Desde la biblioteca central, mi escondite habitual, hasta mi estudio en la calle Portugal casi podría plantearse una caminata en línea recta. Salvo dos tramos donde debo esquivar un par de contenedores de basura el camino no requiere ninguna experticia cartográfica. Además los árboles demarcan el camino con precisión, tal como lo han hecho desde la gran migración de los sapiens.
Ese día, que ya no recuerdo bien si fue martes o jueves (aunque puedo asegurar con certeza que fue día par), decidí pasearme con un ritmo más lento del habitual. A veces siento el ímpetu del flaneur que se pierde entre calles, aunque sean calles conocidas. A mitad de camino, justo al momento de rodear el primer contenedor, descubro junto a algunas bolsas de ropa vieja una bandeja milimétricamente redonda que, por el brillo, podría jurar estaba hecha de plata o alguna aleación que buscara imitarla. Al acercarme e inspeccionar pude comprobar, sin embargo, que la manera en la que reflejaba la luz era ligeramente distinta de la cadena que me había heredado mi padre con la estampa del sagrado corazón, una de las pocas pertenencias de valor que pude rescatar de un tedioso proceso de sucesión. Podría jurar que emanaba más luz que la que provenía del sol mismo.
Mis conocimientos de materiales, sin embargo, estaban en las antípodas de cualquier orfebre, por lo que decidí llevarme la vajilla a casa y aprovechar la visita de Margarita, amor mío, para comprobar si sus estudios en geología servirían para resolver el misterio.
Al cabo de las semanas, sin embargo, Margarita no regresó. No tenía sentido mantener una bandeja entre porcelanas, cubiertos y ollas listas para ofrecer una cena en compañía. Podía dejarla nuevamente en el contenedor, o tal vez venderla para comprar ese sombrero Panamá azul que había visto hace un par de meses en la tienda del viejo holandés. O tal vez podía, como una burla al destino solitario, colgar la bandeja en el centro de la sala de estar y usarla como un espejo deforme que refleja mi vida con más brillo que el que tiene. Me decidí, como podría imaginarse por mi humor macabro, a hacer de la bandeja el centro de la habitación, esperando que ni Margarita ni Carlos, ni tampoco ningún otro allegado o contertulio se acercara a preguntarme por semejante excentricidad.
Otras semanas más, sin embargo, pasaron para que yo me diera cuenta que la bandeja de platino (material del que, asumí, estaba hecha) formaba a ciertas horas de la tarde un poderoso halo de luz que chocaba contra el suelo e iluminaba la sala, más aún que los potentes bombillos LED con cinco mil lúmenes que ordené para poder mantenerme hasta bien entrada la madrugada leyendo, escribiendo o pintando los pequeños aviones a escala que conseguía en la tienda de regalos del museo naval. Cada vez que el sol se escondía parecía entrar a mi pequeño estudio para refugiarse hasta la noche.
En un principio lo tomé como una curiosidad más que confirmaba mi buena elección decorativa, pero con el tiempo me obligué a observar con más detalle la esfera de luz que incluso se podía ver resplandeciendo desde la ventana que da a la calle. Pensé en llamar a Margarita, pero estoy seguro que mi acción, más que una curiosidad intelectual, sería entendida como otro intento banal por tenerla de nuevo a mi lado. Además, mis ojos se habituaron al espectáculo y aquello que parecían destellos violentos lentamente empezó a tomar forma. Un día decidí, en vez de salir a mi habitual caminata a la biblioteca, quedarme observando la bandeja, así que decidí acercarme todo lo que pude.
De frente, mirándome fijamente, estaba yo. Cualquiera pensaría que me refiero, claro está, al reflejo de mi rostro y de mis manos que se acercan a la bandeja, sin embargo se equivoca. Al frente mío, en un espacio delimitado por el círculo metálico, se encontraba un rostro más claro y nítido que cualquiera que hubiera visto alguna vez. Un rostro más preciso y detallado que el rostro de Margarita, amada mía, más incluso que el rostro de mi padre muerto en la sala de velación.
A su alrededor, además, la colección de aviones a escala parecía tan vívida que juraría podrían volar a voluntad; los paisajes naturalistas pintados por Lucrecia, la madre de mi padre, servían como túneles temporales que me permitían ver los bosques otoñales y escuchar el crujir de las hojas azotadas por el viento.
Yo, en verdad, soy un mero bosquejo de la realidad. Mi mundo es menos nítido y lo que me ofrece, además, es apenas la silueta borrosa de lo que realmente existe. Al otro lado vive Juan, el verdadero. Mis ojos se han acostumbrado, sin embargo, a disfrutar del regalo de los dioses. Mis días se pierden esperando la hora adecuada para poder reflejar, en el portal nouménico, cada uno de los clásicos de la literatura universal. Algunos libros no se hacen a ningún brillo y otros, sin embargo, se aclaran. Sin duda alguna, Blake, el más grande de los poetas, tuvo en sus manos el círculo de platino. Solo así se pueden entender que dijera:»oɈiniʇni :ƨɘ ɘɈnɘmlɒɘɿ omoɔ ɘɿdmoʜ lɘ ɘɈnɒ ɒiɿɒɿɈƨom ɘƨ oboɈ ,ƨɒiqmil nɒɿɘivυɈƨɘ noiɔqɘɔɿɘq ɒl ɘb ƨɒɈɿɘυq ƨɒl iƧ»
Cuánto cuento cuántico
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