Mascota

(De la serie Urbano, demasiado urbano)

¿Qué les ha hecho mi animalito?, preguntó el vagabundo a las señoritas perfumadas que huían gritando despavoridas, mientras él se hartaba del montón, plácidamente recostado en un muro, que a diario le servía de espaldar a su sillón de asfalto.

Sentado en el andén sin inmutarse, continuó partiendo en pedacitos algo que lanzaba con exactitud matemática frente a unos ojillos cautelosos, asomados apenas por la rejilla del piso; listos al zarpazo igualmente exacto.

Sonriente meneó la cabeza, estiró el cuerpo cuan largo era, y frunciendo las arrugas del rostro murmuró con extrañeza, pero en tono benévolo: ¿sólo los ricos tienen derecho a sus mascotas? Volvió a sonreír y a menear la cabeza con incredulidad ante los asqueados transeúntes, que se detenían súbitamente frente a él por un instante, y seguían su marcha presurosos, tal vez hacia sus lugares de trabajo, o movidos por otros afanes que en cualquier caso a él nada le importaban.

Olvidó rápidamente el incidente y con gesto plácido entrecerró los ojos y disfrutó lo suyo. Con él, la mañana se comportaba obsequiosa; una vez más desentumecía su atado de huesos congelados por el sucio frio de una ciudad eternamente lluviosa.

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