LOS GIGANTES DETRÁS DEL CERRO

LOS GIGANTES DETRÁS DEL CERRO

En el medio de todo y de nada había tres viejos molinos de viento en fila, cada uno más pequeño que el de su derecha, jugando a ser una matrioska de edificaciones antiguas. Como si alguien los hubiese pintado en perspectiva de lejanía. Y detrás, un cerro sin gracia ninguna.

Justo delante del cerro, el cauce de un río casi seco garabateaba un surco bordeado por juncos amarillos, suplicando que alguien le echara un cubo de agua por encima. Dejando el riachuelo a un lado y ascendiendo por la falda de esta loma, comenzaban a advertirse algunos olivos chatos, de tronco recio, esparcidos sin ganas por el camino, desordenados. Después, se entrometía una carretera de tierra agrietada, a la que la vegetación le había comenzado a ganar terreno al ver que no la transitaban muy a menudo. Y al otro lado, cuatro cubos grandes de basura que apenas se llenaban. Luego ya estaba ella, Trini, sentada en una silla blanca de plástico, con las piernas colgando, que balanceaba mientras sostenía en su falda un libro abierto, con la cubierta frontal marrón y desgastada y la silueta de un cachalote blanco plasmada en su parte central.

Su casa era la primera del pueblo a la derecha después de atravesar la carretera. Aparte de esta, solo quedaban otras cuatro habitadas por vecinos. Y la iglesia, donde vivía el cura Antonio. En el pueblo ya no quedaba ni un niño. Manuel, aunque un poco merluzo, era el último muchacho de su edad, y ya hacía meses que se había mudado con su familia a Madrid, como habían hecho la mayoría de las familias del pueblo durante los tres primeros años de la década de los sesenta.

Había escuchado a algunos mayores hablar acerca del “desarrollo de la industria” y decir que en las ciudades grandes había trabajo y se vivía mejor, aunque Trini no veía una relación clara, o al menos positiva, entre esas dos cosas. Según le explicó su padre, que solía conversar más con la tele que con su madre, todo esto era culpa de un señor que mandaba mucho en España y quería probar bombas en el pueblo de al lado, donde ya no quedaba nadie. Trini se llevó una tremenda desilusión el día que vio por la tele, junto a su padre, al señor de las bombas, bajito y con voz de pito. Todo en él era diminuto, hasta su bigote. Había imaginado que, para tirar bombas a un pueblo, habría de ser una especie de gigante, con una cara llena de cicatrices y las ropas rasgadas. Pero no. Bastaba un uniforme de militar.

¡Trini! La voz aguda de la abuela Mercedes se había ampliado a medida que iba rebotando entre el gotelé de las paredes del pasillo, hasta llegar afuera. Le avisaba para que fuese haciendo la mesa. Cuando acabe de leer el capítulo, pensó Trini, y dirigió de nuevo la mirada hacia las páginas del libro. Justo un párrafo antes de terminar, llegó su madre cargando con una bolsa de esparto de la que rebosaban cosas verdes. Espinacas, quizá. O lechugas. O hinojos. Para ella todas las cosas verdes tenían la misma forma y sabor. La bolsa más pesada, la de las papas, la llevaba el señor que venía detrás de su madre. Siempre con la misma trenca azul marino, con las mismas botas desgastadas y húmedas. Como te pille la abuela sin limpiarte las zapatillas, te la vas a cargar, pensó Trini mientras el hombre atravesaba la cortinilla de cuentas de la entrada y caminaba por el pasillo con las suelas empapadas de agua, de las que brotaban burbujitas en cada pisada cuando ese cuerpo enorme ejercía presión contra el suelo. El tipo volvió la cara marcada de salitre en dirección a Trini y la miró a los ojos con firmeza desde el pasillo. Le daba mala espina aquel señor de gesto tan serio y mandíbulas apretadas. Y que encima, apestaba a pescado crudo. Un sombrero de marinero le dejaba los ojos inmersos en la sombra que proyectaba la visera. Como las otras veces, iba sin afeitar, con una barba cana y dura, como un amasijo de espinas de sardina pegadas al mentón. De todos modos, pensó Trini, lo que más le ponía los vellos de punta era el cachivache enorme que le colgaba de la espalda. Un arpón, de la punta del cual aún resplandecía un rastro de sangre fresca. ¡Trini! ¡No te lo voy a repetir ni una vez más! ¡La mesa! Ya, ya, ya, ya, yaaaaaa, era la respuesta de Trini, en voz baja, cada vez que su abuela la estresaba de esa manera.

