Una última tirada

Una última tirada

Vic L. Rodes

07/05/2026

A las tres de la tarde del sábado dos de junio, Calypso apagó el cigarro que segundos antes había reposado entre sus labios y entró de nuevo en el local para recibir a su última clienta. Llevaba esperándola toda su vida y hoy, 62 años después, por fin se había dignado a aparecer.

Era un día caluroso y el pañuelo que llevaba en la cabeza empezaba a pegarse a su pelo de forma molesta, pero se negaba a quitárselo antes de finalizar su trabajo. Otro día tal vez lo habría hecho, y habría renunciado parcialmente a su imagen mística a favor de la comodidad, pero hoy era un día especial y tenía que estar perfecta para su última sesión.

Preparó las cartas y la bola de cristal con la expectación de una niña que aguarda la mañana de reyes, con una impaciencia atípica en ella y con un temblor en las manos que delataba su emoción. Cuando todo estuvo listo, se sentó en su silla a esperar, golpeteando el suelo con la punta del pie y mirando el reloj con anticipación. A las tres y diez, recordó un detalle importante y sacó rápidamente su pintalabios carmesí del bolsillo derecho de su vestido. Usó la bola de cristal como espejo y, cuando el tinte estuvo perfecto, lo volvió a guardar.

Cuatro minutos más tarde, un repiqueteo en la puerta la hizo sonreír de oreja a oreja y consiguió que Hécate, su gata negra, que segundos antes dormía plácidamente en su sillón designado, levantara la cabeza con curiosidad. Los ojos de ambas se mantuvieron fijados en la robusta puerta de madera durante unos instantes en los que Calypso contó sus palpitaciones. Cuando llegó a diez, tomó una respiración profunda y, sin borrar la sonrisa de su rostro, dijo:

— Adelante.

La clienta que entró a la sala no se parecía a nadie que hubiera visto antes y, a la vez, le recordaba a miles de personas con las que se había cruzado durante su vida. Los detalles de su rostro eran confusos e inexplorables, y lo único que Calypso pudo distinguir fue una sonrisa calmada y un posado sereno. Llevaba ropajes negros que parecían flotar a su alrededor y escondían todo su cuerpo de ojos curiosos, pero cuando se sentó en la silla frente a ella, Calypso pudo observar sus manos, pálidas y huesudas como las de un cadáver.

— Buenas tardes —dijo con voz dulce. Hécate saltó del sillón y se aproximó a ella, olisqueándola con interés. La clienta acercó lentamente su mano al hocico del animal, dejando que la olfateara antes de acariciar su cabeza con suavidad. La gata ronroneó pero, instantes después, se acercó a Calypso, saltó a su regazo con elegancia y se hizo un ovillo sin apartar la mirada de la visitante.

— Buenas tardes —contestó Calypso con tono calmado. La emoción que había experimentado minutos antes se había apaciguado, y ahora solo sentía una tranquilidad que le recorría todo el cuerpo de arriba a abajo, como un abrazo. Estaba relajada como nunca antes lo había estado, y el temblor de sus manos había desaparecido por completo—. ¿Qué le gustaría saber?

Cogió las cartas de Tarot de la mesa y empezó a mezclarlas sin apartar la mirada del rostro de su acompañante, que a su vez la observaba a ella con interés, reposando la cabeza en su mano izquierda y acariciando el mantel con suavidad con la derecha.

— No me hables de usted, Magda, me hace sentir como una anciana.

Calypso sonrió al oír su nombre real pronunciado por semejante eminencia, pero negó con la cabeza ligeramente.

— No me sentiría cómoda dirigiéndome a alguien de su calibre de tú a tú. Por favor, tómeselo como aprecio y admiración, no como un signo del tiempo que transcurre.

La clienta rió suavemente y bajó la mano izquierda para reposarla encima de la derecha, inclinándose ligeramente hacia delante.

— Como prefieras.

Calypso dejó de barajar las cartas y las puso boca abajo encima de la mesa, extendiéndolas en forma de abanico. La clienta la miró con un interés tan profundo que Calypso no pudo evitar sentirse importante. Estaba aquí por ella. Por nadie ni por nada más. Solo ella.

— ¿Me vas a tirar las cartas? —preguntó su invitada en tono divertido.

— Claro, ha pedido una sesión con la mejor tarotista de la ciudad, así que le voy a dar mi mejor servicio. Empezaremos por una tirada básica. Por favor, elija tres cartas.

La clienta las observó por un instante antes de señalar con su dedo, largo y fino, la octava, la cuarta y la decimoséptima carta. Calypso las separó del resto y dejó las sobrantes a un lado de la mesa.

— Ahora giraré estas cartas en el orden en el que las ha elegido —explicó, siguiendo la misma rutina que siempre usaba para clientas primerizas—. La primera representa el pasado, la segunda el presente y la tercera el futuro. En conjunto, me ayudarán a entender su situación mejor y a hacer una lectura más exacta en las próximas tiradas.

La clienta asintió y volvió a reposar su cabeza en su mano, mirando a Calypso con una mezcla de diversión y curiosidad que la hacía vibrar.

Calypso giró la primera carta: La Emperatriz; después, la segunda: La Muerte; y finalmente, la tercera: Cuatro de bastos. Hizo un sonido de aprobación con la garganta mientras las piezas conectaban en su mente y después alzó la mirada hacia su clienta, señalando la carta que representaba el pasado.

