
Aquel muchacho —del que luego volvería a oír hablar— no me parecía predispuesto ni con espíritu como para lanzarse a la empresa que un día, aún lejano, verían sus ojos. Entonces, aquel tiempo era otro. Me pregunto qué habría sido de mí si no me hubiera detenido aquella gélida tarde parisiense en el café de la rue Ravignan. Todavía me siento a nuestra mesa de siempre, en un apartado y recóndito rincón del viejo establecimiento.
Tenía el cabello negro y áspero, el aspecto bohemio que solía caracterizar a los de su actividad, y sus ojos mostraban esa extraña e inhumana mirada con la que parecía atravesar a los que tenían la osadía de permanecer más tiempo de lo habitual observándolo. Hablando con él, pronto comprendí que estaba acostumbrado a darse baños de multitudes y parecía querer aprehenderlo todo, como si tuviese una necesidad de gente, de sentirse vivo a través de los demás. Allí, los dos no éramos más que extranjeros en un país extraño, y opino que eso fue lo que en principio más nos unió. Poseía la arrogancia de un Beethoven, pero con la bondad de un Mozart. Creo que, desde entonces, no he visto a nadie más niño y más hombre a la vez; era tal su energía interior como si fuese un ímpetu de volcán, y más que hallarse en su sima, parecía transpirarse por todos los poros de su robusto cuerpo. No era un hombre corriente como los demás. Allí, entre nuestras cotidianas tertulias, nos entresacábamos temas y discusiones que a pocas personas podrían, ni por asomo, ocurrírseles comentar. Era un hombre muy afable, eso sí lo recuerdo muy bien; activo, vigoroso, era vital. Entiendo que cuando hablábamos, me sentía vivo a través de él, de su palabra y de sus gesticulaciones. De su voz altisonante o melódica se lograba compendiar todo un mundo o universo personal impresionante. Tenía un carisma especial que, si bien a otros se les puede atisbar en lo más profundo de su ser como algo latente, pero no exhibido, no ocurría en él, puesto que su sensibilidad verdadera se encontraba a flor de piel. El hallarme en este barrio entre lavanderas, modistas y vendedores ambulantes no me importaba en absoluto. Aquel mundo, que nos era propio, no era más que un habitáculo en donde cobijar nuestras almas nómadas; los corazones se sentían sinceros ante aquella mesa y en el rincón del café, en aquel Montmartre del viejo París de inicios de siglo. En cualquier lugar de la creación nos habríamos encontrado satisfechos hablando. Entre copa y copa, charla con charla, pudimos llegar a una entusiasta y saludable amistad que debiera haber culminado en una colaboración entre nuestros talentos creadores. Mas esto no llegó a ocurrir. Esta cristalización que yo tanto anhelaba no pudo ser. Y hoy lo lamento. Quiero comprender que ello fuese necesario; él era un ente en ebullición, mientras que yo me debatía en la más infructuosa melancolía, circunstancia que me convertía en un hombre estrecho de miras, si bien de sentimientos elevados. Creo que, si había mucho de unión entre los dos, las diferencias eran aún mayores: si él era bajo, yo espigado; él fornido, yo enjuto; él impulsivo, yo… Sí. Ese era mi punto débil: mi flaqueza. Yo precisaba desesperado de una energía interior, además de exterior, que me empujara hacia adelante para no sucumbir en el camino, como tantos otros.
Un día me despedí de él en la puerta del Louvre y anduve paseando por los parques y jardines en la bruma, esperando encontrar esa razón de ser, de comprender el porqué de mi vida entre artistas y bohemios, tan lejos de mi ciudad y mi país. Y vi los árboles, los cisnes del estanque, sus diáfanos ojos y los peces con sus serpenteantes movimientos, la verde floresta, la fina lluvia que caía en mi sombrero y que se deslizaba plácida sobre mi abrigo. Allí, el cielo encapotado. Allí, yo sentado en un banco de aquel parque. Allí, la tierra húmeda, dura bajo mis pies. Era yo ante mí mismo. Era París en un día de lluvia. Corría el año 1904. El parque se quedó semivacío y el Bateau-Lavoir estaba cerca; lo mejor era volver a casa.
Al día siguiente, Pablo no apareció por el café. Lo estuve esperando toda la tarde; caía ya la noche y regresé. A la mañana siguiente, muy temprano, Marcel vino a buscarme. Cogió a André, que subía por las escaleras, y nos condujo a marchar presurosos. Por el camino me explicó lo ocurrido: el aduanero, nuestro viejo amigo, había intentado suicidarse. Entramos en su cuarto al llegar a su casa. Allí habían acudido todos: Amadeo, Fernande, Salmon… El viejo reposaba en su lecho, boca arriba, con los labios entreabiertos, respirando de forma entrecortada. Pablo estaba en un rincón, separado de los demás, mirando por la ventana; se acercó, colocó sus manos sobre ella y quedó así, estático, largo tiempo. Contemplaba el otro lado de la calle, los edificios, la gente, la empedrada calzada. Me parece que ni siquiera advirtió mi presencia, pero yo me acerqué a él y reparé en que en esa ocasión estaba triste, empapado en una frágil fortaleza. Por esa vez sus ojos deseaban llorar, como formas de su cuerpo que reflejaban sentimientos de su propio interior, aunque su expresión se reprimía en ese intento. Sin embargo, no lloró. Ni una lágrima brotó de sus ojos. Entonces volvió la cabeza hacia mí. En aquel momento, creí no haber visto nunca en mi vida mayor humanidad que la de su mirada, tan intensa y profunda cual si fuese un dios, y tan simple como un hombre. Me sentí indefenso, incapaz, ante ese muchacho que él era entonces, de decirle: «Eres grande»; yo, que dos días antes en el parque anhelaba desaparecer de este mundo, entre los jardines bajo la cálida llovizna. Decidido en aquellos días a arrojarme al Sena, había predispuesto mi desenlace; aunque entonces no lo hice por cobardía. Y deseé luego con mayor impulso sentirme vivo, rabiosamente vivo, y poder ver los ojos de mi joven amigo. Y fui yo el que lloró, sin moverme, de pie, cara a cara, escudriñando a Pablo. Las lágrimas descendían por mi rostro. Y él me observaba sin inmutarse: vi el interior de mi alma reflejada en su mirada.
Montmartre siempre fue un hervidero de locos geniales: artistas, pintores, poetas y escritores, lavanderas, modistas y vendedores ambulantes. Chiflados que pretendían cambiar el mundo solo con sus manos; podían más sus ilusiones que la dura realidad. Aquel muchacho Pablo del café todavía no había pintado su famosa obra Les Demoiselles d´Avignon, ni los retratos de Gertrude Stein
y de Ambroise Vollard; ni siquiera tenía apellido. Era solo un joven de extraña mirada al que le daba por pintar.
Mañana iré a verlo cuando, con noventa y dos años, suspirará por última vez, y después me encontraré de nuevo con él. Será su cuadro definitivo, la pincelada final del que se recordaría en la historia del arte como Pablo Picasso, el Velázquez del siglo XX. Yo, olvidé decirlo, hace varios años que ya fallecí, de vejez, pero, sin la mirada de Pablo en que vi reflejada mi alma, sé que no habría podido resistir vivir tantos años. Ha pasado mucho tiempo y el viejo café aún persiste, rebelde a desaparecer del mapa. Y de mi recuerdo.
El libro del taller
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