Aquel legajo que profanaba mi mesa de caoba no pertenecía, estrictamente, a la topografía de este mundo. Me fue entregado por un emisario de la Fundación Aleph una tarde de sol herrumbrado, en un café de Ginebra que —supe después, con un escalofrío— había sido demolido en el invierno de 1944. El volumen se titulaba El umbral de los días no acontecidos. Su autoría se atribuía a Herbert Quain, ese arquitecto de naderías que Borges rescató del olvido. Mi labor consistía en verter esa prosa al español; una tarea que pronto se reveló como una forma minuciosa de la demencia.
Tras una semana de vigilia y café amargo, comprendí que la obra no era un texto estático, sino un organismo de posibilidades lingüísticas. El dialecto de Quain poseía la malevolencia de los espejos: cambiaba según el fardo emocional del observador. Si mi lectura era cínica, los párrafos exhalaban la caída de un imperio en una prosa marcial, seca como el desierto; si me abandonaba a la nostalgia, esas mismas grafías se reordenaban para invocar un idilio perdido en un jardín de las afueras de Miraflores. La verdad no era un destino, sino un accidente provocado por mi propia mirada.
Entonces irrumpió Elias Thorne. Era un hombre de una palidez de tiza, con ojos que habían devuelto la mirada al vacío hasta encontrarlo trivial. Thorne no buscaba una traducción; buscaba una taumaturgia gramatical. Su esposa, Beatriz, se había deshecho tres inviernos atrás en un descarrilamiento cerca de Zúrich. Él estaba convencido de que la realidad era, en su médula, una estructura retórica.
—Si usted da con la sintaxis exacta —musitó, mientras sus dedos amarillentos acariciaban el lomo vibrante del libro—, el universo tendrá que capitular. La física es apenas una metáfora mal empleada. Corrija el libro, escriba el mundo donde ella nunca subió a ese tren.
Acepté por una mezcla de piedad y soberbia. Me recluí en un exilio que me borró de la cronología de los hombres. Cada adjetivo era un átomo; cada punto seguido, una fisura en el flujo de la probabilidad. Busqué la palabra «justa» no por estética, sino por su peso específico como ancla de la realidad. Escribí durante noches donde el tiempo se bifurcaba, emulando la paciencia geológica de los antiguos amanuenses. Alterné oraciones sinuosas, densas de una introspección de catacumba, con frases cortas que debían golpear la existencia con la frialdad de un axioma.
El proceso alteró mi entorno. El tintero comenzó a ganar una pesadez mineral; el mapa de la pared mostraba, en la periferia de mi visión, fronteras de reinos que jamás holló la historia oficial. Me habitó un terror sagrado: si cometía un error de concordancia, Beatriz Thorne podría retornar, pero bajo una forma monstruosa o atrapada en un tiempo donde sus propios recuerdos le resultarían un idioma extranjero.
La tensión se quebró una madrugada de tormenta seca. Me enfrentaba al párrafo final, el conjuro para el regreso. Mis dedos sobre la pluma eran un sismógrafo de la incertidumbre. ¿Era yo el autor de esta resurrección o solo un secretario del azar? En ese instante, comprendí la lección de los laberintos: el observador no solo altera lo observado, sino que es devorado por su propia observación.
Al mirar la página, ocurrió lo intolerable: las letras se petrificaron. Un silencio de mármol se apoderó del texto. Intenté tachar un verbo impreciso, pero mi pluma atravesó el papel como si fuera una ilusión de humo. Me levanté, presa de un vértigo súbito. En el espejo sobre la chimenea, mi reflejo no imitaba mi espanto; mi doble, con una serenidad que me heló la sangre, seguía inclinado sobre la mesa, escribiendo con una caligrafía que ya no me pertenecía.
La revelación fue un relámpago negro. Yo no traducía para salvar a Thorne. Yo era un personaje lateral, una nota al pie en la traducción que un lector superior —un dios aburrido de su infinitud— realizaba en este instante. Mi dolor y mi labor eran solo una versión defectuosa que se desvanecía porque el lector real acababa de dar con una metáfora más afortunada.
En la mesa, el manuscrito comenzó a borrarse de derecha a izquierda, devorado por una marea de olvido. Mis recuerdos perdían nitidez, volviéndose abstracciones débiles. El mundo se cerraba como un libro que se termina.
Sin embargo, en el último segundo, sentí una tensión activa en la nuca. Un destello de asombro. Alguien, en un universo que no puedo nombrar, ha vuelto a abrir esta página. Alguien ha detenido su vista en este párrafo. Mientras tú, lector, sigas descifrando estas líneas, mi universo todavía resiste el colapso. Mi salvación no está en la palabra exacta, sino en tu mirada que me obliga, una vez más, a existir.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS