SANGRE DE SIRINGA

SANGRE DE SIRINGA

Esta noche he cruzado a San Juan. Hay baile en lo de Lucinda. Estoy abrazado a una de las brasileras, una rubia. Me dice que le molesta el cuchillo, mientras yo no le quito el ojo al hombre que acaba de entrar en la explanada y estruja el culo de Lucinda, que se ríe. Muevo la funda de cuero hasta la cadera y ciño el cuerpo de la rubia. Siempre llevo el juego amarrado en el cinto. Para que el árbol de la Siringa pueda sangrar hay que pegarle un par de tajos en la corteza, en forma de uve, la savia brota, la herida se desborda y un hilo blanco comienza a bajar por el tronco. Lo del caucho ya se acabó, hace años, por culpa de aquel inglés hijueputa que se robó las semillas, pero yo sigo llevando el cuchillo, para no olvidar de dónde vengo.

Mi mamá había sido cauchera. Es omagua y vivía en la orilla del río Itaya, en la aldea que era entonces Iquitos. Una mañana, cuando ella tenía trece años, apareció por allí Fernando Garay de Zafra, un hombre de negocios que había venido de Lima a la llamada del dinero. Olía a loción de rosas y a polvos de talco y le acompañaban el cura y el alcalde. La gente de la aldea se sentó en la tierra haciendo un corro alrededor de aquel hombre que les ofrecía trabajo.

Los omaguas se fueron con él a la selva. Montaron un campamento junto al río Putumayo para sangrar las siringas y todas las semanas volvían a Iquitos con las canoas llenas de bolas negras de caucho.

Por aquí se habla bien de Garay. La gente dice que, a pesar de su ambición por el dinero, trataba con justicia a los omaguas. Lo malo era que cuando caía la noche, solo en la maraña de la selva, se le revolvía el ánimo. El coro permanente de las ranas y aquel sudor amazónico que le pegaba la tela de la camisa a la piel le agriaban el carácter. Así que para embotar los sentidos se sentaba con una botella de pisco o de ron, lo que tuviera, y bebía un vaso tras otro, pero cuando los vapores del alcohol no lo dejaban tumbado agarraba a mi mamá y se la llevaba a su tienda para no dormir solo.

Cuando la preñez de mi mamá fue evidente se buscó otra india y ella se tuvo que quedar en Iquitos hasta que me parió. En las casas flotantes del barrio de Belén, donde me crie, me llamaban el Caimán porque me la pasaba metido bajo el agua pescando. También se me conocía como “el de Garay”, por mi piel, más clara que la de los otros omaguas, aunque tuvo que pasar mucho tiempo antes de que Fernando Garay me dirigiera alguna palabra.

La cabellera y la barba, ahora plateadas, del hombre que se mueve al ritmo del bolero con Lucinda son inconfundibles.

Como las ganancias con el caucho aumentaban cada día, al cabo de dos años, se construyó una casa de dos plantas, junto al malecón, que todavía hoy sigue siendo la más grande de Iquitos. Cuando estuvo terminada se trajo a la familia, que había permanecido en Lima hasta entonces, una gringa de cabellos dorados y tres hijos, además de criados, institutrices y un cochero. Los efluvios del agua de rosas los envolvían cuando daban su paseo todas las tardes por el malecón hasta la plaza de Armas.

Mi mamá y yo, sin embargo, olíamos como el río, a hierro y a lodo, igual que las ranas del Itaya, donde nos lavábamos y cogíamos los peces que vendíamos en el mercado. Aunque a los marinos de la Armada, que llegaron a la base de Iquitos por aquellos años, no parecía importarles nuestro olor. Los domingos, algunos marineros y oficiales de permiso visitaban nuestra cabaña.

—Este señor ha venido a platicar— decía mi mamá y me alcanzaba el arpón —. Mira de pescar algún paiche para la cena.

La mañana que apareció Garay por nuestra casa, mi mamá estaba limpiando las escamas a unos pescados, mientras yo, con el agua por la cintura, trataba de clavar el arpón a una doncella que se revolvía entre mis piernas. El olor de su loción llenaba el aire. Vestía un sombrero de paja y una mancha de sudor le empapaba toda la guayabera. Me señaló con un gesto de su mandíbula mientras se apartaba los tábanos con el sombrero:

—Ese indiecito ya tiene edad para venir a la selva —le dijo a mi mamá.

Ella le miró un momento y no dijo nada, levantó los hombros y volvió a su pescado. El hombre se acercó a los troncos del borde. Se puso de cuclillas a mi lado. Sujetó con fuerza el arpón que yo estaba a punto de lanzar contra el pez y me habló, por vez primera:

—Mañana ve al embarcadero. Antes de que amanezca.