— La Emperatriz —dijo, sintiendo la energía de la carta fluir desde su mano al resto de su cuerpo—. Representa la abundancia, la creatividad, la fertilidad. Indica prosperidad en todos los sentidos, y tiene un gran poder femenino asociado a ella.

Calypso pasó la mano de una carta a otra para tocar suavemente la del medio y la energía cambió, llenándola con incertidumbre.

— La Muerte —hizo una pausa para ver la reacción de su invitada, pero su expresión se mantuvo inmutable —. Simboliza una transformación profunda. Invita a cerrar ciclos, a terminar etapas, a dejar que empiece algo nuevo, sea lo que sea.

Por último, más lentamente, posó su mano sobre la tercera carta, y una calidez arropadora la abrazó con ternura. Suspiró, sonriendo.

— El Cuatro de bastos. Denota estabilidad, armonía. Es una celebración después de un gran esfuerzo, una pausa para disfrutar de los logros de uno. Es seguridad de que todo va a ir bien.

En todas sus sesiones, este era el momento en el que interpretaba la unión de las tres cartas, en el que entrelazaba el pasado, el presente y el futuro y verbalizaba la situación de sus clientas en rasgos generales o, a veces, si las cartas tenían mucho que contar, de forma más específica, dejando a sus invitadas boquiabiertas. Esta vez, en cambio, se mantuvo en silencio, esperando alguna indicación de su acompañante, que la miraba con ojos profundos y amables. Hécate empezó a ronronear en su regazo.

— Y entonces, ¿qué opinas? —preguntó la clienta, rozando las tres cartas con las yemas de sus dedos—. ¿Es lo que esperabas?

Calypso cerró los ojos, sintiendo la energía de las tres cartas envolviéndola con la ferocidad de una amiga que lleva años esperando para verte. Se vio a sí misma hace unos minutos, con un cigarro entre los labios y el corazón palpitándole a mil por hora, sabiendo lo que ocurriría hoy.

Se vio en sus cuarenta, celebrando su cumpleaños viendo su película favorita en el sofá con Hécate tumbada en su pecho, durmiendo plácidamente, mientras ella hacía cuentas de cuando llegaría su última clienta a visitarla, hurgando en su memoria por algún indicio que hubiera pasado por alto.

Se vio de más joven, practicando con sus primeras clientas, transmitiéndoles la seguridad de la Emperatriz, haciendo que volvieran mes tras mes no solo para leerles el futuro, sino para hablarle de sus problemas, de sus alegrías, para compartir su vida sin secretos ni tapujos, sabiendo que esa sala nunca serían juzgadas por sus decisiones.

Se vio a sí misma de pequeña, insegura, aprendiendo a lidiar con las visiones que aparecían repentinamente y la dejaban aturdida durante días, o meses, o años hasta que no se hacían realidad.

Y se vio con ocho años, cuando la imagen de la invitada que ahora mismo tenía sentada enfrente apareció por primera vez, sentada en la misma silla, en la misma sala, con la misma sonrisa tranquilizadora en ese rostro irreconocible y a la vez familiar.

Calypso volvió a abrir los ojos, respirando profundamente cuando una lágrima rodó por su mejilla y cayó en el mantel púrpura que cubría la mesa que la separaba de su futuro próximo, de su Cuatro de bastos. Bajó la mirada, encontrando los ojos de Hécate, que se había incorporado para observarla. La gata, ronroneando, levantó el hocico para acariciar la mejilla de Calypso con su peluda cabeza, y Calypso la acarició con ternura.

— Nos veremos más tarde, brujita —prometió—. Serás muy feliz mientras tanto.

Con un último miau, Hécate restregó su naricita contra la de Calypso y dio un elegante salto para quedarse sentada a sus pies, haciéndole notar su calor mientras devolvía su mirada a la invitada, que las observaba en silencio.

— Es exactamente lo que había imaginado —contestó Calypso, con una sonrisa formándose en sus labios carmesí.

La invitada la imitó y tomó sus manos por encima de la mesa, acariciando el dorso afectuosamente con el pulgar.

— Espero que la espera haya valido la pena.

Calypso miró a Hécate por última vez, y echó una última ojeada alrededor de su preciado local, que había conseguido crear con sangre, sudor y lágrimas y había decorado con la antigua decoración de su abuela y, más tarde, con los regalos de sus estimadas clientas. Pensó en sus ancestros, que la esperaban al otro lado, y en su familia, que cuidaría de su gata con todo el amor del mundo, y su sonrisa se ensanchó. Era la hora.

— Ha sido una espera llena de cosas buenas.

— Me alegro de oírlo —La voz de la clienta se mantuvo dulce y, en la siguiente frase, Calypso podría jurar que oyó el timbre de su abuela de manera lejana—, pero aún queda lo mejor.

Acto seguido, Calypso sintió como sus ojos se cerraban y una calidez embriagadora la abrazaba y, cuando volvió a abrirlos, su abuela, su bisabuela, su tatarabuela y todas las adivinas de su familia que la habían precedido la abrazaban con fuerza y lágrimas en los ojos, como si llevaran tiempo esperándola.

La Muerte le ofreció una última sonrisa y le dio un beso en la frente antes de partir.

— Disfruta de tu nuevo comienzo, Magda.

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