Es normal que alguien que pasa sus días en soledad se sienta incómodo ante tantos ojos curiosos. Pero también que uno sienta curiosidad por el anciano solitario que observa desde el andén. Hoy en él brilla algo más que el anillo que juguetea entre sus dedos nerviosos. Lleva mucho rato en la estación, viendo pasar niños a los que parece darles miedo la vejez y adolescentes que la miran con insolencia. Pero él no abandona el andén de la vía 2, la que lleva a La Coruña. Por fin se detiene, emocionado. Una pareja joven aparece, de la mano, con sus maletas, dispuesta a tomar ese tren. Ahora que ha de despedirse, su ilusión es ver cómo todo vuelve a empezar.

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