Su padre trabajaba todos los días, desde muy temprano, pero había algunos que comenzaba más tarde, aunque Trini no sabía bien por qué. Eran esos días los que la llevaba al colegio en el asiento de atrás de su Renault 4 blanco, a varios kilómetros del pueblo por el carril de tierra, dejando una nube de polvo tras ellos. Le recordaba a una tormenta de arena que una vez vio en la peli «Lawrence de Arabia», donde salía un muchacho con ojos claros del que estaba enamorada en secreto su madre. El resto de los días, Trini se quedaba en el pueblo, ayudando en casa. O buscando madrigueras de conejos, para taponarlas junto a una chica rubia de un vestido celeste que siempre andaba un poco empanada. O descubriendo algún nuevo libro de los que había heredado de su abuelo Bernardino.

A veces estaba triste. O enfadada. No estaba segura. Y entonces pasaban cosas. Como en ese momento. Sin dejar de sostener el libro, miró hacia el frente. El capitán John Silver el Largo se ayudaba de un bastón para poder caminar y no arrastrar su pata de palo entre las ramas de tomates de la abuela. Y en su mano derecha empuñaba un trabuco con adornos dorados apuntando directamente a la espalda del señor de las bombas, al del bigote diminuto, que caminaba hacia delante con cara de estar bastante asustado. Aunque iba bien uniformado y disimulaba su miedo, a Trini le dio un poco de ternura ver a ese hombre, que ya tiraba a anciano, caminando con la cabeza gacha hacia el trampolín de madera situado en el borde de la alberca, llena de agua estancada. Pero el pirata no dudó como ella había hecho y le propinó una patada en la rabadilla al pobre señor, haciendo que este cayera de costado en las aguas verdosas de la alberca que un día fuera del abuelo Bernardino. Trini no sabía que había cocodrilos en aquella piscina, pero por lo que se ve habían estado viviendo allí todo este tiempo, y no dejaron ni la insignia de metal que llevaba el abuelo de las bombas en la solapa de su chaqueta. Tal y como había llegado, John Silver el Largo desapareció entre los olivos como si nada. ¡Trini! ¡La mesa! Ya, ya, ya, yaaaaa. Siempre la misma monserga.

Las semanas pasaban una tras otra, pero las nubes no se movían. Ahí arriba, el cielo siempre parecía el mismo. Estaba la piruleta con forma de corazón, el dragón escupiendo fuego y el coche de carreras. Cada día igual. Aquella vez, sin embargo, algo había cambiado. La mesa ya estaba puesta, así que Trini lo aprovechó para seguir leyendo el libro del tal Dumas. Por el rabillo del ojo vio cómo Porthos ayudaba a la abuela a cortar cebolla en taquitos muy finos con un puñal afilado en el que se podía ver reflejada. Entonces pasó. Muy rápido. Trini cogió la última rodaja de salchichón de encima del plato y, sin darle tiempo a llevárselo a la boca, Porthos ensartó la punta de su espada ropera en la rodaja con la velocidad de un relámpago, arrebatándoselo de las manos. Con una sonrisa burlona, a punto de echar a reír, el tipo le dijo a Trini en voz baja, acercándose a ella y con cuidado de mantener la rodaja de salchichón alejada: Uno para todos y todos pa… Sin darle tiempo a concluir la frase, Athos irrumpió en la cocina y le arrebató el trozo de salchichón de las manos a su compañero. La afrenta estaba servida. Los dos mosqueteros bajaron al patio a la carrera con las espadas desenvainadas, dispuestos a dar su vida por ese trozo de embutido jugoso. Tras los saludos de honor pertinentes, comenzó el duelo. Trini estaba allí para verlo de primera mano. Y se cruzó de brazos mientras presenciaba aquel combate. Por eso no pudo evitar el desastre. En uno de los golpes que recibió Porthos, este perdió el equilibrio, golpeando el jarrón de la bisabuela Encarna, que cayó y se hizo añicos contra los adoquines del patio trasero. No hubo manera de explicarle a su madre que la culpa no había sido suya, sino de esos dos impertinentes. Y a pesar de todo, a pesar de tener una excusa fácil, su madre la castigó. Y qué decir tiene que el libro de Dumas le fue requisado por un tiempo ilimitado.

