Le cuesta creer que esta vaya a ser la última vez que limpie este cuerpo frágil e indefenso, así que se toma la tarea con más calma de lo habitual, disfrutando de su momento de intimidad compartida. La viejita está sentada en el banquito de la bañera adaptada y, obediente, va dejándose manipular por la que ha sido su cuidadora los últimos tres años, levantando ahora un brazo, el otro, una pierna, la otra, sin oponer resistencia.
Cuando comunicó su dimisión hubo reacciones dispares. Su jefe, el patriarca de la familia, la llamó loca, desagradecida, dónde iba a encontrar una familia que le pagara ese dineral. La hija mayor del jefe le suplicó entre lágrimas que no los abandonara, la hija mediana le deseó suerte con un tono frío y una mirada reprochadora y el hijo menor, al que apenas había visto en persona en esos tres años, le mandó un escueto whatsapp. Las nietas y nietos del matrimonio fueron pasando uno por uno a darle un abrazo de despedida, como ovejas al matadero, y una de ellas la estrechó con más fuerza a la vez que le susurraba al oído «ya era hora».
Mientras le levanta el brazo para frotarle la axila la va poniendo al día sobre la situación de su familia allá en Honduras. Le gusta hablarle a la viejita, aunque no sepa si realmente la escucha o la entiende, y quizás por eso, ya que así puede desahogarse sin sentirse juzgada. Le va contando las vicisitudes que se encuentra su hija menor para encontrar trabajo, incluso teniendo una carrera, y cómo le gustaría poder traérsela a España, aunque no sabe si le convalidarían los estudios. Estudios que le pudo pagar gracias a su sueldo de interna en esta casa, piensa. También le cuenta el día a día de su hijo mayor en su nuevo trabajo y cómo su nieto ya ha empezado a ir a la escuela. Escuela privada que también paga su sueldo, piensa ella. Todavía no les ha contado a sus hijos que hoy pasará la última noche aquí y que se va a mudar un tiempo al piso de su prima mientras busca otra cosa. Pero eso tampoco se lo cuenta a la viejita, que la observa con ojos de muñeca pepona mientras se deja manosear, impasible.
Recuerda su primer día en este piso de estancias amplias y techos altos del Ensanche de Barcelona. No le sorprendieron ni la opulencia ni el lujo- ni que ella se hubiera criado en una granja rodeada de cerdos- pero sí que pensó que había tenido muchísima suerte. Su habitación era cómoda y tenía hasta televisor y la viejita que iba a cuidar parecía muy tranquila y el señor amable y educado. El hombre, pese a su edad avanzada, estaba sano y cabal, así que solo debería encargarse de la viejita, la limpieza y las comidas.
La viejita suelta un grito débil para avisarla de que le está entrando agua en los ojos. “Ay, perdone, Conchita. La voy a levantar para limpiarle el culete, ¿vale?”, se da cuenta de que en ese despiste también se ha empapado la blusa y mientras agarra a la viejita con fuerza para levantarla va oyendo los gritos del jefe vociferando desde la cocina que ya debería estar lista la cena, que menos mal que ya se va porque es una inútil.
Mentiría si dijera que el señor tardó en mostrar su verdadero temperamento. En los días siguientes a contratarla empezó a refunfuñar y a maldecir sobre la calidad de las comidas que preparaba, aunque no advirtió nada fuera de lo común, las personas mayores son animales de costumbres y los nietos de los señores ya le habían explicado lo buena cocinera que había sido su abuela antes de quedarse impedida. La situación tomó otro calibre una noche, al cabo de un par de semanas, en la que los reproches escalaron a otro nivel, gritándole que ya podía irse de esa casa porque no hacía nada bien. Vaya, que rápido la habían despedido, pensó. Así que, avergonzada, llamó a su prima, empaquetó sus escasas pertenencias y se marchó cuando todos dormían. Al día siguiente la llamó el jefe a las siete de la mañana preguntándole dónde diantres se había metido. Resultó que no estaba despedida, y así aprendió la lección para las siguientes veces. Cabe decir que en otras ocasiones era un encanto de persona, divertido y cariñoso. Cinéfilo empedernido, sabía tanto del séptimo arte que a ella le encantaba oírle hablar de películas, sobre todo del cine clásico, repleto de estrellas bellas y sofisticadas de las que ya no quedan hoy en día. A veces la invitaba a ver películas en el salón donde estaba la televisión grande, que parecía un cine, le ofrecía sentarse a su lado en el sofá y en la euforia del momento hasta la agarraba de los hombros o le ponía la mano en el regazo.
«Ya voy, señor José!», contesta mientras le enjuaga los últimos restos de jabón al mismo tiempo que con la otra mano intenta alcanzar la toalla. Los insultos se van encadenando a sus espaldas pero ella no pierde la calma, debe estar concentrada para evitar posibles resbalamientos o caídas. Teniéndola de pie en paños menores le echa un último vistazo a ese cuerpo flácido y flacucho, qué diferencia con ese miembro vigoroso y encarnado que le asomó por la bragueta al señor cuando le hizo esa proposición indecente. Intentando hacer desaparecer esa imagen de su mente, cubre la viejita con la toalla y se la empieza a restregar con ímpetu. Cuando se lo contó a su prima su primera reacción fue echarse a reír, cómo se le iba a levantar la cosita a ese señor octogenario, quizás se lo había imaginado. Pero sus palabras no se las había imaginado, pensó. «¿Te vienes a la cama conmigo?» le soltó con una sonrisita pícara, como si fuera un niño pequeño cometiendo una travesura. «Vente, mujer, lo pasaremos bien».
