años, era un hombre acostumbrado a moverse entre bambalinas, sin hacerse notar, bajando la mirada cuando algo le incomodaba. Había sido joven e impetuoso, había tenido sueños, pero la madurez le había enseñado cuál era su sitio y afrontaba el tedio de la vida sin quejarse.
Aquel día en O Grove fue viernes y Néstor Luján no pudo borrar de su cabeza a Helena durante todo el fin de semana. Al acostarse cada noche, agradeció que su mujer, como casi siempre, se durmiera pronto y no reclamase de él ninguna atención marital. En la oscuridad del dormitorio trataba de imaginar cómo sería el tacto de aquella piel. Con sus manos rudas acariciaba la sábana e imaginaba, con la yema de los dedos, cada uno de los volúmenes de aquel cuerpo prieto y delicado de mujer joven. Durante los días de ese fin de semana, la vida cotidiana y familiar le pesaba en la espalda más que nunca, hasta el punto de que se miraba en los cristales de los escaparates para comprobar si caminaba erguido o encorvado. El sábado por la noche su mujer y él discutieron por alguna nimiedad. Hacía tiempo que no se embroncaban de aquella manera y Néstor Luján supo que era culpa de él y sintió ganas de abrazar a su mujer, pedirle perdón y contarle que desde hacía años sentía una losa de mármol pesado y frío oprimirle el pecho. Se fueron a dormir sin que le dijera nada, pero el domingo por la mañana le preparó un buen desayuno y se lo llevó a la cama. Ella quiso darle un beso en los labios, Néstor lo esquivó y la abrazó, hundiendo su cara curtida por lo años en el hueco entre el cuello y el hombro de ella, todavía tibio de sueño. Olía a pan caliente. Pensó que quizás tuviera ganas de hacer el amor. Le besó el cuello sin mucha convicción y ella le dijo que tenía hambre, que quería desayunar primero. Los niños se levantaron temprano e invadieron ruidosamente la habitación de matrimonio antes de que ella terminara su desayuno.
Después de ese fin de semana, Néstor volvió a ver a Helena muchas veces. La chica había comenzado a trabajar en la empresa del padre, en las oficinas. A la hora del almuerzo Néstor y los demás salían a la puerta del matadero para comer algo sentados en el suelo, con las espaldas apoyadas contra la pared en la que daba un sol tímido pero tibio, a resguardo del olor a carne y a sangre. Helena aprovechaba para bajar de las oficinas y saludarlos a todos, deteniéndose siempre un poco más frente a Néstor, hasta que con los días él aprendió a mirarla al fondo de los ojos y sonreírle tímidamente, sin sospechar que la joven se sentía atraída precisamente por esa timidez natural y al mismo tiempo paradójica en un hombre baqueteado como él.
Al finalizar la jornada, algunos compañeros tomaban unas cervezas en un bar cercano. Allí fue donde, en una mesa apartada, Néstor sintió por primera vez el roce de fuego de la mano de Helena sobre el tatuaje que decía “miedo” y al unísono le invadieron unas ganas desaforadas y contradictorias de abrazarla y de salir corriendo.
De vuelta en casa, su mujer lo estaba esperando sentada en la mesa de la cocina, mirando con expresión abatida un papel que tenía delante. Al parecer, los niños habían traído del colegio el recibo de los libros escolares. Cuando ella olfateó el olor del bar, estalló en una tormenta de llanto y gritos. Néstor fue al cuarto de baño a sumergir la cabeza debajo del chorro de la ducha, para no oír nada más que el ruido del agua al caer y para no pensar en nada más que en el agua helada.
El jefe de Néstor y padre de Helena era un sesentón grueso y gelatinoso, con un enorme corpachón intimidante y una mirada de hielo aún más intimidatoria. Tenía muchos otros negocios aparte del matadero y se rumoreaba que alguno de ellos era algo turbio, rumor que no ayudaba a acallar el aspecto de su chófer y guardaespaldas (al que él llamaba en público, asistente, y en privado, el armario). Seguramente por todo ello, la tarde en que Néstor probó por primera vez el calor voluptuoso de los labios de Helena, no dejó de pensar a partes iguales en el filo de acero de la mirada de su jefe y en los ojos tristes de su mujer. Pero eso fue sólo la primera vez. En los encuentros siguientes, Néstor, con una temeridad que le era extraña, como si se contemplase en la pantalla de un cine, aprendió a concentrarse en el cuerpo candente de la chica y a sumergirse en ella con el brío y el tesón de quien descubre la caricia de la vida cuando ya se creía muerto.
No volvió a tocar a su mujer. Ni ella acudió a él, ni él a ella. En algunas ocasiones, desvelado por el insomnio, Néstor Luján la contemplaba en la oscuridad culpable del dormitorio y sentía una tristeza densa, pesada y consistente, como un gran monstruo marino. Recordaba todos los años pasados juntos, buscaba entre el tejido gris de los recuerdos y no encontraba ninguno alegre. O no existía o estaba enterrado muy hondo en el tedioso suceder de los días, de la vida.
Una tarde lluviosa, Helena y él fueron al cine. La chica estaba exultante y lo agarraba del brazo con fuerza, con tanta convicción que Néstor supo que no podría recorrer otro camino que no fuera el que ella tomara por él. Vieron una película romántica, una película algo boba que a Helena le gustó mucho. Estaba ambientada en una isla caribeña indeterminada, de aguas esmeraldas, playas blancas y cocoteros en la arena. A Néstor le pareció que vivir en una película debía de ser algo maravilloso. Al final de los títulos de crédito los productores informaban que habían rodado en Playa Paraíso en la Riviera Maya. Esa noche, después del cine, Helena y Néstor hicieron el amor muy despacio, como dos cocineros trabajando al unísono en un plato exquisito y trascendental. Antes de que él se marchara del apartamento, ella le dijo sólo una palabra, un imperativo que marcaría el ineludible sendero hacia un espejismo: marchémonos.
Al día siguiente, entre pieza y pieza de carne para despedazar, oculto entre las entrañas de una vaca muerta, Néstor Luján encontró el destino que estaba buscando. Palpó con las manos una bolsa grande y dura que al principio confundió con uno de los estómagos del animal. Al sacarla, notó que pesaba mucho y al verla pensó durante un segundo de ingenuidad que era una bolsa de harina blanca. La escondió debajo de la bata y miró a su alrededor para comprobar que nadie lo había visto. Como si no supiera que no hacía falta que lo vieran.
El teléfono sigue sonando en la oscuridad y los timbrazos hieren el aire caliente de la noche como los restallidos de un látigo.
El libro del taller
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