En uno de los barcos de vapor de su compañía, habían dejado de usar las canoas hacía mucho tiempo, navegamos hasta la selva que rodeaba el río Putumayo. Cuando desembarcamos, se sacó el cuchillo del cinturón, el mismo juego que ahora cuelga de mi cadera en una vaina de cuero, y me lo puso en la mano.

—Ahora eres cauchero —dijo.

Me presentó a uno de sus capataces y me pidió que no me despegara de su lado. En pocos días aprendí a reconocer la siringa, a tajar su corteza para que sangrase bien, a recoger el caucho y a madurarlo. Cuando terminaba la jornada, me pedían que pescara algún pez grande para la cena y después de emborracharme con los otros caucheros caía dormido antes de llegar a la tienda y ni siquiera notaba los aguijonazos de los mosquitos y las arañas que taladraban mi piel. Pero cuando volvía a casa, ponía en las manos de mi mamá un puñado de billetes arrugados y ella me sonreía…

Una tarde, mientras rayaba la corteza de una siringa, Fernando Garay me volvió a hablar:

—Cruza mañana con ocho omaguas al otro lado del río y monta otro campamento allí.

Con dieciséis años ya era jefe de una brigada de caucheros. Garay ganaba muchos soles, pero también yo llevaba un buen fajo de billetes a mi mamá cada vez que volvíamos a Iquitos con las bodegas cargadas de caucho.

Con lo que íbamos ahorrando pudimos comprar una tierrita en la parte alta del barrio de Belén, donde no llegaba la crecida del Itaya, para hacer una casa y sacarnos de la piel el sabor de las aguas marrones del río. Mi mamá ya no tuvo que recibir a más marineros, aunque ya era demasiado tarde para ella. El chancro se hizo fuerte en su cuerpo, todavía joven, y años después se le empezó a caer el pelo.

Y tampoco pasaron muchos más para que todo se fuera al carajo por culpa del hijueputa inglés ese. Los precios del caucho empezaron a caer y todos los hombres de negocios que habían aparecido en la ciudad hacía treinta años, igual que llegaron, se fueron marchando. Dejaron sus casonas vacías y los vapores se pudrieron varados en la orilla del río.

Garay también se fue y yo soy otra vez el Caimán. Tuve que volver a meterme en el río para pescar a los paiches y poder cuidar de mi mamá. Si la luz es clara, apenas distingue un bulto gris cuando me acerco a ella. Se ha quedado en la mecedora oliendo el aire cuando ha sentido que me marchaba.

—Hoy han venido de muy lejos —me ha dicho Blas, el chulo de Lucinda, cuando he llegado al baile.

Los vapores de su perfume me llegan antes de verle.

—¿A qué ha venido? Si aquí no queda nada.

—Parece que quiere vender la casa del malecón antes de que las lianas revienten la fachada.

Saco a bailar a la brasilera para poder mirarle más de cerca. Han pasado cinco o seis años desde que se fue. Ha cambiado. Su pelo ha encanecido y lleva la barba, de plata también, más larga, pero su camisa rezuma de sudor igual que antes, mientras abraza al son de la música a Lucinda. Nuestras miradas se cruzan, mis ojos le preguntan pero ni un solo gesto me devuelve su rostro que se vuelve hacia Lucinda y le sopla unas palabras al oído. Ella se ríe y se van para las chozas que hay detrás de la orquesta.

Es casi medianoche cuando Lucinda vuelve al baile. Me despego de la brasilera y lo busco con la mirada. Veo una sombra que se mete entre los árboles, hacia el embarcadero y voy tras él. A pesar de que hay luna llena apenas llega su luz al sendero, pero puedo oír los pasos sobre la tierra blanda. Camino más deprisa para alcanzarle antes de que llegue a la canoa cuando escucho un grito ahogado y el ruido de su cuerpo al caer. Corro. Le encuentro tirado en el barro agarrando su pierna derecha con las manos. Saco el cuchillo de la funda.

—¡Una jergón! Me ha mordido —dice entre dientes.

Dos tajos sobre la piel blanca, en forma de equis, sobre la huella que han dejado los colmillos de la víbora, la sangre brota y desborda la herida. Un reguero rojo desciende y deja un pequeño charco sobre el barro. Pego mis labios a la herida, chupo y luego escupo la sangre emponzoñada. Chupo y escupo su sangre. Chupo y escupo.

El veneno no llegará a matarle, pero tendrán que amputarle la pierna hasta la rodilla por culpa de la infección.

—Ahí viene ese Garay —dirá mi mamá cuando se oigan los golpes de la pata de palo sobre el empedrado, cada vez que venga a visitarnos a su casa del malecón.

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