Las niñas como Trini, las niñas que estaban solas en los pueblos, solían arreglárselas y tener una solución para todo. O casi todo. Trini no la tenía para evitar que el hombrecillo de las bombas expulsara a todo un pueblo; para eso ya estaba John Silver. Pero sí tenía trucos para combatir los castigos injustos, como tener guardado debajo de la cama un libro nuevo que empezar a leer en caso de emergencia. Era el caso, por eso tampoco le desagradó demasiado la encarcelación. Así que abrió las páginas del libro. Era de aquellos que intimidaban, de los que pesaban tanto que no sabías ni cómo coger. Y se refugió en él por mucho, mucho tiempo, hasta que no supo qué hora era, qué día.

Recostada sobre la cama, Trini escuchó unos golpes suaves en el cristal de la ventana. No sabía cómo había llegado hasta allí, pero la realidad era que un hombre gordo estaba colgando del alféizar. Lo ayudó como pudo a encaramarse, y con algo de dificultad logró introducir a aquel personaje retaco y sudado en su habitación. Una vez dentro, el señor pidió disculpas muy amablemente a Trini, y se sacudió el polvo de su chaleco con cuidado de no manchar la cama. Extrajo de un zurrón de piel una pequeña bota de vino y bebió a gargallo. Después le ofreció a Trini, que rechazó el trago, aludiendo a su condición de niña pequeña.

A Trini le cayó bien desde un primer momento, sobre todo cuando se enteró de que se apellidaba “Panza”, lo que le provocó un ataque de risa del que le costó recuperarse. Después de haber charlado un buen rato, Sancho Panza le miró a los ojos y cambió su expresión. Bueno, mi joven dama, ahora tengo que proponerle algo muy serio de parte del ingenioso Hidalgo, mi muy querido Don Quijote de la Mancha, que se encuentra justo debajo de su ventana esperando a que tome una importante decisión.

Asomados a la ventana, ella y Sancho miraron al horizonte y divisaron a pocos metros cuatro centinelas vestidos de negro con fundas de plástico por cascos. Al otro lado, un camino de tierra rodeado de espesa y exuberante vegetación que cruzaba en horizontal. Después, el terreno comenzaba a elevarse vertiginosamente en un cerro repleto de olivos espigados y fornidos, envuelto en su parte inferior por los meandros de un caudaloso río. Y detrás del cerro, con los brazos en alto, imponentes e imperturbables, tres gigantes. Cada uno, mayor que el de su derecha. Quizá el más grande de ellos fuese el verdadero señor de las bombas, capaz de expulsar de un pueblo a todas las personas que allí nacieron y crecieron. Claro que sí. Eso le cuadraba más a Trini.

Así que, esta vez y sin pensárselo más veces, Trini subió con Sancho Panza en su burro y escaparon junto a Don Quijote hacia un futuro incierto. Cabalgando en dirección a los gigantes detrás del cerro.

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