«¡La comida está en la nevera!» le grita ella ante la insistencia, ya no tiene nada que perder. Ni siquiera se ha molestado en preparar una cena deliciosa de despedida, se limitará a calentar las sobras del mediodía. Aún tiene que ponerle el pijama a la viejita, así que le quedan como mínimo cinco minutos. Que se espere. La saca cuidadosamente de la bañera aguantando estoica los pinchazos en las lumbares que la asaltan cuando hace grandes esfuerzos y comienza la ardua tarea. «¡Levante la pierna, Conchita! ¡No, la otra!». Una vez vestida, la sienta en la silla de ruedas y la lleva a la cocina, donde se encuentra el señor, que ni siquiera se ha molestado en sacar las sobras de la nevera. Es consciente que todavía lleva la blusa empapada, pero quiere dejar de oír los gritos, así que moviéndose de manera ágil y eficiente, coloca la comida en los platos, la mete en el microondas, pone la mesa y sirve la comida notando la mirada del señor, que la observa, por fin, en silencio. Se va derechita a su habitación a cambiarse, le gustaría quedarse allí escondida y no ver más el rostro de su jefe pero debe volver a ayudar a la viejita a comer. La última cena. Desde que le rechazó la proposición indecente al señor está todavía más insoportable, si es que eso es posible, y el comunicarle su partida ya lo acabó de rematar. Se pasa toda la cena soltándole un discursito, pausado y aparentemente razonable, sin gritos, que se podría resumir en: se te ha ido la cabeza completamente y eres una arpía que dejas tirada a una pobre señora enferma e indefensa.
Ella va dejando que se desahogue, evitando mirarle a los ojos.
Terminada la cena, toca meter a la viejita en la cama. No sabe si la señora entiende que es su última noche con ella. Desconoce si ella sabe que después la meterán en una residencia. No tiene ni idea de cuánto recuerda de lo que han vivido estos tres años. Pero sí sabe que el suyo es el único nombre que la señora se sabe de memoria, nombre que le puso su padre porque cuando nació era tan tranquilita que era como si dios les hubiera traído un ángel. También sabe que solamente se deja cortar las uñas por ella. Y no se olvida de todos los besos de buenas noches que han sido solo para ella, noche tras noche.
Una vez metida en la cama, se sienta a su lado, le pregunta si está cómoda. La viejita le agarra la mano con fuerza. Habían pactado que se iría a la mañana siguiente, después de darle el desayuno. Eso si consigue zafarse de la fuerza descomunal con que la está agarrando. «Conchita, guapa, buenas noches. Vamos», va diciendo mientras se va soltando dedo tras dedo con tremenda dificultad. «¿Le pongo la tele flojita? ¿Le pongo la radio?» Consigue por fin sacar la mano de sus garras. Tiene que salir de allí antes de que la cosa se complique. «Buenas noches, guapa». La besa rápidamente y se escabulle de la habitación, corre por el largo pasillo y se encierra en su cuarto cerrando la puerta con contundencia pero evitando hacer ruido. Apoya la espalda en la puerta y reprime un grito ahogado, dejando que las lágrimas le broten y caigan mejillas abajo en cascada libre. Siente que no puede permanecer ni un minuto más en esa casa y de todos modos está segura que no podría conciliar el sueño así que saca la maleta a medio empaquetar de debajo de la cama y moviéndose con todo el sigilo que le permite su estado emocional sigue empaquetando el resto de sus pertenencias. Cuando termina se sienta en la cama, exhausta, y deja pasar los minutos con la mirada clavada en un punto fijo. De todos modos debe hacer tiempo para asegurarse de que el señor esté completamente dormido, aunque con el ajetreo no ha reparado siquiera en mirar qué hora es. Apenas las once. Escribe a su prima, sabe que estará en casa pero siempre es mejor avisar de antemano, mira vídeos graciosos de gatitos en el móvil, deambula por la habitación inspeccionándola al detalle para asegurarse de que no se deja nada. No puede esperar más. Lleva una maleta grande con ruedas, una mochila y dos bolsas de mano. Se las coloca de forma que le permitan el máximo de capacidad de movimiento y abre la puerta suavemente. Debe recorrer un pasillo corto, luego uno largo, cruzar el recibidor, la puerta principal y podrá ser libre. La maleta es demasiado pesada para levantarla, así que empieza a avanzar con una lentitud exasperante para minimizar el ruido de las ruedas, y con una parsimonia forzada consigue llegar al segundo pasillo. Sigue avanzando y pasa por delante de la habitación del señor. Normalmente deja la puerta cerrada para dormir, pero en esta ocasión vislumbra en la penumbra que está entreabierta. El instinto de supervivenvia la empuja a apretar el paso en lugar de aminorarlo y es así como se planta en el recibidor en un santiamén. Ahora sí que no tiene tiempo que perder. Abre el pestillo de seguridad con decisión, empuja la manivela, abre la puerta, saca su cuerpo perchero y la voluminosa maleta, cierra con un golpe demasiado contundente. Se apresura hasta el ascensor, que queda justo enfrente. Éste tarda en llegar lo que le parece una eternidad, apiña las maletas dentro, consigue entrar en el hueco estrecho que le dejan y al girarse, justo en el mismo instante en que empiezan a cerrarse las puertas automáticas, encuentra el señor en el umbral de la puerta entreabierta. Bajito y encorbado, atabiado con ese pijama anticuado, y con una expresión de aturdimiento que le recuerda a un niño que se asoma a la habitación de sus padres a media noche porque acaba de tener una pesadilla, solamente le falta sostener un peluche raído y desgastado por el uso entre sus bracitos; logra distinguir una última palabra inaudible a través de la lectura de sus labios, en el mismo momento en que el ascensor inicia su descenso hacia su nueva vida: «Angelines».
El libro del taller
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