
Un día, Jep decidió que quería ser observado. Había oído rumores sobre los “Grandes Observadores” (esos seres macroscópicos llamados humanos) que tenían el poder de decidir el destino de partículas como él.
«Si alguien me mira en ambos orbitales a la vez, por fin sabré quién soy de verdad», pensó. Tras un ligero lapsus de tiempo, le surgió la duda: «¿Soy una onda que fluye como la música o una partícula sólida como una canica?». Omitió la respuesta, ya que le pareció que era una pregunta retórica.
Emprendió su viaje hacia la “Doble Rendija”, el legendario portal donde se definen las identidades. Al acercarse, Jep se sintió vibrar. A modo de onda, pasó por ambas rendijas simultáneamente, interfiriendo consigo mismo en una danza de sombras y luces. Se sentía libre, expandido, siendo un patrón de posibilidades que llenaba todo el espacio.
Pero entonces, apareció “El Detector”.
En el milisegundo en que el sensor «miró» a Jep para ver por qué rendija pasaba, el universo dio un vuelco. La danza se detuvo. El patrón de interferencia se desvaneció. Jep sintió un tirón violento: su función de onda acababa de colapsar.
De repente, Jep ya no era una nube de posibilidades. Era un simple punto. Un pequeño grano de materia atrapado en una sola posición.
—¿Eso es todo? —preguntó Jep, ahora que solo podía hablar desde un único lugar—. ¿Soy solo esto?
—Eres lo que la realidad necesita que seas en este momento —susurró una voz entrelazada desde el otro lado de la galaxia. Era su amiga Tes, una partícula con la que Jep compartía un entrelazamiento cuántico desde el principio de los tiempos.
Aunque Tes estaba a años luz de distancia, sintió el colapso de Jep instantáneamente y cambió su propio giro para equilibrarlo.
—No te preocupes —le dijo Tes a través de la conexión invisible—. El Observador solo ve una foto fija. Pero tú y yo sabemos que, en cuanto deje de mirar, volveremos a ser música.
Jep sonrió (o lo que sea que hagan los electrones cuando su giro es positivo). Cerró sus ojos imaginarios, esperó a que el experimento terminara y, en un parpadeo de incertidumbre, volvió a desaparecer en el hermoso caos de ser, al mismo tiempo, todo y nada.
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Dicen las crónicas que, tras la ineludible intervención del lector en un Cuento Cuántico, el universo no solo se estabiliza, sino que adquiere un especial brillo dorado. A partir de ese instante, el protagonista ya no es un simple electrón ni un burócrata de la duda. Todas las decisiones que no tomó lo convierten en el ente más inexistente de la creación.
La gran batalla épica entre el Ser y el No Ser termina en un empate técnico por falta de testigos coherentes. La entropía, esa gran villana que pretendía desordenarlo todo, fue derrotada no por la fuerza, sino por la AMISTAD, que es la única ley que permite a dos partículas estar en desacuerdo sin dejar de quererse.
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El universo de tinta se expande ahora a la velocidad de una alegoría bien construida. Y aunque los físicos clásicos sigan buscando una partícula elemental, nosotros sabemos la verdad: el mundo se sostiene porque el protagonista, los personajes y el lector han decidido que es mucho más divertido ser un cuento que una simple colección de piedras.
En el mundo de lo infinitamente pequeño, las reglas no son lo que parecen. Y en este cuento cuántico que explora la paradoja y la magia de la mecánica cuántica a través de la historia de un electrón. Está quien cuenta el cuento, es decir, la cuentista.
Sí. Esa que ahora carraspea, parpadea y repiquetea las teclas de su computadora desde un lugar perdido en el infinito. Ella, la que mira sin ver. La que levanta su taza de café (que es, al mismo tiempo, un chocolate y una galaxia) y brinda por todos. La misma que toma un largo sorbo de su taza, saborea el brebaje y vuelve al texto.
Con “Vehemencia Cuántica” sufre una transformación drástica: El cuento se transmuta. Con una intensidad máxima genera un cambio profundo: un “salto”.
Esta energía intensa se puede interpretar como el impulso apasionado y profundo para crear una realidad propia o alcanzar metas, a menudo asociado con la idea de que la intención influye en el entorno. No es física, sino una metáfora para actuar con una fuerza apasionada e intensa para lograr un cambio significativo.
Eso es lo que en realidad busca la cuentista. Por consiguiente… Deja suelta la materia y es entonces cuando la energía salta a escalas atómicas… Fluye…
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Querido Lector.
Debes saber que, técnicamente, tú y yo somos el mismo fenómeno cuántico observado desde distintos extremos del tiempo. Yo soy la posibilidad que te acerca a lo que imaginaste; tú eres la realidad que me sostiene. Si alguna vez sientes que tu mundo es demasiado sólido, demasiado rígido o demasiado gris, recuerda que siempre hay una “Doble Rendija” en tu rutina por la que puedes escapar.
Porque al final, la única diferencia entre un caos sin sentido y una epopeya cósmica es alguien que se atreve a leer entre líneas.
Recuerda. No somos puntos finales. Somos funciones de onda en constante expansión.
Gracias por no colapsarme demasiado pronto.
FIN (o quizás, una coma muy larga).

Cuánto cuento cuántico
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