SOMBRA DE LUZ

SOMBRA DE LUZ

Bago

09/04/2026

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SOMBRA DE LUZ

Murió, me quedé sin su calor a la edad de 25 años. Partió como el segundo del reloj en la muñeca del atleta cuando se queda sin aliento a unos cuantos metros de llegar a su meta. Me abandonó sin haber terminado mi formación como ser en este mundo cambiante y lleno de mil falacias que no supe comprender y que ahora lloro al saber que ella ya no está. La parca la alejó de mi lado y ahora por fin entiendo el viento fugaz que me cubre cuando recuerdo: imágenes, figuras, momentos, situaciones y sonidos que viví junto a ella. No he podido cumplir más años, me he quedado estancado como hoja que el viento mueve a todos lados con su ventisca pero que siempre termina en la raíz del mismo árbol. Sé que su espíritu no se aleja y me acompaña a todos lados, veo dos sombras en las noches cuando camino por las calles olvidadas de la ciudad donde vivo, y una no es la mía. Veo su figura siguiéndome, y estoy seguro que es ella, porque le temo a las sombras, y esos instantes soy el ser más valiente del mundo.

Ese viento fugaz que me envuelve, viene de ella, es tibio como su mirada, y cargado de esperanzas como sus frases. No temo seguir viviendo cuando estoy cubierto por ese aroma maternal que convertida en fresca brisa me cubre y reconforta. Su mano revuelca mis cabellos y escucho en silencio sus palabras “voltearas como hojas de buen libro” yo no entendí esa frase, y me dedique a leer muchos libros, ahora que me habla de nuevo desde el etéreo universo donde se encuentra, por fin comprendo su mensaje. Recorrí muchos cementerios buscando la tumba olvidada de la madre enterrado al anochecer porque no tenía dolientes. Nunca la encontré, porque todas las madres siempre tienen un millón de corazones que las quieren. Ese tampoco era su mensaje.

Lloré y aun lloro su partida. Mi vida de niño entristecido que dormitaba en el zarzo sobre las vigas que sostenían el techo de mi casa, empezaba a tener sentido cuando ella de la mano me llevó hasta la puerta de la escuela, donde reforcé los conceptos que me había inculcado. Ahora en mis años mozos como me decía, vi que ella era de otro mundo y empecé a sentir su presencia siempre a mi lado, empezando a cambiar mis miedos por esperanzas y frías tinieblas por calurosos abrazos cuando estaba en su regazo. Del llanto pasé al canto, y su voz fue la mejor entonación cuando se dejaba escuchar con la canción el “Zorzal” del “Dueto de Antaño” que llenaba todos les espacios con su melodiosa interpretación y todo rincón incluso los de alma se cubrían con sus notas. Era mágico ese momento. Siempre será uno de los mejores recuerdos que llevo en mi corazón y que al traerlo de nuevo a mi memoria, éste late apresurado y en mi cerebro se precipitan muchas sinapsis al encontrar esos instantes.

Sentado en la silla universitaria en la tarde de un viernes llegó el primer mensajero estilo “Hermes” cargado con sus recados existenciales, un frío intenso y un inexplicable calor recorrió todo mi cuerpo, era el inmenso despliegue de energía que a mi madre abandonaba, en ese instante se estaba conectando con el universo espiritual y su soma se quedaba sin el aliento de vida que la acompañó hasta ese momento. Su viaje eterno empezaba. La luz de su existencia pasaba a ser parte del mundo espacial, el calor conectado a la línea horizonte de los que nunca mueren, empezó a irradiar en todas direcciones, y llegó hasta mí. Lo sentí, lo viví, me envolvió. Me avisó, se estableció para siempre a mi lado, y aun continua conmigo. Desde ese día fue más fuerte nuestra unión y hasta el presente sigo siendo fuente de su esplendor que nunca me abandona.

Desde la ciudadela universitaria hasta la terminal de buses, fue una eternidad en recorrer, debía viajar a la ciudad donde el cuerpo inerte mi madre reposaba en el féretro, que ella misma dispuso para su entierro porque le tenía miedo a la forma de los ataúdes, ya que las formas geométricas le llamaban mucho la atención. Desde la terminal al pueblo donde había fallecido distaba unos 80 kilómetros, que el bus recorría en una hora y media, dependiendo de la aceleración del conductor de turno. Llegué a media noche, ahí empezó el temor a las sombras o el acompañamiento de las mismas, no se cual sea lo mejor, lo mejor me acostumbraré a vivir en esa incertidumbre, pero nunca su sombre me ha abandonado, y ahora que lo pienso nunca me abandonará. Fui llegando despacio hasta mi casa, el callejón empedrado que le daba la entrada al sitio, como siempre estaba poco iluminado, y nuestra casa quedaba a unos trescientos metros de la entrada, las sombras de los árboles que bordeaban el camino me saludaban, en la puerta de la casa se acomodaban unas cinco personas conocidas del vecindario, y al verme llegar se hicieron a un lado para que yo entrara. Mi hermano Pablo me abraza, y al oído me susurra, venga, mírela no le de miedo, y abriendo el cofre donde reposaba el cuerpo inerte de mi madre, mis ojos contemplaron por última vez la faz y el semblante purpureo del su rostro, creí por un instante que abría sus ojos y me miraba, fui yo el que cerraba los míos y formaba en mi mente su rostro. Desde ese momento no volví a verla en su última morada. Su mano aferraba con devoción un pequeño escapulario de la virgen del Carmen, de la cual era devota. Aún lo conservo, justo antes del momento en que mi hermano cerraba el féretro, sigilosamente lo tomé y guardé como una gran reliquia. lo llevo adherido a la muñeca de mi mano derecha. Su espíritu de luz acompaña siempre mi vivir, no he soñado es todo una realidad.

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